Enrique Molina

Una estética del deseo

 

Grandes voces de la Argentina
Por Luis Benítez

 

Como el amor, la poesía es la persecución de un secreto imposible. Es lo más profundo del ser, alimentado por el canto del universo, lo insondable, volcánica plenitud del deseo, dirige en la sombra el sentido de un destino. Oprimidos por la cultura, las ideas recibidas y su propio terror, los hombres generalmente se las ingenian para ahogar esa levadura salvaje. Reducido a las cenizas de la mala conciencia y la insatisfacción, el hastío y la resignación en el seno de las familias, el deseo no apaga nunca, sin embargo, su llaga inapelable. Incluso su virtud se extiende al mal, al vicio, a la muerte. Pero su esplendor rescata en el hombre su naturaleza abisal. Pienso que la poesía es una empresa de revelación y rescate de esos poderes. Palabra a palabra va dando la forma del deseo, y cuando rescata un destello de ese rol enterrado bajo la razón y la lógica de toda violencia del mundo se siente que ha cumplido su designio. La poesía es ese descenso al infierno, el vicio y el terror.” (E.M.)

Aquel que nosotros conocimos

Para quienes no lo conocían en persona era el maestro, una de las voces más altas de la poesía en español, la autoridad indiscutible del género mismo, al que encarnaba en vida y obra, algo muy difícil de encontrar reunido. Para Francisco “Coco” Madariaga, Élida Manselli, Oscar Portela -nombro a amigos que, como Enrique, hoy ya no están- y para mí era todo lo anterior y además, “El Gordo”. En su departamento de la calle Humboldt 2455 o en mi casa de entonces, también era yo en los ‘80/’90 vecino de Palermo, Buenos Aires, las tenidas resultaban homéricas en el más alto y fraterno sentido de la palabra, tanto por lo bien regadas como por lo bien vividas hasta el amanecer y más.

Con pocos autores, como con El Gordo, uno sentía que estaba ante un poeta tan genuino; era tan palpable su condición de tal, que incluso se derramaba esa extraña característica sobre cuanto lo rodeaba. Las conversaciones con Enrique Molina iban paulatinamente transformando el ambiente, llevándonos a una sensación intemporal, vertiginosa: las horas corrían de otro modo, nos íbamos volviendo otros o bien nos despojábamos de las máscaras cotidianas para volver a ser, ese día, por algunas horas, nosotros mismos. Esa metamorfosis –prácticamente física- alcanzaba su cenit cuando, ya en medio de un mundo que El Gordo había creado en torno nuestro, comenzábamos a hablar de poesía de modo directo, algo imposible de recrear con estas, las utilitarias palabras que estoy empleando, meras herramientas descriptivas.

La aventura vital y la poética

Había nacido en Buenos Aires apenas un siglo después que la Argentina, el 2 de noviembre de 1910, y a los 6 años su familia se trasladó a la campaña en la provincia de Corrientes, más tarde a la de Misiones. Esa infancia en tierras exuberantes marcó para siempre a El Gordo, del mismo modo que a su gran amigo, “Coco” Madariaga, otro porteño fascinado por el paisaje tropical correntino, a punto tal que muchos suponen que nació en esas tierras. Retornado El Gordo a Buenos Aires en 1932, fue prácticamente obligado por su padre a cursar estudios de Derecho… etapa que culminó con su diplomatura en 1936 y que Molina recordaba muy bien: esa noche en que se recibió de abogado le entregó el diploma a su padre y se embarcó en un mercante en calidad de grumete, rumbo a España. El nombre del barco en cuestión ya se había perdido en su pobladísima memoria cuando nos conocimos, pero sí contaba que fue el primer navío disponible que encontró en el puerto de Buenos Aires.

La etapa aventurera de El Gordo lo llevó de barco en barco, como marinero raso, a recorrer los incontables puertos del mundo, entre Europa y las tres Américas, e invariablemente sin guardarse un centavo: otra de sus características era el derroche en las experiencias vitales, a las que se entregaba apasionadamente, aun siendo ya hombre más que maduro, como cuando yo lo conocí.

