Hugo Mujica

Paraíso Vacío

 

DOS MANIQUÍES

Mi madre y mi padre: dos maniquíes, uno de espuma volando en la playa, el otro de nieve cayendo sobre un libro de cuentos (de ambos de carbón la sombra). Los dos bajo la lluvia, la que me lavó de ellos, pero alto, donde la lluvia es todavía lago, alto, donde los niños no hacen pie.

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PAISAJE URBANO

Sobre una rata muerta, en el fondo de la casa, va cayendo la nieve. Cae hasta cubrirla y sigue cayendo después.

            Ya todo es blanco, como un puñado de pureza, en el jardín del fondo de la casa iluminada.

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LUNA SOBRE LAS OLAS

Hay luna sobre las olas y en el viento un canto que nadie canta. Sobre la playa, con los ojos vendados, seis niños caminan cargando un ataúd abierto. Caminan mar adentro al paso del canto que nadie canta.

            Sobre las olas se mece el féretro como una cuna vacía mientras se ahogan bajo las aguas los gritos que nadie escucha.

               Hay luna sobre las olas.

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HUELLA

Entre las lágrimas, una gota de sangre interrumpió la transparencia, le inundó los ojos y la tierra entera se elevó como un glorioso himno de fuego.

            Cuando la gota cayó en la tierra la tierra toda volvió a ser una urna nevada de cenizas.

            Suave, casi imperceptible como la sombra que proyecta un pájaro volando sobre un bosque, la gota enrojeció una huella en las cenizas.

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 CICLO

Un ciego, en medio del desierto, cava con sus manos un pozo redondo: esculpe una imagen a semejanza de lo único que le fue dado ver.

            Una tribu trashumante saca del pozo agua, sacia su sed, deja su andar. A su alrededor aran, siembran árboles, instalan sus tiendas, edifican ciudades e inventan ciencias para que los ciegos puedan ver.

            Tiempo después (cuando la arena ya fue sepultada en muros), poderosas cavadoras ahondan el pozo y, uno a uno, arrojan allí a los ciegos penitentes que se niegan a abrir los ojos para no dejar de ver.

            Las hojas de los árboles comienzan a secarse.

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JUEGO DE NIÑOS

—Es por orfandad que la muerte mata a sus hijos— dijo como añorando no haber sido su propio parto, mientras se desnudaba, quitándose el vestido de raso blanco que había vestido otra niña.

—¿La muerte tiene hijos?—, preguntó extrañado el niño, repasando en vano todo lo que le habían enseñado los mayores.

            —No, pero yo hablaba de la vida— aclaró la muerte, complacida de que los huérfanos la comprendieran, mientras se ponía la ropa que le iba sacando al niño.

            Se acostó desnudo, cerró los ojos hasta soñar la completa oscuridad, tan oscura que ni la nieve se veía; apenas la sintió corriéndole lluvia por su cuerpo, como un vestido nuevo, como una transparencia negra.

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LEYES

Una rata se pudre ahogada dentro de un balde de agua; no lejos, un perro sigue atado desde que su amo partió.

A veces ladra, otras corre la distancia de la soga que no alcanza para llegar hasta el balde. (Cada vez se queda más tiempo echado. Hasta que no se levanta. Hasta que muere. Más de sed que de hambre).

En el balde, donde sigue pudriéndose la rata, el agua no termina de secarse.

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AL SOL DEL MEDIODÍA

Tres niñas caminan bajo el sol del mediodía cercando el cementerio, tres niñas, cada una con su sombrero blanco.

Tres sombreros blancos sobre tres tumbas recién cubiertas, las tumbas sobre las que camina, lentamente, un tigre ensangrentado.

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SALMO

El boxeador había querido ser bailarín.

            Él nunca lo dijo; los otros decían: tendría que haber sido guardabosque, monje, o haber viajado a otro lugar (pero no decían eso, decían otra cosa, no boxeador).

            Golpeaba, golpeaba… golpeó hasta caer sobre la lona. Allí —ahora— dijo una palabra (la de la extrema soledad cuando es la soledad del extremo), esa que de haberla escuchado alguien hubiese sido otra, no la única, la que fue.

            Para decirla nunca fue bailarín.

            (Otros muertos, en cambio, no dicen su silencio: lo amordaza la letanía de los que rezan a sus pies.)

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LA ÚLTIMA GOTA

Los muertos suelen vestirse con nuestras sombras para seguir recorriendo las calles, para beber agua y no barro cuando la lluvia cae.

A la hora en que están encendidas las ciudades, como esas velas que siguen ardiendo en la noche de una iglesia cuando ya cerraron sus puertas, ahí están ellos, esperando que nos durmamos, esperando beber la última gota en la copa de vino que dejamos.

            (Son ellos los que callan el silencio en el que nosotros hablamos; son ellos los que hablaron cuando a veces olvidamos lo que estuvimos soñando.)

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PARAÍSO VACÍO

Sólo la serpiente no fue arrojada: permanece arrastrándose en círculos más y más cerrados, abriendo el infierno de un paraíso vacío. Gira en el vacío vaciando un círculo en el polvo: el hueco espejo del terco rito de ser el dios de mi propio infierno.

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EN REDONDO

Hay un niño muerto en la playa en pleno mediodía, y hay un perro girando a su alrededor como enjaulado en la tierra. Un hombre los mira fijo, o la mirada lo fija, pero no ve al niño, los niños muertos no se pueden ver, mirarlos no es verlos, es verse un agujero en los ojos en forma de niño muerto.

Hugo Mujica (Buenos Aires, 1942). Estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Esta gama de estudios se refleja en la varia ... LEER MÁS DEL AUTOR