Lêdo Ivo

Ninguna lengua es la patria:

Estación Final (1940- 2012)

 

Por Mario Bojórquez

 

Lêdo Ivo es el mayor poeta de la lengua portuguesa actual. Su viva presencia tiene la más valiosa importancia para las letras americanas. Su temprana filiación a la generación del 45, propone un regreso a ciertos temas como son la experiencia vital, el amor y la naturaleza, al mismo tiempo que muestra una mayor mesura en los recursos expresivos con las formas clásicas del verso.

Desde su primer libro, As imaginações, que recoge sus poemas de 1940 a 1944, Lêdo Ivo (Maceió, Alagoas, Brasil, 18 de febrero de 1924) fue considerado como un autor de gran potencial creativo, reconociéndole sus enormes virtudes sonoras, el arsenal retórico de imágenes y figuras literarias, su libertad expresiva con un verso de gran elasticidad que incluía una dicción propia del versículo canónico, un verso cercano a la prosa, pero con flexibles ligaduras que permitían una extensión de cadencias regulares pero inasibles, donde de pronto ya se instalaba una prosa decidida pero musicalmente versal.

Acontecimento do soneto (1946), vendrá a ser una respuesta concreta a esta búsqueda de afirmación estética mediante los recursos más clásicos de la poesía tradicional. Con Oda ao crepúsculo (1946) y años después con Oda equatorial (1950), volverá Lêdo a deleitarse en el verso desbordante, en la meditación desatada que logra por acumulación un estado de percepción alterada de la realidad, como si se tratara de un salmo, como si el poeta se propusiera entonar un alto canto que lo rebasa y que lo lanza menos en los acordes de una música estruendosa que en una exploración anímica de lo inefable, una verdadera encarnación mística en la lucha contra el ángel de la poesía.

Entre estos dos trabajos dedicados al verso de largo aliento, aparecerán dos volúmenes: A jaula, 1945-1946 y Cântico, 1947-1949, donde el poeta pasará por todas las escalas de la música verbal, edificando sobre el poema de media extensión y de verso variable desde el tradicional metro hasta la prosa imprevista. Cuando el ojo educado por la maestría invisible del trueno anticipa el destello del rayo que conmueve la apacible respiración del mundo, estamos frente a la poesía en acto, existe una concreción simbólica que genera el sentido superior.

Desde Linguagem, 1950-1951, Un brasileiro en París, 1953-1954, Magias, 1955-1960 y Estação Central, 1961-1964, pasará del poema de contenido social, hasta la postal anímica, el relato de viajes o el humor fársico, pero dejándonos ya poemas que se convertirán en clásicos de su poesía y que culminarán en Finisterra, 1965-1972, considerado éste por Iván Junqueira como el mejor libro de Lêdo Ivo para esta etapa de su quehacer literario.

O soldado raso, 1980-1988, es un descanso para el poeta, en esta colección reúne los divertimentos de la vida literaria. Hechas para la burla, las breves composiciones de este libro participan del epigrama, la ironía y el franco sarcasmo. A noite misteriosa, 1973-1982, contiene el celebrado poema “Los pobres en la terminal de autobuses” que ha hecho de Lêdo Ivo un clásico de la poesía contemporánea. “Los pobres en la terminal de autobuses”, es uno de los poemas más recordados y justamente celebrados del poeta de Maceió.

Calabar, 1985, es un drama poético que admite diversos personajes y voces que representan al pueblo mismo y a su memoria, de algún modo es la reivindicación de un personaje histórico singular, Domingo Fernandes Calabar, militar rebelde brasileño aliado de la invasión holandesa en el Nordeste de Brasil ocurrida en el año de 1632. Fue torturado y ejecutado por alta traición sin recibir sepultura, en su pueblo Porto Calvo de Alagoas en 1635.

En la siguiente etapa, Lêdo Ivo, publicará dos libros de poemas Mar oceano, 1983-1987 y Crepúsculo civil, 1988-1990, donde aparecerán nuevos y entrañables poemas que refieren a sus temas ya ensayados en los libros previos: la recuperación de la infancia y sus paisajes tropicales, las reflexiones sobre su idea particular de la divinidad y la siempre maravilla del mundo, que en su caso parecería como una infancia eterna y deslumbrada a cada momento.

En la última década del siglo, el poeta de Alagoas nos ofrece dos libros, Curral de peixe, 1991-1995 y O rumor da noite, 1996-2000. Lêdo Ivo repasará en estos libros sus constantes temáticas: el amor celebratorio, la vida de su pueblo, la memoria de la infancia. Sus poemas son fijas fotografías, se busca nombrar aquí el destello latente de la memoria, decir cada cosa según su lugar en el mundo y sobre todo, su lugar en la pantalla iluminada de la imaginación poética. El poeta es un pulso, agitada visión en la entre-sombra del esplendor.

