Eunice Odio

Alba, zona poética, amical y testimonial

 

Por Javier Alvarado

        (Texto leído en el Palacio de Bellas Artes de México el 15 de octubre de 2019)

A Monthia Sancho, Peggy von Meyer, María Bonilla, Leticia Luna, Roxana Elvridge y a Carmen Nozal y a los traductores de sus poemas, tocados por lo euniciano

 

En su libro La herida en la piel de la diosa, el colombiano William Ospina, en un ensayo dedicado a José Manuel Arango afirma que “es casi una tradición que los mayores poetas de cada época mueran inadvertidos por su pueblo; apenas reconocidos por un círculo de conocedores y de asiduos a la poesía”.  Esto puede aplicarse a un gran número de poetas cuyas obras son vistas con años de distancia como precursoras en el estilo, reformadoras o piedras fundacionales de la literatura y que expanden el universo maravilloso de las lenguas en todo su esplendor. Es curioso observar las similitudes con varias poetas del pasado siglo que tuvieron condiciones adversas para la creación.  En una Costa Rica poblada de montañas poderosas y de corpulentos guanacastes donde guindan sin cesar las orejas de los indígenas y de los negros según leyendas populares, el paseo del carretón con las frutas de todo el Valle de Talamanca, las esferas de ´piedra que desde el gran Chiriquí hasta otras geografías vienen rodando, el poder de los térrabas sobre el oro y sobre el mar que fascinaron a los conquistadores y por lo cual dicen se le dio el nombre de la costa rica, en sus playas caribeñas donde pregonan los calipsonians limonenses, en un país tropical y agreste, nos nació un ser pleno de poesía de ojos verdes centelleantes que competirían con los de Julián del Casal, bien descritos por Lezama Lima en su prodigiosa oda. Mi fascinación por Eunice Odio llegó primero por Lil Picado y sus textos titulados Eunicianas y por contemplar su belleza sin haberla conocido, en el magistral poema de Carlos Martínez Rivas en La Insurrección Solitaria:

Y sobre la pulida nariz que suele hundirse
Nave en el oleaje de la rosa, buscando
Una exacta respuesta de olor a su pregunta,
Se encienden los dos ojos, desde la telaraña
Redonda, minuciosa y azul del iris.

Y luego, del lecho fresco de los labios, donde tu juventud
Parecía haberse tendido ya a sólo madurar,
De golpe, como el agua en los valles,
Todo se lanza hacia los hombros y los senos…
Después todo es quietud y desnudez sin fin.

Luego fue la búsqueda en aquellos años de temprana juventud de los libros de Eunice Odio. Pude leerla gracias a la antología que ella misma seleccionó para EDUCA y que prepararía Ítalo López Vallecillos y que se publicaría meses después de su muerte y gracias a los tres tomos de su obra que se publicaron por la Editorial Costa Rica y por esas suertes cibernéticas donde localicé en una librería de viejo en un país sudamericano, las primeras ediciones de El tránsito de fuego, su obra cumbre y El rastro de la mariposa, texto en prosa y rareza bibliográfica.   La fascinación por esta aurora centroamericana ha ido in crescendo con los años y más en este 2019 en particular, rememorando su centenario. Desde el involucramiento con una serie de homenajes radiales, de traducciones, de escritura de poemas a su memoria, el incentivo a otros autores a escribir sobre ella y ver como se concreta un festival dedicado a su vida y obra y a San Juan de la Cruz en Salamanca, son motivos para el regocijo.  El ser testigo este año de ver su fotografía en la Feria Internacional de poesía de Costa Rica es también un hito al igual que en el magno evento en el Palacio de Bellas Artes de México; ya que sólo después de su muerte y varias décadas después, su obra está siendo revalorada con estudios, reediciones y demás.

Eunice Odio en vida publicó Los Elementos Terrestres, Premio Centroamericano 15 de septiembre y con el cual viaja a Guatemala, siendo uno de los miembros del jurado el futuro Nobel, Miguel Ángel Asturias y allí se establece dejando atrás su natal Costa Rica, donde se sentía menospreciada.  Hay otros tres casos similares: el de Carmen Lyra, Yolanda Oreamuno y el de Chavela Vargas. Costarricenses que emigran para poder producir y alcanzar el éxito o el escenario para concretar su obra. Los Elementos Terrestres influido por lecturas de la Biblia, El Cantar de los Cantares y el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz.  Sorprende este novedoso tratamiento de lo místico y lo erótico:

Amado,
hoy te he buscado
por entre mi ciudad
y tu ciudad extraña,
donde los edificios
no se alegran al sol,
como frutales conchas
y celestes cabañas.

Y andaba yo
con un crepúsculo enredado entre la lengua,

Con aire de laguna
y ropa de peligro.

En Guatemala, Eunice Odio accede a círculos literarios e intelectuales de la época y adquiere posteriormente la ciudadanía guatemalteca. Por motivos políticos, según fuentes consultadas, como Alfonso Chase, abandona Guatemala y viaja a México donde reside en la Calle Neva.

