Miriam Reyes

No tengo casa a la que volver

 

 

Mi padre enfermo de sueños
en el asfalto incandescente de cien mil mediodías caminados
bajo el sol en vertical
perdió sus pies
y apoyado en sus rodillas sigue buscando
el camino de vuelta a casa.
Mi padre sueña
rendido por el cansancio
que vuelve a su tierra y planta sus piernas y le crecen pies jóvenes
y la savia de su tierra negra le alivia el dolor de las arrugas
y resucita sus cabellos muertos.
Luego despierta en un piso alquilado
a la ciudad de los huracanes de la miseria
y blasfema y maldice y no tiene amigos.

Escondido en la noche
papá llora por las certezas que lo defraudaron.
Del otro lado de su piel
mamá llora por mamá
mamá llora por su casa que ya no habita
y por paz y reposo y risa.

Papá y mamá lloran
cada uno a espaldas del otro en la cama
en el más crudo estruendoso hermoso silencio
que modula en frecuencias infrahumanas
sonidos que se articulan como palabras:
«si aquí no están mis sueños
cómo puedo dormir aquí».
Y que sólo yo escucho
con la cabeza enterrada en la almohada.

Concebida de la nostalgia
nací con lágrimas en el sexo con tierra en los ojos con sangre en la cabeza.
No soy lo que soñaron
como tampoco lo son sus vidas.

 (De Espejo negro, 2001)

 

 

No tengo casa a la que volver
ni esperanza de la que colgarme
por eso camino.

Las casas se derrumban a mi paso
la tierra es una alfombra de escombros.
Me detengo a admirar la belleza de las palas mecánicas
los movimientos de las excavadoras me erizan de deseo.
De noche las contemplo:
los perfiles inmóviles de las palas
descansando sobre el cielo azul cobalto
al lado de la luna de luz nacarada
son aún más hermosos que los brazos de los hombres que las manipulan
y las excavadoras
con sus enormes bocas abiertas y llenas todavía
de tierra y escombros
parecen enormes animales muertos.

Mis padres me enseñaron a no tener nunca nada.
Ellos me enseñaron a no volver nunca a casa
a no decir nunca esta casa es mía
aquí me quedo yo
en este lugar que amo.

Cierro la puerta y no necesito mirar atrás para saber
que la casa ya no existe más.
En ninguna parte sin hablar con nadie estoy
pero si nos cruzamos
puedo enseñarte a caminar sonriente sobre la desolación.

(De Espejo negro, 2001)

 

 

No soy dueña de nada
mucho menos podría serlo de alguien.
No deberías temer
cuando estrangulo tu sexo,
no pienso darte hijos ni anillos ni promesas.
Toda la tierra que tengo la llevo en los zapatos.
Mi casa es este cuerpo que parece una mujer,
no necesito más paredes y adentro tengo
mucho espacio:
ese desierto negro que tanto te asusta.

(De Bella durmiente, 2004)

 

 

De todos los extranjeros fue el primero en llegar.
Tres mil kilómetros de océano hasta tu cama
guiado por el hilo de tu voz que repetía:
esta vez llegaste a tiempo.
No había nada en su vida más urgente que la tuya.
Frente al cristal dice que quiere guardar el periódico de hoy
como ya hizo con su padre.
El día que tú moriste murieron todas las flores
la bolsa subió se consiguieron importantes avances en seguridad marítima
un coche entra a toda velocidad en una finca
y mata a cuatro personas que tomaban café en la terraza.
Si la vida es el cuerpo
(esa cápsula tan frágil)
tuviste fortuna
tu vida se extendió hasta los hijos de tus nietos.
No lo siento por ti lo siento
por nosotros:
alguien que nos amaba ha muerto.

(De Desalojos, 2008)

 

 

¿Vas a enseñarme a vivir?
Te dejaré tocar mi colección de cáscaras
compartiré contigo las uñas que guardo en los bolsillos.
Las semillas que nos dieron
son pastillas para dormir
y del ombligo dormido
nos crecen frutales.

Te daré de comer.
Ven.

La tierra prometida es cosa de otros.
Para nosotros la arena:
un paisaje que cambia con el viento

(De Desalojos, 2008)

 

 

Te tengo todo marcado
como un yacimiento arqueológico.
No es extraer los restos de ti lo que persigo
-ruinas de una ciudad tallada en la arenisca-
lo que quiero es penetrarte
taladrar la piedra de tu cuerpo
y este sexo cóncavo de mujer
se vuelve inútil para mi deseo.