El último libro que se recoge en sus obras completas es Plenilunio, 2001-2004, con más de mil páginas ya publicadas, lanza ahí un manifiesto a sesenta años de Imaginações: “Mi patria no es la lengua portuguesa. / Ninguna lengua es la patria.”, con lo que parece construir una postura que confronta el reto que en la primera mitad del siglo había establecido Fernando Pessoa, “Mi patria es la lengua portuguesa”.

En 2008, publica quiem que inmediatamente obtiene el prestigiado Premio Casa de las Américas de Cuba; de tono contristado, este libro es un canto funerario, el poeta se despide del mundo: “Todos los paisajes que vi se desmoronaron / en las postales corroídas.” En 2011, la editorial española Vaso roto, publica Calima/Mormaço, edición bilingüe español-portugués de sus más nuevos poemas. Setenta años después de sus primeros versos, ese mismo muchacho lleno de días y de experiencias, el pasado 18 de febrero ha cumplido 88 años de edad.

En la poesía de Lêdo Ivo, escribir es un acto de registro de las impresiones del mundo pero también es una exploración de lo que no se conoce, de lo que se intuye por medio de las relaciones inexplicables entre sucesos y objetos que aparentemente no tienen una relación causal ni de coexistencia. La escritura entonces se convierte en el catalizador de estas irregulares convergencias de la memoria y de la imaginación. Escribir se vuelve un ensayar el mundo, un palpar en las sombras de la incomprensión hasta llegar a un territorio que nos ofrece seguridad en medio del riesgo. Lêdo Ivo es un poeta del rayo y de la memoria, acude en su poesía al mito instaurador de las florestas griegas. Mnémosine diosa de la memoria, es madre de la musas y su padre es Zeus, el dios del rayo. Se escribe para dejar memoria de lo vivido.

San Pedro Cholula, Puebla, México, febrero de 2012

Del libro Estación final, de la colección Los Torreones, del Gimnasio Moderno.

 

Post Scriptum Triste

Preparando la edición de las antologías española (Valparaíso Ediciones) y mexicana (Taberna Libraria) de Estación Final de Lêdo Ivo (aparecida y presentada en la Feria Internacional del Libro de Bogotá el pasado mayo por Caza de Libros y la Agenda Cultural del Gimnasio Moderno), nuestro poeta murió en Sevilla durante un viaje familiar. Dos días antes de partir de Madrid a Sevilla acompañado de su hijo Gonçalo Ivo, me escribió desde la cuenta de correo de éste, y, esperando por las nuevas ediciones que aparecerían en apenas algunas semanas, me expresó su deseo de seguir promoviendo esta publicación: “Vamos continuar juntos até o fim do mundo.” Fueron éstas las palabras finales de esa comunicación. Efectivamente, el mundo, tal como lo conocimos, terminó el pasado 21 de diciembre de 2012, el 23 la voz más privilegiadamente límpida de la lengua portuguesa actual, cesó también. Sus amigos y lectores volveremos sobre estas páginas en la soledad de la lectura y con él penetraremos en un mundo de extraña belleza y lucidez, donde la vitalidad de la poesía nos confortará de la vida pesarosa, y donde sabremos que el poeta vive sobre todo en sus versos, que sus poemas trascienden su circunstancia concreta, que la poesía es la única forma de vencer a la muerte. Larga vida a Lêdo Ivo.

27 de diciembre de 2012
Coyoacán

 

 

Cinco poemas de Lêdo Ivo

 

Justificación del poeta

Padre, mis pensamientos no caben en tu sala con piano tranquilo a un lado y oscuras
sillas vacías cerca de la ventana
mis inquietos pensamientos no caben en la salita con flores muriendo en los jarrones y
paisajes sonriendo en las molduras
deja que ellos se muevan más allá de las cortinas azules y caminen mucho más allá de
las ventanas abiertas
deja que se mezclen con el calmo resplandor de la luna
no te preocupes si los demás se espantan con tu hijo de ojos vivos y cabellos siempre
desaliñados
no te preocupes si recito poemas cuando la noche cae
el tiempo no existe en el alma del poeta
todo es universal y abarca todos los tiempos
los poetas, papá, son los corazones del mundo
son las manos de Dios escribiendo los poemas del mundo inseguro
no importa, papá, que digan que estoy loco
que lloro recargado en los puentes y me conmuevo en los teatros
que pregunto por la oscura Adriana cuando la madrugada baja
en silencio
en silencio
los poetas son los pianos del mundo
sólo ellos permanecerán inalterables delante de las musas y de Dios
sólo ellos tendrán la noción de la agonía del mundo
ayer un niño español fue despedazado por una bomba
mañana se encontrarán poemas en el bolsillo del suicida soñador
mientras tanto las grúas trabajan incansablemente día y noche
y los obreros fatigan sus brazos y sus piernas
ninguna oscilación habrá en la Poesía
ella quedará en equilibrio porque los ritmos la amparan
y Adriana no se prostituye.