Posteriormente le editan en Argentina, un libro en la colección Brigadas Líricas de Mendoza, Zona en Territorio del Alba, que según la autora en una carta al intelectual venezolano, Juan Liscano, son poemas de escritura temprana. Para la década de los 50 y los 60, existió en El Salvador, el premio República de El Salvador, Certamen Nacional de Cultura, el cual obtuvieron poetas de varias nacionalidades como Marco Antonio Flores, Isaac Felipe Azofeifa y que contó con jurados como Pablo Antonio Cuadra, Alfredo Cardona Peña, Carlos Pellicer, Ernesto Cardenal, Fernando Alegría, entre otros.  Eunice Odio mandó El tránsito de Fuego, su obra maestra y el mismo según testimonios, no fue retirado del correo por los organizadores y no fue premiado. Dada la calidad de la obra y para resarcir lo ocurrido, el gobierno de El Salvador a través de su Ministerio de Educación y de su Departamento Editorial, publican esta obra que es una piedra fundacional de la poesía latinoamericana.  Consta de IV partes, donde los versos se debaten en metáforas originales:

DÉDALO
Tiene forma  de cárcel para su cabeza.
ION
Y tiene la medida del vuelo.
Y es fuerte; más que el ala,
Más unida que el polvo.

Nada habrá que aniquile su suave fortaleza.

Ve a traer al caballo, y al regresar,
Entrégalo al hombre.

DÉDALO
Pronto volveré.
ION
Su sexo será un cuerno de la luna,
Su piel, sombra y honor de la azucena;
Piel clara, piel profunda,
Piel de todas las cosas de la mañana.

Para conocer y escudriñar en la personalidad de Eunice Odio, es necesario leer sus Cartas, las cuales se han estado publicando. Su humanidad y su forma de expresarse en lo coloquial y en lo cotidiano, reposa allí. Sus testimonios sobre luces, experiencias psíquicas, espirituales, clarividentes y extrañas son fascinantes.   Repasar su asombro por las legumbres y frutas que pasados los días, en vez de podrirse, cobran vida o exclaman raíces es un ejemplo de ello.

Y creo que es necesario además de honrar su poesía y su nombre, el de reconocer a aquellos seres que estuvieron cerca de ella y a los cuales lo unió la perla de la amistad. La correspondencia fue en ese aspecto ese puente manuscrito de las emociones, las soledades, las sensibilidades, la desnudez de los actos sencillos y complejos. La venezolana Olga Kochen, quien publicó una serie de libros de poesía como Sol en la pena, De azar y soledades, Aya Huesca: imágenes de experiencias en un mundo de percepciones y de quien se decía tenía inclinación por los sucesos paranormales y lo esotérico, una vez le dijo a Eunice que “la poesía la llevaría a la serenidad y al desapasionamiento” y ella le contesta:  “Yo, Olga, no quiero la paz ni la serenidad ni mucho menos el desapasionamiento.  Si yo encontrara eso que dices, haría una poesía pacífica, serena y desapasionada, que no conseguiría conmover las entrañas del hombre, porque yo misma no estaría conmovida.”

Con el mencionado venezolano, Juan Liscano, son conmovedoras las cartas sobre los sucesos de apariciones de luces y el milagro de las frutas que en vez de podrirse, rejuvenecen en el refrigerador y es por dichas misivas donde yace el testimonio del proceso de creación y armadura de El tránsito de fuego, el cual estuvo a punto de desquiciar a Eunice: “… si algo me costó sangre, sudor y lágrimas, fue darle unidad a ese poema que, como creo que te dije ya, es un poema compuesto de varios; y no distintos poemas separados, que no tienen la intención de establecer una forma; aunque algunos, como los que tienes, poseen, en cierto modo, autonomía.” Y es Juan Liscano, a quien le debemos un fabuloso libro compilador de homenajes, poemas y cartas alrededor de Eunice Odio, publicado por Monte Ávila en 1975 y donde dice:

“gran poeta sin tribuna y sin auditorio: su depurada pasión por la poesía entendida como revelación del mundo y del ser, y sus búsquedas metafísicas en procura de alguna manifestación sobrenatural que confirmara sus ansias de trascendencia, para lo cual conjugaba, con cierta confusión genial de poeta, religión, magia y disciplinas de desarrollo interior.”

Y siguen los amigos.  De México, los nombres de Efraín Huerta, a cuyas reuniones,  Eunice asistía según testimonios de Elsa Cross y de Thelma Nava, el de Amparo Dávila, la narradora a la cual le dedican un premio de cuento fantástico, el cuentista mexicano Raúl Navarrete, el poeta y dramaturgo mexicano Rodolfo Usigli.  De otras nacionalidades, el poeta costarricense y radicado en México, Alfredo Cardona Peña, el narrador guatemalteco Augusto Monterroso con su inmortal dinosaurio, el guatemalteco Otto Raúl González y sus nuevos colores, el cubano y radicado en México, Carlos Zener. Con todos ellos, nuestra Eunice sostuvo correspondencia y amistad y de ellos obtuvo homenaje póstumo en el mencionado libro editado por Juan Liscano.