Más pobre que cuando se fue, a fines de los ’40 decidió reinstalarse en Buenos Aires y fungió como secretario de otro grande, Oliverio Girondo, quien le dijo: “el poeta debe ser pobre, de manera que no voy a pagarle mucho”. Narraba El Gordo que Girondo, hombre de gran fortuna, le donaba los trajes que ya no usaba, conque “por esa época yo era uno de los poetas jóvenes mejor vestidos de Buenos Aires”. La talla de Girondo, alto y delgado, era incompatible con la fornida figura de Enrique, bajo de estatura y tan ancho de pecho. Si fue verdad la anécdota o no, carece de importancia: Molina devoraba la realidad y la devolvía transformada, metaforizada, como hacían Henry Miller o René Daumal, entre tantos otros.

En los años que siguieron y prácticamente hasta el día de su muerte, aquel 13 de noviembre de 1997, tan doloroso para la poesía argentina y para quienes gozamos de su risa, su ingenio, su talento sin desmayo, forjó El Gordo una de las obras más sólidas e imponentes del género, cuando la lírica en nuestro medio era, todavía, uno de los pilares principales y al que él contribuyó como pocos.

Una estética del deseo

Si bien se ha dicho, y con razón, que la obra de Molina no se caracteriza por su extensión, de igual manera y con no menor certeza se subrayó –lo hicieron desde Ángel Rama hasta André Coyné, entre tantos otros que se ocuparon de su poética- que lo relevante en ella es su densidad y su peso específico dentro del género en Latinoamérica.

A ello contribuyó el marcado sello personal del autor, que enrolado en las filas del surrealismo argentino en tiempos de sus primeras publicaciones, siempre supo acabadamente poner la imagen y la metáfora al servicio del eje fundamental de los núcleos de sentido de sus trabajos, evitando esa dispersión y ese engolosinamiento en que cayeron no pocos de los seguidores locales del movimiento lanzado en Francia por André Breton a partir de 1924. En tal sentido, Molina fue uno de los mejores en cuanto a digerir los aportes surrealistas, empleando los recursos que liberaba su doctrina oficial –aquello de la libre expresión del inconsciente, que hoy nos resulta un planteo tan ingenuo como el del objetivismo ortodoxo cuanto propugnaba la desaparición de la voz autoral como si ello fuese posible- para alcanzar una polisemia magistralmente dirigida, capaz de expresar del modo más audaz y contundente, pero invariablemente preciso, lo que la poesía contemporánea debe y quiere decirnos.

Así, su “cobra de oro”, “la mirada de pulpo de la memoria”, “el corazón hechizado por la amenaza tantálica del mundo”, tantas otras creaciones como nos ha brindado, obedecen a una precepto común, además de corresponder al ancho abanico de significaciones a las que podríamos afiliarlas: nos están hablando de una vitalidad, unas energías y sublimaciones, una cosmovisión donde las leyes del deseo se cumplen a rajatabla y, en todas las circunstancias, nos guían a través de un universo viviente y todopoderoso, omnipresente, regido por un erotismo sin otro límite que las fronteras mismas de la palabra. Sin embargo, en sus más felices aciertos, la obra de Enrique Molina hasta parece trascender las severas aduanas que regulan los alcances de la lengua y proyectarse más allá todavía, no llevándonos sino llamándonos desde ese plus ultra donde reside ciertamente Lo Real, así, con mayúsculas. ¿Es acaso una ilusión, una proyección equívoca de la sombra siempre opaca del lenguaje sobre eso luminoso y esquivo, que por definición escapará siempre a sus poderes y atributos, lo que nos brinda o parece brindarnos la poética de Molina? Tal vez, pero que simplemente alcance a reflejar, como en la inversión que nos da el espejo, aquello que está detrás de todas las cosas, es una hazaña, otra de las tantas que le debemos al discurso poético, y a la que sabiéndolo o no, todo poeta aspira y que algunos alcanzan a concretar. Uno de ellos fue Enrique Molina.

