José Coronel Urtecho

Pequeña biografía de mi mujer

 

 

 

Pequeña biografía de mi mujer

 

Mi mujer era roja como una leona
era campeona de basket—ball y vivía en el río
en una hacienda de ganado que ella personalmente manejaba
porque hacía las veces del padre en su familia de cinco mujeres
Y también manejaba una lancha motora
Porque también era mecánica y marinera
Como lo es todavía
Maestra en toda clase de artes y oficios
Más que cualquier obrero o cualquier artesano
Mucho mejor trabajadora que las señoras y mujer que las criadas
Pues no sólo maneja una casa sino que la hace con sus propias
manos y la llena de cosas que ella misma fabrica, desde las sillas y las mesas
hasta las camas y la ropa
Y la llena de vida
Ella prepara toda la madera
Es carpintera de artesón, carpintera de banco y carpintera de rivera
Desde muchacha fue maderera y tuvo cortes de madera
En las selvas de La Azucena, como también en la margen
izquierda del río, en la propia frontera, no sólo en
territorio de Nicaragua sino también de Costa Rica
Lo que le dio dolores de cabeza con los ladrones y hasta
dificultades con las autoridades
Era cuando tenía su tractos Cartepillar D4
Con el que trabajaba en El Almendro y en las márgenes
del Oyate y el Tepenaguasape
Y también el Tule —que ella no quiere que deje fuera
Acaba de llegar, en el avión, de San José de Costa Rica
—me sorprende escribiendo— y vino de Los Chiles a caballo
«No te olvidés del Tule»— me dice al leerle lo que llevo escrito
Pasa directamente a la cocina, pues aunque no le gusta cocinar, es una
insigne cocinera
Hay que ver una mesa puesta por ella
En su finca Las Brisas
Con la misma maestría que una cuchara de albañilería o el
motor de la luz y su máquina de coser maneja la cuchara
Trabaja también con su D4 en la Costa del Sur, sacando trozas
de Las Salinas a la carretera
Nivelando terrenos en Casa Colorada
Haciendo calles en San Carlos y hasta un camino en San
Miguelito, cuando no remolcando las grandes balsas de
caoba en el lago y el río —un largo cable tiraba de ellas
desde un potente remolcador, llamado Falcon, que
cabeceaba con lentitud sobre las crespas olas o
transportando bajo el sol y la lluvia un cargamento de
vaquillas en una motovela
Al puerto de San Carlos llevaba en su gasolina, todo los
miércoles —que eran los días de vapor— no sé cuántos
quintales de queso y varias latas de mantequilla, y vendía
a las pulperías uno o dos paniquines de huevos, y
cerdos gordos a las chancheras o vacas viejas a los
destazadores, y con eso compraba las provisiones
Y lo mismo en Granada, donde pasaba algunas temporadas
—y donde años después, ya casada conmigo, manejaría
una venta de azúcar al por mayor y al menudeo que
tenía mi madre— daba, cada semana, todas las vueltas
necesarias para la venta de los quesos y la mantequilla
a los revendedores y propietarios de tiendas de abarrotes
o los negocios de víveres
Porque, ya desde entonces, nadie como ella —una muchacha
de pantalones —para entenderse y darse a respetar,
negociar y tratar con los contadores y capitanes de las
embarcaciones y los carretoneros y camaroneros o
cargadores y con los negociantes y mercaderes de las
tienduchas del mercado y aun con los mismos usureros
Y era ya, sin embargo, una alemana pelirroja con un soberbio
cuerpo de colegiala atleta, ganadora del premio de
natación o de carrera
Parecida a la estatua de la muchacha griega que lanza el disco
o la jabalina
Con su cara pecosa de leona o gata
Y una mirada verde de reflejos dorados
Cuyo mensaje no descifraron los barbilindos extasiados
ante los cromos de las barberías
Más de una vez, algunos deslumbrados por ella en la noche de
un baile o la fiesta de un club, en Granada o Managua,
difícilmente la reconocían, vestida de over oll, en día de
trabajo, reparando un motor en el taller de Pipio o
dirigiendo la construcción del Vagamundo en la playa del lago
Sólo yo la miraba exactamente como era