Soy una elección. Soy una revolución.

 

 

Los pobres en la terminal de autobuses

Los pobres viajan. En la terminal de autobuses
ellos alzan los cuellos como gansos para mirar
los letreros de los camiones. Sus miradas
son las de quien teme perder alguna cosa:
la maleta que guarda una radio de pilas y una chamarra
que tiene el color del frío de un día sin sueños,
el sandwich de mortadela en el fondo de la bolsa,
y el sol de suburbio y polvo más allá de los viaductos.
Entre el rumor de los alto-parlantes y el jadeo de los autobuses
ellos temen perder su propio viaje
escondido en la niebla de los horarios.
Los que dormitan en las bancas despiertan asustados,
aunque las pesadillas sean un privilegio
de aquellos que abastecen los oídos y el tedio de los psicoanalistas
en consultorios asépticos como el algodón que tapa los poros de la nariz de los muertos.
En las filas los pobres asumen un aire grave
que une temor, impaciencia y sumisión.
¡Cómo son grotescos! ¡Y cómo nos incomodan sus olores
aún a la distancia!
Y no tienen noción de las conveniencias, no saben comportarse en público.
El dedo sucio de nicotina restriega el ojo irritado
que retuvo del sueño sólo la legaña.
Del seno caído y túrgido un hilito de leche
que escurre hacia la pequeña boca habituada al llanto.
En la plataforma ellos van y vienen, saltan y aseguran maletas y paquetes,
hacen preguntas inoportunas en las ventanillas, susurran palabras misteriosas
y contemplan las portadas de las revistas con el aire espantado
de quien no sabe el camino del salón de la vida.
¿Por qué ese ir y venir? ¿Y esas ropas estrafalarias,
esos amarillos de aceite de palma que duelen a la vista delicada
del viajante obligado a soportar tantos olores incómodos,
y esos rojos contundentes de feria y de parque de diversiones?
Los pobres no saben viajar ni saben vestirse.
Tampoco saben vivir: no tienen noción de la comodidad
aunque algunos de ellos posean hasta un televisor.
En verdad los pobres no saben ni morir.
(Tienen casi siempre una muerte fea y poco elegante.)
Y en cualquier lugar del mundo ellos incomodan,
viajantes inoportunos que ocupan nuestros lugares
aún cuando estemos sentados y ellos viajen de pie.

 

 

Reaparición de mi padre

Hoy, por casualidad, volví a ver a mi padre
en su mañana forense.
En un traje de casimir aunque fuera verano
él entraba y salía de los despachos
y atravesaba la calle del Comercio
con su carpeta marrón, lentes de tortuga
y sombrero de fieltro.

De vez en cuando mi padre paraba en algún lugar:
en la Junta Comercial, en una ferretería, a la puerta de una zapatería.
Con su mirada miope contemplaba el rostro de Carole Lombard en el cartel del cine
Floriano.
Entraba en el Bar Colombo para mear.
Proseguía su camino
entre mendigos, trabajadores eventuales y ministerios públicos
y se sumía en la obscuridad de una tienda de raya.

Mi padre iba y venía en el centro de Maceió.
Yo presumía que él estuviera vivo.
Sólo me rendí a su muerte lenta
cuando pasó cerca de mí sin reconocerme.
Entonces supe lo que era la muerte.
Y al mismo tiempo supe lo que es la vida:
el lugar donde hay sol y las personas se hablan.

 

 