Hay que hacer hincapié que Eunice Odio, en un momento de su vida, se distanció de la izquierda políticamente y cuestionó a escritores y esto provocó en muchos casos, un distanciamiento y un silencio sobre su vida y obra. Tal aislamiento, desembocó en la soledad más austera y magnánima. Eunice Odio expiró en un apartamento de la Calle Neva, con pocas provisiones y hallada diez días después en su bañera.    Su historia de vida es una vorágine, desde obnubilar por su belleza antes que por su escritura (algunos escritores confiesan y se arrepienten de esa actitud), hasta ser involucrada y cuestionada por la CIA por el asesinato del presidente John F. Kennedy, ya que uno de los sospechosos fue visto en México y participó de una fiesta donde ella estuvo y demás.  Mucho más.

¿Y Panamá?

En el año 2017, tuve el privilegio de investigar y prologar la Obra poética de Stella Sierra en dos ediciones diferentes, una por la Biblioteca Nacional y otra por la Academia Panameña de la Lengua. En su libro Libre y Cautiva, donde nuestra poeta panameña recoge su obra en verso y prosa (Panamá, 1984), recata en un apartado varios comentarios críticos y fue grata mi sorpresa al encontrar una apreciación crítica escrita por Eunice Odio para el libro Libre y Cautiva , publicado en México en 1947.   Eunice Odio dice sobre nuestra Stella Sierra:

“Para los que viven en territorio de estrella y signo, “LIBRE Y CAUTIVA”, es también un momento sin memoria. Júbilo del viaje que empieza en un rio caudaloso, para terminar en hilo de agua limpia y delgada.”

Este estudio crítico fue publicado en la Revista Épocas el 25 de diciembre de 1948.   Un extenso acercamiento al libro que internacionalizó a nuestra poeta Stella Sierra y quien compartió con Eunice Odio, el ser miembros de la Orden Rosacruz. Un dato interesante que se rescata por biógrafos de Eunice Odio y dato del cual me hizo partícipe la familia de Stella Sierra para su centenario.

Escudriñando en la obra de Eunice Odio, encontré un hermoso poema dedicado a mi patria:  “Recepción a un amigo a su llegada a Panamá”,  el cual dice:

Lo sigo,
lo precedo en la voz
porque tengo,
como el humo en despoblado,
vocación de acuarela.

Cuénteme
cómo son ahí las cosas de consumo:

Libros,
rosas,
tintineos de golondrina.

aparte de eso
le pregunto

por los mangos geológicos
bordeándolo de pulpa,

y por un río nuevo,
sin mirarlo,

Con pueblos de sonido
y longitud de Arcángel.

Dígame algo también sobre el pequeño litoral
donde recientemente el día,
como un celeste animal bifronte,
acampó en dos acuarios
y se llenó de peces.

O si lo recibieron unánimes los árboles
como cuando eligieron a la primera alondra del año
y el día de florecer.

Resúmame ahora que tiemblo,
benignamente
detrás de una golondrina,

ahora que me proponen públicamente
para desnudo de mariposa

y estoy como las rosas
desordenando el aire.

Aparece en escena el gran escritor panameño, Rogelio Sinán.

El escritor costarricense, Carlos Cortés, en su escrito Eunice Odio, publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, rescata un testimonio del escritor rumano Stefan Baciu:

“En 1956, el escritor rumano Stefan Baciu, la conoce en México y nos deja de ella un retrato inmejorable; “… fuimos invitados por el poeta panameño Rogelio Sinán a su casa. Súbitamente oímos desde abajo, desde el primer piso, la música de un tocadiscos. Mirando desde arriba, vi en el salón, en medio de una rueda formada por los invitados, la cabellera de una mujer que bailaba, haciendo círculos y más círculos en un ritmo cada vez más endiablado con los brazos extendidos y la cabeza vuelta para atrás, mirando hacia el piso de arriba, o, mejor dicho, hacia el cielo.  Mirando bailar a la mujer que iba a conocer instantes más tarde, con un vaso de highbal en la mano, sudando, casi transfigurada por el baile, hablando con varias personas al mismo tiempo, mirándonos con sus maravillosos ojos de eurasiática, me di cuenta que así sólo puede bailar la poesía, y la poesía llamábase Eunice Odio.”

En nuestra Centroamérica la poesía se sigue llamando con varios nombres y uno de esos nombres es el de Eunice Odio. Eunice Odio, bienvenida a la Revista Altazor en su centenario.

Eunice Odio (Costa Rica, 1919 - México, 1974). Poeta, ensayista y narradora. Por su obra Los elementos terrestres (1948) ganó el Premio Centr ... LEER MÁS DEL AUTOR