No todo el mundo puede, en el momento dado, reconocer
a su mujer y casarse con ella
Pero nosotros nos casamos —aquel día— aquél miércoles
en la pequeña iglesia de San Carlos, cuando el vapor ya
daba el segundo pitazo, y el cura daba señales de prisa,
porque se regresaba en el vapor en que había llegado,
yo en pantalones kaki, ella lo mismo, la cabeza cubierta
con un pañuelo, un nudo en cada punta
Fue un casamiento rápido y para siempre
Una luna de miel en el río Melchora
En el pequeño campamento maderero que mi mujer tenía por
el Cerro del Mono
Y yo compuse entonces una canción de amor que se titula
Luna de Palo
Y cada día componía una canción de amor pero no la escribía
Porque amor es entonces amor y nada más que amor
Amor es sólo amor y diariamente amor
Amor es diariamente una canción amor que siempre
engendra otra canción de amor
Amor es otra vez la primera pareja y el nuevo Paraíso del
primer hombre y la primera mujer
Amor es la pareja que se baña desnuda en algún crique de la
selva y ve temblar el reflejo de sus cuerpos en el agua
Amor, en ese tiempo, son las noches sin luna en el rancho de
Calvo, el hulero, y los días de sol esperando la lluvia, y
los días de lluvia riyando la madera a la cabeza de los riyeros
Mi mujer trabajaba dondequiera que estaba
Hasta en Managua tuvo a su cargo una fábrica de cigarrillos
Pero Managua no le gustaba
Porque allí se trabaja únicamente por dinero
Y el trabajo es febril como una tifoidea
Descontrolado y convulsivo como el baile de San Vito
Cuando no es automático y rutinario, más que el trabajo de las hormigas
No se trabaja allí por amor al trabajo
Nadie trabaja por amor
Ella trabaja siempre con amor porque trabaja sólo por amor
Es decir, su trabajo es un acto de amor
Y por eso en Managua no podía vivir, porque allí casi nadie
trabaja con amor, nadie trabaja por amor, es decir, no se puede vivir
Mi mujer en Managua no podía vivir
Trabajar es para ella vivir, trabajar, mejor dicho es para ella
existir, y por lo mismo trabaja dondequiera que estaba
Trabajaba y trabaja
Tanto en su casa de la ciudad como en la casa de su hacienda
Criando seis hijos
Cinco varones —seis, para ser exactos, porque el quinto,
Christián, que era una maravilla, se murió de cuatro
años— los mayores un par de gemelos y sólo una niña
(Cuando les daba de mamar a sus gemelos parecía la loba de
Rómulo y Remo)
Cinco criaturas superactivas, en incesante movimiento como
un cardumen de pepescas
Pecosos pelirrojos, a excepción del cumiche, casi todos el vivo
retrato de su madre
Todo el día escapando a bañarse en el río, dándose rápidas
zambullidas, uno tras otro, haciendo bulla y metiendo
ruido, con palos y latas, todos gritando al mismo
tiempo, por el peligro de los tiburones, que allí pululan
Ella siempre sobre ellos, criándolos y educándolos
Haciéndoles hacer todo lo que ella hacía
Enseñándoles a ordeñar y a montar, ordeñando las vacas a la
par de ellos y montando a caballo con ellos, cada cual es
su propio caballo
Formando así tropillas de montados para arrear el ganado
vacuno y recogerlo en los corrales
Otras veces tirando con ellos o refiriéndoles sus cacerías
En las llanuras del San Juan y en las montañas de La Azucena
tuvo en un tiempo fama de cazadora
Porque ella, en realidad, ha perseguido al tigre y tirado venados
Y hay un soneto mío sobre una de sus más bellas hazañas de caza
Todos sus hijos la admiraban por esto y todos aspiraban a ser como ella
Desde pequeños aprendían con ella a manejar el 22 para matar
en los tocotales y en los pantanos próximos a la casa,
palomas pataconas, piches, zarcetas y patos reales
Como también pescaban a la par de ella los peces de agua dulce
que abundaban en el río y sobre todo sábalos y tiburones,
que aunque inservibles para la mesa, son una pesca más deportiva
Y sacaban almejas —¡todas las que querían!— en los bancos de
arena donde frecuentemente se bañaban
Y también, enseñados por ella, se iban en bote, junto a la vega
