Javier Bozalongo

 

 Viajando en ave

 

 

Cuando alguien te dice al oído
que todo lo que pasa no es por culpa tuya,
que el trabajo y el pan y hasta el futuro
te lo quieren robar en otro idioma,
que vendrán de muy lejos esos usurpadores,
que salgas a la calle con la patria en el hombro
o, peor, bajo palio y en silencio,
que la expongas en todos los balcones
donde antes lucían macetas con geranios.
Si te dicen que tú eres lo primero,
que defiendas tu tierra a cualquier precio
¡Ten cuidado!
Porque después sabrás
quienes han sido siempre los dueños de esta tierra,
sabrás que las banderas a veces son la excusa
para vendernos sueños imposibles,
y te dirán a quién debes amar
y en qué debes creer
como si fuera única su única verdad.

Parecía imposible,
pero por más que insisto con el mando a distancia
¡hay programas que solo se ven en blanco y negro!

 

 

 

VIAJANDO EN  AVE

Mi madre se ha hecho anciana
esperando que el AVE
la acercara a los brazos de sus nietas.
Mi padre no pudo tan siquiera imaginarlo.
Hemos visto caer dos presidentes
y algún que otro alcalde.
Nos cansamos hasta de protestar
por las falsas promesas y las obras.

Hoy que veo pasar por la ventana
trigales castellanos, olivos andaluces
y estaciones vacías con penélopes tristes,
no pueden alegrarme ni la modernidad
ni las celebraciones que harán de tal retraso
un acontecimiento.

Yo viajo hacia el pasado a lomos del futuro
y no sé si al llegar seré ya el mismo,
ni si me reconocerá
quien sólo espera
que la vida la trate dulcemente,
que su tren se retrase todavía.

 

 

 

EL APELLIDO

Viajo a más de doscientos kilómetros por hora.

Voy de mi corazón al sur
y llevo en la maleta los restos del pasado:
a veces una carga, otras veces alivio,
tal como algunos días
apetece llevar una camisa nueva
o en las noches más frías el abrigo más viejo.

En las fotografías familiares
nos parecemos todos.
La inexorable ley de la genética
nos ha dado un aspecto similar;
felizmente distinto, sin embargo,
cuando alguien se asoma al interior
y mira más allá del apellido.

Compartir algo más que nueve letras
poco tiene que ver con el orgullo,
nada tiene que ver con el origen:
su centro es la elección de los afectos.

Nos delata el sentido del humor
y esa ironía bienintencionada,
el gusto por lo dulce
tanto en el paladar como en la vida,
por la que nos movemos
procurando seguir ese hilo invisible
que nos conduce al otro.

 

 

 

INVISIBLE

Me gustan las ciudades que no existen.
Un no-lugar donde encontrar a alguien
a cuyos brazos nunca llegas tarde.

Me gusta recorrer calles sin gente,
edificios vacíos, transparentes,
sus grises esqueletos de hormigón
donde antes hubo vida, sensaciones
como frío o calor, valor o miedo.

Es en esa ciudad y en ese espacio
donde camino siempre sin ser visto,
donde nadie me juzga ni me envidia.

No tiene mar ni nombre esa ciudad.
No aparece en los mapas ni las guías;
sentirla es suficiente, necesario.

Nadie puede acusarte si no existen
esa ciudad, sus calles, sus abrazos.

 

 

 

LA CAJA

La última mudanza ha traído hasta mí
una caja pequeña que tenía olvidada.
Al abrirla compré un billete al pasado,
un viaje impredecible a través del espejo.

Sobre la mesa esparzo un pasado concreto.
Me mira otro Javier desde un carnet ajado
de alguna biblioteca, y me miran también
documentos inútiles que dicen lo que fui:
residente en Ibiza, vecino en Barcelona,
socio de algún gimnasio, aprobado en la escuela;
y ese cuaderno blanco que llamamos cartilla,
que demuestra un servicio obligado a la patria,
un tiempo al fin perdido a cambio de migajas.

Aparecen las fotos de aquellos más cercanos
–un árbol genealógico a medio construir–
o un mechero sin piedra ni gas ni vocación
de encender un cigarro que aún está junto a él,
manchado de carmín, recuerdo de algún beso.

No es nostalgia o dolor por el paso del tiempo
lo que marca las horas vaciando la caja,
es la curiosidad y la mala conciencia
de no saber qué abría, porque todas lo hacen,
la llave que se esconde debajo de mis ruinas.

 

 

 

CARRER DE MOSCOU

A Luis Fernando

A mitad de camino
entre la vida cotidiana
y la vida real,
busco siempre refugio
en una habitación llena de libros,
con balcones al mar
y a la nostalgia olímpica
de una ciudad que nunca será nuestra.

Hablamos del amor, naturalmente.
Hablamos de los nuestros, los de entonces,
en los que apenas nos reconocemos;
proyectamos idilios imposibles
con mujeres fatales
y en los libros de viajes recorremos el mundo.

Intentamos de nuevo
escribir la novela
que nos hemos contado tantas veces.

Recuerdo bien el día
en el que un portero mal teñido de rubio
saludó por su nombre al Comisario
sin inmutarle el paso de casi veinte años,
la noche en que dos jóvenes imberbes
evitaban la risa y la vergüenza
allí donde aquel mago trasnochado
no tenía ilusión ni por sí mismo.

Tal vez fue aquella noche
cuando empezamos a sentirnos hombres,
cuando supimos
que Barcelona y la amistad nos curan.

 

Javier Bozalongo (Tarragona, España, 1961). Reside en Granada desde hace 30 años. Ha publicado los poemarios Líquida nostalgia (2001), Hasta ... LEER MÁS DEL AUTOR