Jaime Huenún. Cisnes de Rauquemó. Envíos a Anahí, Cantos, Cerrado por duelo

Continuamos esta sección con algunos textos del gran poeta chileno.

 

 

Jaime Huenún

 

CISNES DE RAUQUEMÓ

Buscábamos hierbas medicinales en la pampa
(limpiaplata y poleo, yerbabuena y llantén).
El sol era violeta, se escarchaban los pastos.
Bajaba el Rahue oscuro, ya sin lumbre de peces.

Oímos mugir vacas perdidas en la Vega,
y el ruido de un tractor camino a Cancha Larga.
Llegamos hasta el río y pedimos balseo,
un bote se acercó silencioso a nosotros.

Nos hablaron bajito y nos dieron garrotes,
y unos tragos de pisco para aguantar el frío.
Nadamos muy ligero para no acalambrarnos.
La neblina cerraba la vista de la orilla.

En medio del junquillo dos cuerpos de agua dulce,
blancos como dos lunas en la noche del agua,
doblaron sus dos cuellos de limpia plata rotos,
esquivando sin fuerza los golpes y el torrente.

Cada uno tomó un ave de la cola o las patas,
y remontó hacia el bote oculto entre los árboles.
Los hombres encendieron sus linternas de caza
y arrojaron en sacos las presas malheridas.

Nos marchamos borrachos, emplumados de muerte,
cantando unas rancheras y orinando en el viento.
En mitad de la pampa nos quedamos dormidos,
cubriéndonos de escarcha, de hierba y maleficios.

 

 

ENVÍO A ANAHÍ

Era madrugada y yo
cortaba flores para ti en mis libros de poesía.
Llovió largo sobre el mundo y en mi sueño
se abrieron los primeros rojos brotes de poroto.
Hacia el bosque volaron los güairaos,
y el tue-tue cantó tres veces
sólo para confundirme.
Amanecí después: mariposa era el cielo,
liebre era la tierra corriendo tras el sol.
Te vi luego zumbando en las celdillas de la miel,
haciendo olas en la blanca
placenta de tu madre.
La muerte es lo que escribe
el agua sobre el agua, me dije contemplando
el rocío de las hojas.
Lloré, entonces lloré,
sólo por el delirio de respirar tu aire.

 

 

CANTOS

Un notro es la mañana
donde habitan
los tordos.

Árboles fantasmas
en tu sombra
hay.

Honda vuela el agua
sobre el sol y el bosque.

Negra golondrina,
sales de mi sueño
y entras en la tierra
sin voltear.

Mariposas
en el cardo
que todos evitan.

Fuegos de montaña,
cenizas del sol.
Mediodía en mi
provincia.

Escribo mi poema
en las hospederías del bosque.
Los pájaros vuelan
y borran con sus cantos
lo que escribo.

 

 

CERRADO POR DUELO

Esos huesos que asoman son sílabas de tiempo,
signos huecos y blancos de un lenguaje roído,
cráneos significados por la tierra y la noche,
ambarinas dentaduras sin eternidad ni risa.

Esos huesos que asoman son el polvo del polvo,
una sucia escritura dispersándose al viento,
fósiles negativos velados con silencios,
cuencas arrancadas de cuajo a sus espectros.

Esos huesos que asoman son prótesis de la nada,
falanges que enternecen la página del miedo,
húmeros con esporas nutridas por el calcio
cóncavo de la vida adherida a los muertos.

Esos huesos que asoman cierran tarde sus deudos,
y ofrecen un dolor plano cocido a entierro lento,
florecidos de musgo los sacros calvos yertos
envilecen los ojos que los miran desiertos.

Esos huesos que asoman son la carne del cielo,
la cáscara de un crimen sin prontuario ni duelo,
resurrectos opacos, indicios esqueletos
nombrados contra el polvo y en el polvo desechos.