a coger chacalines, desenredándolos de las raíces de
los camalotes donde se encuentran enredados
Ella enseguida les daba un banquete con formidables sopas
de pescado o de almejas, ricas como emulsiones y
deliciosas ensaladas de chacalines con mayonesa
Así les enseñaba mi mujer a mis hijos a amar el campo,
la naturaleza, que con tal abundancia de donde, paga,
gracias a Dios, el trabajo del hombre en algunos
lugares de América
Les enseñaba a amar la tierra, y a trabajarla, como ella
A ser como ella y a vivir como ella
Cuando era una chavala como cualquiera de sus cinco chavalos
—menuda y mercurial como sus dos gemelos,
pecosa y pelirroja como el que vive ahora en Alemania,
sabe Dios dónde
Cuando empezaba a llamarse Maruca
Cuando también su gasolina se llamaba Maruca
Cuando toda la gente del río, hasta los pasajeros de los botes
y los canaleteros, la llamaban Maruca
Cuando decir Maruca o la Maruca era decir cómo era
La pequeña alemana que trepaba a los árboles con la facilidad
de las ardillas
La que también escalaba las torres de los molinos aeromotores
para ajustar las bombas que sacaban el agua de los
pozos y llenaban las pilas donde aguaba el ganado
La que montaba el pelo y parejeaba con sus hermanos en los
gramales de las plazuelas
La que primero se metía en los suampos, con el agua hasta el
cuello, a la cabeza de las otras Kautz, tratando de
agarrar las crías de los piches, que no se sabe cuándo
se zambullen ni dónde salen
La que así mismo encabezaba las incursiones de la pandilla por
la vega del río en busca de tortugas o huevos de tortuga
y por el borde de la montaña buscando huevos de
gongolona o gonfolonas
La que lo más del tiempo traveseaba, es decir, trabajaba, ella
sola, entre las herramientas y los fierros —llevas
universales, alicates, tenazas, destornilladores—
atornillando y destornillando, armando y desarmando,
quitando piezas y poniéndolas, en el taller de mecánica
de Mr. Gross, el abuelo alemán, que era ingeniero
El que formó la hacienda San Francisco del Río
Donde, ahora en el tiempo que digo
1938-1949
Mi mujer enseñaba a sus hijos
A hacer con ella todo lo que ella hacía
Los diversos trabajos de que ella se encargaba
La derriba y socola de la montaña y la chapoda de los charrales
El destronque y la limpia de los potreros y las rondas
La quema de los mismos y de los llanos
El pastoreo de los ganados
La siembra de los granos y la recolección de las cosechas
La construcción de graneros y casas y habitaciones para los peones
La excavación de pozos
La apertura de zanjas para desecación de los pantanos
La instalación y reparación de los motores
La construcción de botes y canoas
La cortada de postes y la tendida del alambre de púa para la
hechura de los cercos
La dirección de las tareas de los trabajos de los ajusteros
El manejo de los negocios con los tratantes en ganado y con
los tenderos de los pueblos cercanos y de las relaciones con los vecinos
En fin, los mil asuntos de la vida en el campo y de la agricultura
y la ganadería
Aparte de las tardes y las noches de lectura en mi biblioteca
bajo el silencio campesino
La lectura de Shakespeare y del Quijote o Dostoievski y de
novelas policíacas que son el pasatiempo de mi señora
Y nada más es necesario para explicarse que no pueda vivir en Managua
Y trabajó en las fábricas de ropa de la 8ª. Avenida
Donde un viejo judío
Él era, al parecer, buena persona, y la apreciaba mucho por su
pericia con la máquina o tal vez sospechaba que en ella
había otra cosa distintas, un mundo diferente para él desconocido
Pero el viejo judío no era más que un esclavo de su trabajo, un
hombre esclavizado por la locura de ganar dinero
Y según mi mujer, se mató trabajando
Aunque le gusta manejarlas, desarmarlas y armarlas,
mi mujer no concibe que nadie quiera ser esclavo de las máquinas
Mucho menos ser ella una máquina
En Europa se siente, por eso mismo, como en su casa
