Dimitris Angelís

FOTOGRAFÍAS

Éstos son los ojos de mi insomnio
desde que llevaba con piedad en brazos al niño y sabía
por qué existo; otoñal y borrándome, pero vivo
dentro de aquella casa escarpada que navegaba
entre las dunas y los tamariscos de tu ausencia,
hija mía.
Éstas son las orillas de mi insomnio tras vegas interminables,
tras reinos naufragados y ciudades
que embalsamó tu egoísmo porque no llevaban
la corona de espinas cuando la pediste con apremio,
tal como corresponde a la edad infantil de tus cinco meses.
Y éstas son las espinas de tu insomnio, las junté una a una
mientras crecías con risas y llantos,
las guardé en el vaso cristalino para bebérmelas cuando
nos encontremos,
olvidando los juramentos que rompiste en brazos
desconocidos, las manzanas del Jardín que ofrecías
a insidiosos extraños
porque eras una cría y alimentabas tu corazón con la corteza del pan
que se nos había caído al suelo.
Ahora vence al tiempo, espera mi barco un poco todavía
antes de que tus manos cambien de hoja.
Nuestra casa estará de nuevo tranquila, se volverán a
levantar las ciudades engreídas que barrió
tu mirada de nieve –si regreso finalmente algún día
y si tú
no me has olvidado para entonces.

 

 

BALANCE

Días que vendrán y se irán sin eco, días
de un silencio sin cicatrizar que no serán anotados
en ninguna parte
porque no estabas a mi lado.
Un tuerto nos tiró piedras. Una hechicera
leyó en el azufre nuestro destino. Algunas mujeres intentaron
seducirnos con sus canciones desnudas de pecho. Poco después
nos quedamos en las tiendas de campaña de un islote y afuera
pasaban los batallones con los arqueólogos: Ésta es
mi historia, si me preguntas.
Y si por mi servicio de oficina me llaman «mitómano»,
no los critiques, durante años
Ninguno firmaba. Hijo de Nadie.
Caucásico y kafkiano y siempre
quemado.

 

 

SKIRON, JULIO DEL 74

¿Adónde iremos ahora, alma mía, con todo este exilio
que ocultamos por dentro, qué buscamos
arrugados sobre este barco de banderas engalanado
—ciudad sin corazón,
por qué necesitabas mi muerte?

Ningún regreso, ninguna vindicación. Llevaremos
bajo la guerrera vacía
heridas, entregándose por la vieja inquina
aún no agotada a las negaciones, mientras los otros
alrededor nos llamarán con desprecio
«mercenarios». Y silbará siempre el aire como el día en que
nos separamos, alma mía,
ciega criatura macabra de mi mente, soplará
con ráfagas rítmicas en el lacustre camino, arremolinando
a amigos y enemigos juntos, paradas fronterizas, sacrificios
de caballos, remordimientos
que acabaron con el tiempo en crepitar de palabras
y no apalean.

¿Acaso esto no significa vejez? ¿Que, de todos, sólo tú
te hayas salvado y que en la oscuridad no sepas dónde
refugiarte?

 

 

EL TEMA DEL RECONOCIMIENTO
Y UN DISFRAZ

Esperaba árboles a mi regreso, encontré serruchos oxidados,
tizones y a un perro viejo de río al que llamaban Laertis
nadando desfallecido en el fango.
«No me reconozcas», me alcanzó a decir, «porque entonces
tendría que morir de inmediato». Mejor
que en mi lugar se pierda Argos, de todas formas nadie se
va a dar cuenta
puesto que ya no existe Agamenón y acabamos como
ingrata villa
llena de oscuros bares de copas y desolladeros
en los que las alcantarillas riegan sangre contaminada».

Entonces comprendí que algo había sucedido y que
el mito había cambiado,
Argos se había convertido en ciudad desdentada, Laertis
en perro callejero
y yo había regresado sólo para anunciar la soledad de ambos,
poniéndome de manera fatalista en las mismas manos
indignas (las mías), acechando casas mudas
con lavabos llenos de colillas, cuadros acuchillados en las
paredes y estatuas destruidas en los atrios,
con la fotografía de una tal Circe guardada en la cartera
y teniéndome que enfrentar a los pretendientes
que tramaban conspiraciones contra mi vida.

Por eso, esta noche he prometido tu cabellera al río
Esperqueo, sensible hija mía,
y te he bautizado, delante de los iconos, Telémaco. Y mañana
pasearemos juntos por los barrios de peor reputación
para que conozcas tú también
cuán triunfalmente silba como víbora el silencio
en los laberintos y en las insaciables tumbas derrotadas
donde crecí,
qué injustificado sería mi regreso
si no existieras
el duelo que nos hace hombres.

 

 

LA OCULTA PESADILLA DE TELÉMACO

Y siempre, siempre sufrirás en los aposentos el olor indeleble
de los pretendientes,
en sus fiestas privadas participarás en recitales de insulsos
poemas, oirás
juramentos de fe que sabes sin embargo que pronto
serán olvidados
ad gloriam. Tú —susurrabas — a otras cosas
estabas destinado.
Puesto que el polvo implacable lo cubrirá todo:
las discotecas que frecuentabas, las salas de billar, las
escaleras de mármol de las interminables
confesiones amorosas, en sus ruinas
serán descubiertos mañana aquellos nombres reprimidos
que te comprometen, y tú
con rotas esperanzas te preguntarás, midiendo las
distancias, cómo sobreviviste,
sacarás de los cajones cartas amarillentas, romperás
promesas incumplidas y viejos resguardos de billetes,
planeando de nuevo y a prisa episodios de tu vida
ad gloriam.
En los funerales de tus amigos con amargura notarás
que ya no son escuchadas tus oraciones.

 

(Traducción al español de Virginia López Recio)

 

Dimitris Angelís (Atenas, Grecia, 1973). Poeta y ensayista, Doctor en Filosofía y Director de la revista literaria Nea Efthini (2010-2013: núm. 1-16) y act ... LEER MÁS DEL AUTOR