Charles Simic

GLOBAL POETRY

por Fernando Valverde

 

PERFIL

Simic nos recibe a Federico Díaz-Granados y a mí en su casa de New Hampshire, en medio de un bosque, donde las direcciones apenas se intuyen y la distancia entre una casa y otra es demasiada como para las indiscreciones. Pese a ello, Charles Simic mantiene un tono bajo, que sólo crece cuando un humor muy particular, muy serbio en esencia, con cierta sofisticación americana, convierte la ironía en ocurrencia.

Es la prudencia de un hombre que ha saboreado el humor bajo los bombardeos nazis, que una mañana, al salir de casa, descubrió las casas de sus vecinos derrumbadas. Aquel mundo infernal para los adultos se convirtió en un territorio muy fértil para la fantasía del niño que entendía la guerra como la cancelación de las clases, como una reunión de familiares y vecinos en un cuarto, como una aventura. Por eso, cuando su madre le comunicó que la guerra había terminado, él contestó que entonces había terminado la dicha.

Simic es un autor de contradicciones (bella tensión en la poesía que busca y camina por el misterio), de extremos de los que nacen universos unas veces hiperrealistas, otras oníricos hasta el absurdo. Lo es por vocación, no por impostura. Lo es porque la familia de su padre era histriónica hasta el surrealismo balcánico más extremo, con un sentido del humor que irritaba a su madre, educada en unos modales más tradicionales, en una familia en la que la risa y el humor sucedían en voz baja, con la prudencia del que sabe que guardar los sentimientos es guardar un secreto.

He seleccionado para inaugurar esta muestra el poema 1938, que toma su título de su fecha natal, porque en él está muy representada esa contradicción de la que hablo, ese viaje absurdo hacia el lado contrario que se convierte en hazaña, como el del despistado Corrigan, que despegó en Nueva York con destino a California y aterrizó en Irlanda.

El primer destino de Simic, huyendo de la guerra gracias al empeño de su madre, iba a ser París. Allí aprendería a recitar de memoria poemas en francés. Ese fue su primer encuentro con la poesía, en una lengua extraña, después de haber cruzado la frontera tras muchos intentos, después de haber conseguido un salvoconducto que abría la verja del futuro.

Pero el destino final no iba a ser París, ni la lengua francesa… iban a ser los Estados Unidos y la lengua de Walt Whitman, que lo recibió con una sonrisa torcida, como a un hijo pródigo, porque nunca dejó de ser hijo de los perdedores del mundo, que pueblan sus poemas de una melancolía que atraviesan personajes marginales que le fascinan, porque son el recuerdo de la familia de su padre, porque pasean por su infancia con un cigarrillo en las manos, con los zapatos rotos y una especie de resignación que es parte de la tierra y que tiene el sabor de la tierra. Él los dejó allí, en el lugar en el que habitan sus recuerdos más confusos, gracias a que como él mismo aseguro Hitler y Stalin fueron sus agentes de viaje.

Lejos de ser una decisión, la lengua inglesa fue para Charles Simic una casa lo suficientemente grande y acogedora como para instalarse en ella para siempre. Nunca se planteó la disyuntiva de en qué lengua escribir sus poemas, salvo un poema de amor perdido que escribió a una chica en serbio, pero que tuvo que traducir para que lo entendiera. Desde entonces, siempre lo hizo en inglés, como un nadador que se incorpora a un río de gran caudal, dejándose arrastrar y dando brazadas sólo para tratar de reconducir el rumbo.

Eliot, Pound, Williams Carlos Williams y Rilke eran un caudal mucho más cálido que el Lago Michigan, frente al que pasaba las horas antes de entrar a su trabajo en el Chicago Sun Times.