Sobre todo en España, donde ella tiene sus mejores amigos
Principalmente Luis Rosales, el gran poeta, y su esposa Maruja
Es en España, por supuesto, donde más ha vivido
Y no sólo en Madrid, sino también en Santander y en Salamanca
Ha vivido en Sevilla
Si ella fuera propensa a la nostalgia la sentiría por los pueblos de España
Santillana del Mar
Alcalá de Guadalajara
Coria del Río
El Alcalde de Coria del Río y su familia eran amigos suyos y
la hospedaban en su casa
Viendo el Guadalquivir desde el parque de Coria, mi mujer
recordaba al San Juan y la hacienda San Francisco del Río
Cuando vive en España la siente como suya
Experimenta la sensación de estar entre su gente
Pero igualmente en Alemania donde tiene familia
En Saarbrücken estuvo con su tía Johanna, ya octogenaria,
hermana de su padre
Pasó unos días en la Selva Negra con su prima Hildegar
Maerker, hija de aquella, y con su prima Leonie Guillaín
y su marido Rudi, los cuales viven en Luxemburgo
En Nuremberg fue huésped del juez Rodolfo Hable y su
esposa Thérèse, padres de Helga, la gran muchacha,
amiga nuestra desde Madrid y compañera de mi mujer
en su viaje a Alemania
Hizo con ella todo su recorrido desde Colonia ¬—en la que
visitaron, naturalmente, la Catedral¬— hasta Munich,
donde estudiaba nuestro hijo; o con más precisión,
desde La Haya a Nuremberg, ciudad de Helga,
deteniéndose em Heidelberg, Badenweiler, etc., etc.,
además de Saarbrücken, y vuelta a Holanda
Desde Holanda también hizo el viaje de Italia, por la ruta del
Rhin y de Francia y de Suiza, entrando por Lugano, y vio
Venecie, Florencia y Roma y las otras ciudades y
pequeños lugares con sus inagotables maravillas
—Asís y los recuerdos y monumentos de San Francisco
y los frescos del Giotto, y el hotel con el nombre del
pintor franciscano, con un balcón florido desde el que
se domina el Valle de Spoleto— y vuelta a Holanda
Mi mujer se fijaba, además, en detalles de otro significado
El paisaje del Golfo de Nápoles, por la tarde, visto desde el
balcón de nuestro cuarto del Hotel Tramontano, en
Sorrento —un antiguo palacio donde nació Torcuato
Tasso y que ha tenido huéspedes inmortales, como
Goethe, Lord Byron e Ibsen le recordaba que Squier lo
compara con las puestas de sol en el Gran Lago, vistas
desde la vieja Comandancia de San Carlos
En las Marcas Pontinas, desecadas por Mussolini, encontraba
el modelo para la desecación de los pantanos en las
riberas del San Juan
Y lo mismo en Holanda donde se interesaba en el sistema de
hacer canales y zanjones para el drenaje de las bajuras
y la navegación de botes y gasolinas
Hasta en la propia Francia, más que París, le atrae la campiña francesa
Su mejor día en Francia fue el que pasó en la Beauce,
merendando bajo los árboles y contemplando los
trigales, a un cuarto de hora apenas de Notre-Dame de Chartres
Y todo eso entre gentes amigas, hospedadas en sus casas,
siempre rodeada de amistades
Si tomara el avió mañana, probablemente la recibirían, al
bajar en Lisboa nuestro amigo el poeta, Don Cristovam Pavía
Maravillosa Europa llena de amigos
Mi mujer en Europa nunca ha sido extranjera
Ella hubiera nacido en Saint Johan de no haber nacido en
Chichigalpa, Chinandega
Donde nació en la fecha febrero 18-1908
Precisamente la misma noche del día en que su madre volvió
de un viaje a Europa
Por poco mace, pues, en Alemania, pero por suerte vino justo
a nacer a Nicaragua
Por suerte, digo, para mis hijos y sus nietos y para sus amigos y trabajadores
Como también para la zona del antiguo Bolsón de Guatusos
En la faja de altura situada entre los llanos de Río Frío y de Medio Queso
Donde hoy está empeñada, a la par de sus hijos —dos de los
cuales son ingenieros agronómos— en el desarrollo de
la finca Las Brisas
Y en el desenvolvimiento agropecuario de toda la zona
Una región, por cierto abandonada
Una región desconocida, terra incognita
Donde se vive en forma casi primitiva
Casi al mismo nivel de los indios guatusos
