Sylvia Plath

Últimas palabras

 

(Versiones en castellano de Sandra Toro)

 

 

 

Corneja negra en tiempo lluvioso

En una rama tiesa allá arriba
se encorva una corneja negra, mojada
arreglando y desarreglando sus plumas bajo la lluvia.
No espero un milagro
ni un accidente
que encienda la visión
en mis ojos, ni busco más
ningún designio en lo inconstante del clima,
dejo que las hojas moteadas caigan como caen,
sin ceremonia ni portento.

Aunque en ocasiones, lo admito,
deseo alguna réplica
del cielo mudo, la verdad, no me puedo quejar:
cierta luz menor aún puede
surgir incandescente

de la mesa o la silla de la cocina
como si de vez en cuando un ardor celestial
tomara posesión de los objetos más estúpidos —
santificando así un intervalo
de otra manera inconsecuente

confiriéndole grandeza, dignidad,
amor, podría decirse. De todos modos, ahora ando
con precaución (porque esto podría ocurrir
incluso en este paisaje  ruinoso y opaco); escéptica
pero alerta, ignorando si

un ángel cualquiera eligió destellar
de pronto al lado mío. Solo sé que una corneja
arreglando sus plumas negras puede brillar tanto
como para embargar mis sentidos, izarme
los párpados, y conceder

una breve tregua al miedo
de la neutralidad total. Con suerte,
si atravieso empecinada esta estación
de fatiga, podré
ensamblar un todo

con las partes. Los milagros ocurren,
si se tiene el cuidado de llamar milagros a esos
trucos espasmódicos de la luz. La espera ha vuelto a comenzar.
La larga espera del ángel,
de ese inusitado, aleatorio descenso.

 

 

Una aparición

La sonrisa de las heladeras me aniquila
¡Corrientes tan azules en las venas de mi amada!
Escucho el ronronear de su enorme corazón.

De su boca salen como besos
los símbolos de conjunción y porcentaje
En su cabeza es lunes: la moral

se lava, se plancha y se entrega.
¿Y yo quién soy para entender estas contradicciones?
yo uso puños blancos y me inclino.

¿Entonces esto es el amor, esta materia roja
saliendo de la aguja de acero que vuela así de ciega?
Va a hacer tapados y vestiditos

para abrigar a una dinastía.
Cómo se abre y se cierra su cuerpo.
¡Un reloj suizo, con rubíes en las bisagras!

¡Oh, corazón, tanto desorden!
las estrellas se encienden como cifras terribles,
los párpados de ella recitan el abecedario.

 

 

Últimas palabras

No quiero una caja cualquiera, quiero un sarcófago
con rayas de tigre, y una cara redonda
como la luna para poder contemplar.
Quiero estar mirándolos cuando vengan
juntando los minerales estúpidos, las raíces.
Ya los veo —con las caras pálidas, lejanas como estrellas.
Ahora no son nada, ni siquiera bebés.
Me los imagino sin padre ni madre, como los primeros dioses.
Se van a preguntar si fui importante.
¡Tendría que confitar mis días y conservarlos como frutas!
Mi espejo se está empañando —
Unas pocas respiraciones, y no va a reflejar nada más.
Las flores y los rostros se destiñen como sábanas.

No confío en el espíritu. Se escapa en sueños
como vapor a través de la boca o del ojo. No puedo detenerlo.
Un día no va a volver. Las cosas no son así.
Se quedan, sus brillitos especiales
se calientan de tanto uso. Casi ronronean.
Cuando se me enfríen las plantas de los pies,
el ojo azul de mi turquesa me va a consolar.
Dejen que me lleve mis ollas de cobre, dejen que mis potes de rouge
florezcan sobre mí como flores nocturnas, perfumadas.
Me van a envolver con vendas, van a guardar mi corazón
bajo mis pies en un paquete prolijo.
Difícilmente me reconoceré. Va a estar oscuro,
y el brillo de estas pequeñas cosas será más dulce que la cara de Ishtar.

 

 

Cruzando el agua

Lago negro, bote negro, dos personas recortadas en papel negro.
¿Adónde van los árboles negros que beben aquí?
Sus sombras deben cubrir Canadá.

Entre las flores acuáticas se filtra algo de luz
Sus hojas no quieren apurarnos:
son redondas, planas y están llenas de avisos oscuros.

Del remo se sacuden mundos fríos.
El espíritu de la negrura está en nosotros, en los peces.
Un tronco levanta una mano pálida para decir adiós.

Las estrellas se abren entre los lirios.
¿No te encandilan sirenas tan inexpresivas?
Este es el silencio de las almas absortas.

 

 

Canción de amor de la chica loca 

Cierro los ojos y el mundo entero se muere,
los abro y nace todo otra vez.
(Creo que te inventé en mi cabeza).

Las estrellas, de rojo y azul, salen a bailar un vals
y entra la negrura al galope porque sí:
cierro los ojos y el mundo entero se muere.

Soñé que me hechizabas y me llevabas a la cama
que me cantabas y me besabas como un demente
(creo que te inventé en mi cabeza).
Dios se cae del cielo, se consume el fuego del infierno:
Huyen serafines y hombres de Satanás:
Cierro los ojos y el mundo entero se muere.

Me imaginé que ibas a volver como dijiste,
pero envejezco y me olvido de tu nombre.
(Creo que te inventé en mi cabeza).

Debí haber amado a un Thunderbird, no a vos,
por lo menos vuelven rugiendo en primavera.
Cierro los ojos y el mundo entero se muere.

(Creo que te inventé en mi cabeza).

 

 

Acontecimiento

¡Cómo se solidifican los elementos!—
La luz de la luna, ese barranco de tiza
en cuya grieta dormimos

espalda contra espalda. Desde su frío índigo
oigo el grito de un búho.
Las vocales insoportables penetran mi corazón.

El hijo en la cuna blanca se mueve y suspira,
ahora abre la boca, reclama.
Su carita está labrada en la madera roja de la aflicción.

Además están las estrellas –firmes, imposibles de erradicar.
Un roce: arde y enferma.
No te puedo ver los ojos.

Donde el manzano en flor congela la noche
yo camino en un círculo,
un surco de culpas antiguas, hondo y amargo.

El amor no puede llegar hasta acá.
Un hueco negro se revela.
En el labio opuesto

un alma chiquita y blanca se agita, un gusanito blanco.
Las piernas me abandonaron también.
¿Quién nos desmembró?

La oscuridad se deshace. Nos tocamos como lisiados.

Sylvia Plath Es una de las más altas exponentes de la poesía norteamericana del siglo XX, es decir, una de las más altas voces de la poesía de todos ... LEER MÁS DEL AUTOR