Pero volviendo a sus poemas, por ellos deambulan almas deshechas, perros mutilados, gitanos que adivinan el futuro o echan mal de ojo, hombres que esperan dentro de un automóvil frente a una gasolinera, cuervos que sacan ojos, jóvenes escondidos tras las lápidas de los cementerios para hacer el amor, carniceros que venden su mercancía en medio de un mar de moscas que se preguntan durante cuánto tiempo durará el banquete, si el rey las visitará algún día o si por el contrario será ciudadanas de una república.

La poesía de Simic tiene un tono tan particular que nos genera una confusión de la que nacen monstruos, nos deslumbra por su originalidad, por su ironía y por lo inesperado que iguala la realidad al sueño o incluso lo sustituye. Simic es de la opinión de que el tiempo de los poetas menores ha llegado. Le incomoda que se lo pregunten en público, pero frente a un buen plato de carne no duda en asegurar que vivimos una buena época para la poesía, tal vez la de mayor número de lectores, pero no tanto para los poetas.

Tal vez Simic sea uno de los últimos poetas marginales, en el sentido de que la poesía siempre ha sucedido lejos de los poderes culturales y sociales. Al menos la más auténtica. En el tiempo que se inauguró con el nuevo siglo, los márgenes han ocupado el centro en una ecuación imprevisible para la poesía. Lo llaman la democratización del arte. Otros dicen que es sólo su simplificación.

La poesía de Simic tal vez sea uno de los últimos esfuerzos del siglo XX por continuar con nosotros, invitándonos a que nos adentremos en las aguas de un río que navegaron otros, a que seamos náufragos de varias lenguas, de millones de versos, de una confusión que es la unidad y su contrario.

 

 

Tres poemas de Charles Simic

(Traducción al español de Nieves García Prados)

 

 

MIL NOVECIENTOS TREINTA Y OCHO

Fue el año en que los Nazis invadieron Viena,
Superman debutó en Action Comics.
Stalin mataba a sus camaradas revolucionarios,
Abrieron la primera Dairy Queen en Kanakee, III,
Mientras en la cuna yo me orinaba en los pañales.

“Seguro que fuiste un precioso bebé”, cantaba Bing Crosby.
Un piloto a quien los periódicos llamaron “El despistado Corrigan”
Despegó de Nueva York hacia California
Y aterrizó en Irlanda, mientras yo veía a mi madre
Sacarse el pecho de su bata azul y acercarse a mí.

En septiembre hubo un huracán que hizo que un teatro
En Westhampton Beach acabara en el mar.
La gente temía que fuera el fin del mundo.
Un pez que se creía extinguido desde hace más de setenta millones de años
Apareció en una red en la costa de Sudáfrica.

Yo estaba tumbado en mi cuna mientras los días eran cada vez
más cortos y fríos,
Y la primera gran nevada cayó de noche
Silenciando las cosas en mi habitación.
Pienso que entonces me oí llorar por mucho, mucho tiempo.

 

 

PAPELES DE DOMINGO

La carnicería de los inocentes
nunca cesa. Eso es todo
de lo que podemos estar seguros, amor, más seguros incluso que del asado
que estás sacando del horno.
Es domingo. La congregación
desfila lentamente después de misa
por la calle. Con una buena cantidad
de biblias de bolsillo en sus manos.
Es el incierto deseo de verdad
y el poderoso miedo a ella
lo que les hace aparecer
a pesar del glorioso tiempo primaveral. En el pasillo, el viejo chucho
tuvo hace un momento la honestidad
de gruñir a su propia imagen en el espejo, antes de arrastrarse hasta la cocina adonde se encontraba el cordero asado
en tus manos extendidas
oliendo a ajo y romero.

 

 

LENGUA MATERNA

Vendida por un carnicero
envuelta en un periódico
viaja en la bolsa
de una viuda encorvada
junto a algunas cebollas y patatas
hacia una casa oscura
donde un gato
saltará de la hornilla
ronroneando
a su llegada.

 

 

Charles Simic (Belgrado, 1938) es una de las voces más influyentes de la poesía actual. Tras más de cuarenta años de cuidadosa creación poética ha a ... LEER MÁS DEL AUTOR