Elizabeth Bishop

Un arte

(Versión al español de Isaías Garde)

 

Un arte

El arte de perder no es difícil de dominar;
tantas cosas parecen llenas del propósito
de perderse, que su pérdida no resulta un desastre.

Pierdan algo todos los días. Acepten la molestia
de las llaves perdidas, de la hora desperdiciada.
El arte de perder no es tan difícil de dominar.

Así que practiquen perder de más, perder más pronto:
lugares y nombres, y el destino al que pensaban
viajar. Nada de eso será un desastre.

Yo perdí el reloj de mi madre. Y, miren, se me fue
la última o la penúltima de tres casas amadas.
El arte de perder no es difícil de dominar.

Perdí dos ciudades encantadoras. Y, más aún,
algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue un desastre.

Aun perdiéndote (tu voz chistosa, el gesto
que amo) no habré mentido. Es evidente
que el arte de perder no es muy difícil de dominar
aunque pueda parecer, (¡anoten!) parecer, un desastre.

 

 

El caracol gigante

La lluvia paró. La cascada seguirá rugiendo como toda la noche. Salgo a caminar y a alimentarme. Mi cuerpo-pie (eso es lo que es) está húmedo y frío y cubierto de arena fina. Mi cuerpo es blanco y del tamaño de un plato de comida. Me propuse un objetivo, alcanzar cierta roca, pero tal vez amanezca antes de que llegue ahí. Aunque me muevo como un fantasma y mis bordes flotantes apenas rozan el suelo, soy pesado, pesado, pesado. Mis músculos blancos ya están cansados. Doy la impresión de una misteriosa ligereza, pero es mi gran fuerza de voluntad la que me permite trepar piedras y ramas. No debo permitir que me distraigan aquellas puntas ásperas del pasto. No tocarlas. Retroceder. Siempre es mejor retraerse.

La lluvia paró. La cascada sigue haciendo ruido (¿Y qué si me cayera en ella?) La montaña de roca negra suelta nubes de vapor. De sus laderas se descuelgan cintas brillantes. Cuando eso ocurre, solemos decir que los Dioses Caracoles bajaron a las apuradas. Yo jamás podría bajar por esas pendientes escabrosas y ni soñar con treparlas.

Ese sapo era enorme, también, como yo. Sus ojos imploraban mi amor. Nuestras proporciones horrorizaban a los vecinos.

Descanso un minuto; relax. Pegado al suelo, mi cuerpo es como una hoja pálida que se descompone. ¿Qué es lo que golpetea en mi caparazón?

Nada. Vamos.

Mis costados se mueven en rítmicas ondulaciones, apenas tocando el suelo, de adelante hacia atrás, la estela de un barco sobre un agua blanca como cera, o un témpano que se derrite lentamente. Soy frío, frío como el hielo. Mi cabeza ciega de toro blanco fue una espantosa máscara cretense; degradados, mis cuatro cuernos no pueden atacar. Los bordes de mi boca son ahora mis manos. Con ellos me prendo a la tierra y sorbo fuertemente. Ah, pero sé que mi caparazón es hermoso, y grandioso, y satinado, y brillante. Sé que es bueno, aunque nunca lo haya visto. Su curvado borde es del más fino esmalte. Por dentro es suave como la seda, y yo lo ocupo a la perfección.

Mi amplia huella que resplandece, ahora se vuelve oscura. Dejo una encantadora cinta opalescente: yo lo sé.

Pero, oh, soy demasiado grande. Así lo siento. Pobre de mí. Si, al llegar a la roca, pudiera meterme por alguna hendidura para pasar la noche, la cascada, debajo, vibraría a través de mi caparazón y de mi cuerpo durante toda la noche. En ese pulso constante podría descansar. Toda la noche sería como un oído durmiente.

Elizabeth Bishop (8 de febrero de 1911 - 6 de octubre de 1979) fue una de las más altas voces de la poesía norteamericana. Discípula y en cierto modo here ... LEER MÁS DEL AUTOR