Eugenio Montale

Huesos de sepia y otros textos

 (Versión al español de Víctor Rivera)

 

Los limones

Escúchame, los poetas laureados
se mueven únicamente entre plantas
de raros nombres: alheña, boj o acanto.
Yo prefiero los caminos que llevan a huecos herbosos
con charcas precarias donde los muchachos
atrapan una anguila macilenta:
senderos que bordean los barrancos
y bajan entre los brotes de las cañas
hasta desembocar en las huertas, entre los limoneros.

Mejor si la algarabía de los pájaros
se apaga engullida por el azul del cielo:
más claro se escucha el susurro de las ramas
en un aire que apenas se mueve,
la sensación de este olor
que no sabe distanciarse de la tierra
e inunda el pecho con una dulce inquietud.
Aquí, de milagro se silencia
la guerra por las desordenadas pasiones,
aquí también a nosotros los pobres
nos toca una parte de riqueza:
el olor de los limoneros.

Mira, en estos silencios
en que las cosas se abandonan
y parecen casi revelar su último secreto,
a veces se espera descubrir
una falta en la Naturaleza,
el punto muerto del mundo,
el eslabón ausente o el hilo suelto
que finalmente penetre en medio de una verdad.
Los ojos buscan alrededor, la mente indaga,
reúne y divide en el perfume que se propaga
cuando el día más languidece.
Son los silencios que revelan
en cada sombra humana que se aleja
alguna perturbada Divinidad.

Pero la ilusión se desvanece
y nos devuelve al tiempo de la ciudad ruidosa
donde el azul se muestra por pedazos,
en lo alto, entre las cumbres.
Luego la tierra se cansa con la lluvia,
sobre el techo de las casas
se agolpa el tedio del invierno,
la luz se muestra avara, amarga el alma.
Hasta que un día, por la puerta mal cerrada,
entre los árboles de un patio,
vemos el amarillo de los limones
y el hielo del corazón se derrite,
agolpada en el pecho su música,
la tromba dorada de lo solar.

 

 

 Viento y banderas

La ráfaga que levantó el amargo aroma
del mar a los remolinos de los valles,
te embistió y te desordenó la cabellera,
ovillo breve contra el cielo pálido;

el viento que te ciñó el vestido
y te moldeó rápida a su imagen,
cómo ha vuelto, y tú lejana, a estas
piedras que el monte entrega a la vorágine;

y cómo, extinta ya la ebria furia
el jardín reencuentra el dócil hálito
que te meció, recostada en la hamaca,
bajo los árboles, en tus vuelos sin alas.

¡Ay de mí, jamás el tiempo modela dos semillas
de la misma manera! Y es esto lo que nos salva:
pues si así lo hiciera, junto a la naturaleza
nuestra fábula ardería como el relámpago.

Emanación que nunca se repite, y da vida
a un grupo de casas extendidas
adornadas de galas y estandartes,
al borde de un declive.

El mundo existe… un estupor detiene
el corazón que ha cedido a las errantes pesadillas,
mensajeros del crespúsculo que no conciben
que los hambrientos puedan divertirse.

 

 

Huesos de Sepia

*

Eso que de mí supiste
no fue más que el revestimiento,
la túnica que cubre
nuestro humano destino.

Tal vez detrás de la tela
estaba el tranquilo azul;
pero un estigma impedía
ver la celeste claridad.

O solo fue verdad
la continua mutación de mi vida,
el abrirse de una ardiente
tierra que jamás veré.

Mi verdadera sustancia
se redujo a esta corteza;
el fuego que nunca se apaga
para mí se llamó: ignorancia.

Si adivinas una sombra
no es una sombra: soy yo.
Pudiera arrancarla de mí
y ofrecerla, como se da un regalo.

*

Portovenere

Entre las olas que lamen
el umbral de un templo cristiano
se levanta el Tritón,
y cada hora próxima
es antigua, y toda duda
se lleva de la mano
como una niña frágil.

Allá no hay quien se mire
o se escuche a sí mismo.
Estás en los orígenes
y decidir es inútil:
más tarde partirás de nuevo
para asumir un rostro.

*

Sé de la hora en la que el rostro más imperturbable
es atravesado por una fría mueca:
una pena invisible de pronto se revela
y nadie lo nota entre la multitud de la calle.

Ustedes, palabras mías, para qué enseñan
la honda pena, el viento que estremece el corazón.
La verdad más cierta es de quien calla.
El canto que gime en silencio es un canto de paz.

*

Gloria del extenso mediodía,
cuando los árboles no proyectan sombra
y cada vez más, por exceso de luz
las formas se tornan borrosas.

Entre el alto sol y un pedregal seco,
mi día aún no ha pasado:
la hora más bella está al otro lado del muro
donde un pálido ocaso me espera.

Alrededor todo es sequía.
Un martín pescador gira sobre una reliquia de vida.
La buena lluvia vendrá después del estío,
más en la espera la alegría se completa.

*

Deseada felicidad, caminamos hacia ti
sobre la hoja de una afilada navaja.
Para los ojos eres la vacilación de un destello,
para los pies, tenso hielo que se resquebraja;
que no te alcance, entonces, quien más te busca.

Si llegas a las almas cargadas de tristeza
y las iluminas, tu mañana es dulce
y desconcertante como lo que anida en lo alto.
Sin embargo, nada remedia el llanto de un niño
al que se le escapa un globo entre los techos.

Eugenio Montale (Italia, 1896 – 1981). De los poetas herméticos italianos, Montale es el músico, el cantante tenor que por exceso de timidez renuncia a ... LEER MÁS DEL AUTOR