Cavo en tu ombligo
para entrar por el flujo de tu sangre.
Vacío mi espíritu como aire en tu boca
y te observo respirarme.
Ya sé que no necesito de piel para tocarte
no es eso
lo que yo quiero es hacerme
una cueva en tu cuerpo.

Flexiono tus rodillas bajo mis axilas
como los brazos de un taladro.
Las aceras que rompo
son las de tu calle.

Con mis pestañas barro
el polvo que levanto de tu frente
y no me detengo hasta que soy tú
y tu sexo es el mío hasta que soy yo
quien está dentro.

 

 

El río es un dios pardo dicen
de su divinidad yo solo veo
agua y tierra arrastrada por el agua

bajo mi cama el dios pardo insinúa
que mi casa no sea un barco de papel
es una cuestión de pliegues

aparcada junto al río mi cama
no es a prueba de lobos ni de crecidas
no proyectó ningún arquitecto mi casa

sin paredes que me quiten la luz
con vistas al dios pardo cartón y artritis reumatoide
podría ser tu cama de repente

de repente un día desperté y allí estaba el río
con ese color de lodo de cloaca de dios pardo
y las articulaciones y los huesos aullándole

mi antigua casa era a prueba de lobos
toda de ladrillos hasta el tejado
hermosa de nada me protegió

antes estaba en otro sitio y ahora estoy aquí
con el río que me susurra por las noches
sus siluros sus simas sus ahogados

–los lobos no se interesan–.

 

 

Cómo avanzar a la par que el paisaje.
Ayudaba la humedad a llevar la aridez de dentro
yo no la veía pero había ahora no hay ayuda externa.
La aridez se extiende y esconde lo que hay debajo:
este lugar y yo este momento y yo
somos una misma superficie.

Sigo diciendo yo pero sé que ahora significa arena y se asienta
sobre los libros los muebles las baldosas
cubriendo la apariencia familiar que solían tener los objetos
y su compañía.

El escenario es así:
cerrada la puerta por dentro
la calle un ejercicio imposible
apenas un rectángulo en cada habitación
algo que está ante mí y de lo que no puedo formar parte
como la vida de los demás o lo que fui.
No lo llamaría ventana.

Nada entra ni sale de aquí.
Aquí era yo
atravesando ciudades y desiertos
sin encontrar nada que pudiera llamar mi lugar o mi atención
o concordar con la realidad al menos en tiempo.
Tiempo de qué
cuando no toca sembrar ni toca recoger
tiempo de nada.

Mientras el paisaje no hace excepciones
el paisaje el paisaje que no se detiene.

 

 

El cuerpo que tanto me pedía que tanto me decía que tanto tanto y tanto ahora todo apagado el pequeño piloto la lucecita verde que brillaba en la noche el cuerpo que tenía piernas con muslos rematados en nalgas por un lado rodillas por el otro

y todavía continuaba
que tenía en el pecho dos timbres redondos de plata que hacían ring ring al aplicar una leve presión el cuerpo que tenía huesos de interés antropológico ilíacos clavículas y otras pruebas del perfecto diseño de la evolución
el cuerpo todo
toda esa maravilla deselectrificada.

(De Haz lo que te digo)

 

 

I

Ensayamos formas de remendar
lo que podría sufrir desgarro

Detenido en el vano de la puerta
tiembla el cuerpo presintiendo

Del punto que atravesaría el anzuelo
gotea vaticina y desmaya la sangre

 

II

He proyectado sobre mi exigua experiencia de ti
mis experiencias de otros
El primer trecho es hermoso:
los pulmones los ojos el corazón y el sexo
se inflaman palpitan y aplauden
vibra el cerebro y resplandece

Avanzaba por ese camino
suspendida sobre las cabezas como lengua de fuego
cuando he recordado adonde podría conducir
ya sabes: a ese lugar de dolor insoportable

No es extraño que a menudo se elija pasear por un parque
existiendo la posibilidad de perderse en un bosque
¿verdad?

Espero que se entienda: quiero decir: tú eres un bosque:
difícil encontrar un claro en ti
y sentarse
difícil no tener miedo en ti
cuando llega la noche y todo es aullido

 

III

Y aún así (o precisamente por eso) lo haría
pasaría la noche en lo frondoso
dejando a la vida subirme por las piernas
picarme morderme cagarme encima
los dientes la zarpa el aguijón de la vida
el olfato húmedo la fruta rompiendo en mi cabeza

(Inédito)

Miriam Reyes Poeta y vídeocreadora. Nació en Ourense y a los ocho años emigró con sus padres a Caracas. Estudió Letras en la Universidad Central de ... LEER MÁS DEL AUTOR