La viuda de Calabar

Mi amor es ahora sangre y orina.
Jamás volveré a verlo en su caballo blanco
escalando las dunas de Porto Calvo.
Dormiré sola. En el colchón de paño de Flandes
los ojos de la noche no presentirán más el peso de su amor de hombre que acaba de
quitarse el jubón de cuero y viene a mi encuentro con su sudor y su tarde de pólvora,
y su lengua gruesa de hombre no lamerá más mi cuerpo.
¡Bendita sea su lengua, que conocía todas las grietas y grutas y calas y arenales y cuevas
de mi cuerpo de mujer y me habituó al deseo!
Maldita sea para siempre su lengua de descuartizado
que por todos los siglos habrá de clamar por justicia
aunque no haya justicia para los que mueren.
De hoy en adelante seré una mujer sola
y mi soledad caerá, como una gotera, en mi vasija de estaño.
Guardaré mi deseo de viuda en mi arca de cuero crudo, junto a mi enagua de novia y al
manto de fiesta.
Enterraré mi sueño en el frasco de barro en que está el vinagre a la espera del pez aún
vivo en la lama.
Trituraré en un mortero de cobre los días que pasen.
Iluminaré mi odio con un candelero de alambre
para que se esparza por todas las paredes de mi casa.
Que, igual que mi amor perdido y descuartizado, este amor que duele como una espina
entre las piernas,
mi odio esté en todas partes:
en el fuego señalado que, encendido en las playas, avisa a las carabelas,
en el torneado de mi catre, en la franja de mi cortina, en la plata obscura de mi cuchara,
en la porcelana de jarro, en los pliegues de mi sábana de bretaña que envolvía mi cuerpo cuando acababa de gozar,
en los pelos de mi coño que él jamás volverá a separar con sus gruesos dedos,
en mi uña quebrada de tanto rayar mandioca.
Que mi odio, hijo de mi amor, quede siempre en mí como el ruido del mar en las playas blancas
y sea como la propia agua en mi jarrita de hoja de Flandes,
puro y sustancial como el pan que amaso en mi artesa redonda,
y corte como una hoz y cave como una azada.
Que así sea mi odio: fino como la punta de una espada, espeso como un jubón, estridente
como un tiro de escopeta y vigilante como la garita sobre el mar.
Que mi odio sea tan pesado como la funda de fierro que pendía del arzón de silla
del caballo blanco de Calabar
y se extienda como la hierba dañina en las sepulturas abandonadas.
Que mi odio sea más pesado que las esposas y los grilletes que sujetan a los negros
fugitivos y a los indios presos
y que no tenga llaves ni candados.
Que mi odio sea mi vasallo y me sirva en silencio,
con la sumisión con que yo le lavaba los pies a Calabar cuando venía de la guerra o me
contaba las historias de las minas de plata.
Que mi odio sea mi señor y envuelva, como un collar de fierro, mi cuello,
para que pueda sentirme en él como una esclava cautiva aún cuando estuviera soñando y
oyendo la música de una guitarra.
Bendito sea mi odio, que está más allá de los sueños, de los altiplanos y de las colinas,
siempre despierto como un hombre que no duerme y se alimenta de su propio insomnio
y no puede ser separado de sí mismo, y es como un dardo en una vara, y un arpa y su
clave, o un olor de meados en el bacín de orinar.
Que mi odio sea más durable que la argamasa hecha de aceite de pez y cal de marisco
que sostiene las casas y las iglesias, los palacios y las fortalezas.
Que sea así mi odio
pues lo que me fue quitado jamás me será devuelto,
lo que fue descuartizado no será más recompuesto.
mi vida me fue retenida, no puedo más vivirla.
Esta otra vida generada por la muerte, no la quiero, y mis manos frías de viuda se rehusan
a recibirla.
No puedo perdonar ni olvidar.
¡Malditos sean los que perdonan, mil veces malditos los que olvidan!
Maldito sea el día de hoy, viento negro
que derrumbó un caballo blanco.

 

 

La nieve y el amor

En este día de calor ardiente, estoy esperando la nieve.
Siempre estuve a su espera.
Cuando niño leí Memorias de la Casa de los Muertos
y vi la nieve cayendo en la estepa siberiana
y en el abrigo roto de Fédor Dostoievski.
Amo la nieve porque ella no separa el día de la noche
ni aleja al cielo de las aflicciones de la tierra.
Une lo que está separado:
los pasos de los hombres condenados al hielo oscurecido
y los suspiros de amor que se pierden en el aire.
Es necesario tener un oído muy fino
para oír la música de la nieve cayendo, algo casi silencioso
como el rozar del ala de un ángel, en caso de que los ángeles existan,
o el estertor de un pájaro.
No se debe esperar la nieve como se espera al amor.
Son cosas diferentes. Basta que abramos los ojos para ver la nieve caer
en el campo desolado. Y ella cae en nosotros, la nieve blanca y fría
que no quema como el fuego del amor.
Para ver el amor nuestros ojos no bastan,
ni los oídos, ni la boca, ni aún nuestros corazones
que laten en la oscuridad con el mismo rumor
de la nieve cayendo en las estepas
y en los tejados de las cabañas oscuras
y en el abrigo roto de Fédor Dostoievski.
Para ver el amor nada basta. Y tanto el frío del invierno como el calor escaldante
lo alejan de nosotros, de nuestros brazos abiertos
y de nuestros corazones atormentados.
Fiel a mi infancia, prefiero ver la nieve
que une el cielo y la tierra, la noche y el día,
a ser presa indefensa del amor,
el amor que no es blanco ni puro ni frío como la nieve.

 

-Lêdo Ivo, Estación Final, Colección Los torreones, selección, traducción y prólogo de Mario Bojórquez, Bogotá, 2012 / Valparaíso, Granada, 2013 / Taberna Libraria, Zacatecas, 2013.

Lêdo Ivo (Maceió, Alagoas, Brasil, 1924 - Sevilla, 2012). Su primer libro de poemas, As imaginaçoes, apareció en 1944, y desde entonces ... LEER MÁS DEL AUTOR