En el umbral de la miseria
Pero en un territorio de incalculables posibilidades
Una tierra de sueños y mirajes
Donde los pobres que huyen de Nicaragua a Costa Rica y
cruzan la frontera, se han engañado desde hace un siglo
creyéndose tal vez en una Tierra Prometida
Como tal vez lo sea
Aunque hasta ahora sólo ha servido para especulaciones
de financieros y filibusteros
Para ligeras fluctuaciones en el precio de los pupitres
escolares de Baton Rouge, Luisiana, y de la
consecuente disminución del dulce de raspadura en la
vega de Sábalos
Para la aparición y desaparición de ciertos sueros en
hospitales de Belice acompañada de nuevos daños
causados por el tigre en la pequeña piara de cerdos
de Sombrero de Cuero
Para la muerte del pequeño Balbino Murillo, picado de tocoba
en el río Isla Chica, en coincidencia con un LUNCH en
Delmónico, obsequiado por la Secretaría de Mr. Henry
Bendel, Presidente de la Belgian Shoes, Inc., al sobrino
del propietario del Lagarto Store, Managua, y la
apertura en Broadway 97-85 de una venta de valijas de
cuero de lagarto y de pequeños cuajipales ornamentales
Pero la quiebra del séptimo aserradero de la bocana del Santa
Cruz, la tercera visita de los socios capitalistas de
Mr. Kinloch —excelente escultor— a la gran plantación
de raicilla que éste tiene frente al Castillo, la cuarta y
última suspensión de la compra de bananos en los
bananales del Delta, la décima avería sufrida por
El Patito de Ben Gross, primo de mi mujer, en los
raudales del Sarapiquí, cerca de Puerto Viejo, y sobre todo
Para la misteriosa inserción de un item en el Wall Street Journal
Mi mujer, sin embargo, tiene fe en esta tierra
La tiene desde niña en estas selvas y bajuras donde corre el
San Juan conectando al Gran Lago de Nicaragua y al de
Managua y casi casi al Golfo de Fonseca con el Atlántico
Es aquí donde tiene su casa, hecha por ella —sólo aquí tiene
casa— y las raíces de su existencia
Aquí en la orilla de la selva virgen y en las vegas del río, en la
frontera, se cuenta ya la quinta generación de su familia de pioneros
El padre de su madre, su madre y ella, su hijo Manuel y la
primera niña de éste, María José
Mi mujer no comprende su vida si no es para esta tierra
Es como si pensara que ella misma es la tierra en que ella y yo vivimos
No es que no haya tratado de vivir en Managua
Es que sencillamente no le gustaba
Aunque las máquinas de la fábrica no tenían secretos para ella
y el personal le obedecía con espontánea disciplina
Los maquinistas y operarios y las muchachas empacadoras de
cigarrillos no solamente le obedecían al pensamiento
sino que al mismo tiempo la querían
Como la quieren todos los que la han conocido
Gonzalo, el tractorista, y su familia, la seguirían dondequiera que fuera
Lo mismo Chale, criado por ella —que actualmente maneja
un tractor en no sé cuál de las dependencias
del Ministerio de Agricultura— y su padre, Musuga
Porque ella es todo para ellos, como lo han sido para mí sus hijos
Porque ella, por ejemplo, es médica natural y los curaba y cura
en sus enfermedades
Y en el campo les presta los primeros auxilios y aun les
practica a veces pequeñas operaciones de cirugía
externa cuando han sufrido un accidente, y en no
pocas ocasiones ha asistido en el parto a sus mujeres
Y es por lo consiguiente, madrina de sus niños y le llaman
comadre con gran respeto y no pequeño orgullo
Cuantos han trabajado con ella, cuantos la han visto en su
trabajo, nunca la han olvidado
Cuentan de ella y no acaban
Dicen que no hay otra mujer como ella
Una mujer extraordinaria
Una mujer como inventada por un poeta
Una mujer casada con un poeta
Una mujer por eso mismo verdadera
Una mujer verdadera mujer
Una mujer sencillamente
Una mujer

 

José Coronel Urtecho (Nicaragua, 1906 – Costa Rica, 1994). Poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, crítico literario, considerado una de las voces claves de l ... LEER MÁS DEL AUTOR