Cierta vez un poeta joven me dijo que los de mi generación nacimos en un tiempo aún maravilloso, porque vivían entonces Jorge Luis Borges, Molina, Madariaga, Olga Orozco, Raúl Gustavo Aguirre… y quienes los tratábamos podíamos aprender de ellos, preguntarles, sonsacarles el sentido y la forma de lo que hacían. Tenía razón aquel poeta más joven que yo, solo que entonces, en esa época, nosotros no nos dábamos cuenta.

 

 

 

 Un poema de Enrique Molina

 

 

Alta Marea

Cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan

se yergue como una cobra de oro el canto ardiente del orgullo

la errónea maravilla de sus noches de amor

las constelaciones pasionales

los arrebatos de su indómito viaje sus risas a través de las piedras

sus plegarias y cóleras

sus dramas de secretas injurias enterradas

sus maquinaciones perversas las cacerías y disputas

el oscuro relámpago humano que aprisionó un instante el furor

de sus cuerpos con el lazo fulmíneo de las antípodas

los lechos a la deriva en el oleaje de gasa de los sueños

la mirada de pulpo de la memoria

los estremecimientos de una vieja leyenda cubierta de pronto

con la palidez de la tristeza y todos los gestos del abandono

dos o tres libros y una camisa en una maleta

llueve y el tren desliza un espejo frenético por los rieles de

la tormenta

el hotel da al mar

tanto sitio ilusorio tanto lugar de no llegar nunca

tanto trajín de gentes circulando con objetos inútiles o

enfundadas en ropas polvorientas

pasan cementerios de pájaros

cabezas actitudes montañas alcoholes y contrabandos informes

cada noche cuando te desvestías

la sombra de tu cuerpo desnudo crecía sobre los muros hasta el techo

los enormes roperos crujían en las habitaciones inundadas

puertas desconocidas rostros vírgenes

los desastres imprecisos los deslumbramientos de la aventura

siempre a punto de partir

siempre esperando el desenlace

la cabeza sobre el tajo

el corazón hechizado por la amenaza tantálica del mundo

 

Y ese reguero de sangre

un continente sumergido en cuya boca aún hierve la espuma de los

días indefensos bajo el soplo del sol

el nudo de los cuerpos constelados por un fulgor de lentejuelas

insaciables

esos labios besados en otro país en otra raza en otro planeta en otro

cielo en otro infierno

regresaba en un barco

una ciudad se aproximaba a la borda con su peso de sal como un

enorme galápago

todavía las alucinaciones del puente y el sufrimiento del trabajo

marítimo con el desplomado trono de las olas y el árbol

de la hélice que pasaba justamente bajo mi cucheta

éste es el mundo desmedido el mundo sin reemplazo el mundo

desesperado como una fiesta en su huracán de estrellas

pero no hay piedad para mí

ni el sol ni el mar ni la loca pocilga de los puertos

ni la sabiduría de la noche a la que oigo cantar por la boca de las

aguas y de los campos con las violencias de este planeta

que nos pertenece y se nos escapa

entonces tú estabas al final

esperando en el muelle mientras el viento me devolvía a tus brazos

como un pájaro

en la proa lanzaron el cordel con la bola de plomo en la punta y el

cabo de Manila fue recogido

todo termina

los viajes y el amor

nada termina

ni viajes ni amor ni olvido ni avidez

todo despierta nuevamente con la tensión mortal de la bestia que

acecha en el sol de su instinto

todo vuelve a su crimen como un alma encadenada a su dicha y

a sus muertos

todo fulgura como un guijarro de Dios sobre la playa

unos labios lavados por el diluvio y queda atrás

el halo de la lámpara el dormitorio arrasado por la vehemencia

del verano y el remolino de las hojas sobre las sábanas vacías

y una vez más una zarpa de fuego se apoya en el corazón de su presa

en este Nuevo Mundo confuso abierto en todas direcciones

donde la furia y la pasión se mezclan al polen del Paraíso

y otra vez la tierra despliega sus alas y arde de sed intacta y sin raíces

cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan.

Enrique Molina (Argentina, 1910 – 1997). Poeta, narrador, ensayista, pintor, considerado uno de los referentes del surrealismo en su país. Muchos de sus ... LEER MÁS DEL AUTOR