Efraín Barquero

El poema en el poema

 

 

 

 

LA COMPAÑERA

 

Así es mi compañera.

La he tomado de entre los rostros pobres

con su pureza de madera sin pintar,

y sin preguntar por sus padres

porque es joven, y la juventud es eterna,

sin averiguar donde vive

porque es sana, y la salud es infinita como el agua,

y sin saber cuál es su nombre

porque es bella, y la belleza no ha sido bautizada.

 

Es como las demás muchachas

que se miran con apuro en el espejo trizado por la aurora

antes de ir a sus faenas. Así es,

y yo no sé si es más bella o más fea que las otras,

si el vestido de fiesta le queda mal

o la ternura equivoca a menudo sus palabras,

yo no sé, pero sé que es laboriosa,

como los árboles teje ella misma sus vestidos

y se los pone con la naturalidad del azahar,

como si los hiciera de su propia substancia,

sin preguntarle a nadie, como la tierra,

sin probárselos antes, como el sol,

sin demorarse mucho, como el agua.

 

Es una niña del pueblo,

y se parece a su calle en un día de trabajo,

con sus caderas grandes como las artesas o las cunas,

así es, y es más dulce todavía,

cómo agregar más pan a su estatura,

más carbón a sus ojos ardientes,

más uva a su ruidosa alegría.

 

 

 

 

SI HE DE TENER CONTIGO UN HIJO

 

Si he de tener contigo un hijo,

que éste llegue

cuando nuestra casa sea toda la tierra.

 

Si hemos de dejar un heredero,

que éste venga

para mirar sin asco nuestro mundo.

 

Si he de hacerte madre,

que sea con amor

y no con vergüenza de vivir y de ser hombre.

 

Si hemos de traerlo, conquistemos para él

el derecho de ser libres

para que después no nos maldiga.

 

Conquistemos la tierra donde habrá de crecer,

para que después no nos olvide

al no encontrar nuestras raíces.

 

Conquistemos la paz en que habrá de construir,

para que después no nos desprecie

al impedírselo sus propios hermanos.

 

Que nuestro hijo rasgue en dos tu vida

y tu grito de dolor conmueva las estrellas;

hienda en dos mi canto, y por mi herida

entre el sol a todas las conciencias.

 

 

 

 

EL LOBO DEL HOMBRE

 

Soy el lobo del hombre, soy el perro del hombre.

Soy el frío del amanecer, la raíz del frío.

Soplo el fuego, soplo la hoja del cuchillo,

pero ninguno de los dos sabe mi nombre.

El perro me lame los pies, el lobo me lame las manos,

pero ninguno de los dos sabe mi nombre.

Sólo lo conoce la madre de todas las sentencias.

Odio mi cara con hocico de lobo, con ojos de perro.

Odio la mano con que me la cubro.

Odio y amo la maldición escrita en mi frente

porque me liberó de todo amor, de toda culpa.

Amé primero el ruego mudo en los ojos de las bestias

y después la mueca ciega en la boca de los hombres.

Escuché aullidos, rugidos, mugidos, balidos.

Y alabé al dios de los animales con un rostro como el mío.

Con una mancha morada como una herida abierta.

Amé ese dios de rostro desnudo y odié el de los hombres,

el del rostro cubierto con una mano.

Con mi propia mano manchada para siempre.

Nací con esta deuda y moriré sin pagarla.

 

 

 

 

AS TRISTES / DÍAS FELICES

 

Viven tan poco los animales

y en cada uno de ellos

hay algo de mi vida que se niega a morir

y en cada uno hay un llamado mío

un oscuro deseo que ellos sólo conocen

porque son como el juego inventado por los días tristes

con los días felices.

 

Ellos aprendieron a ladrar y a maullar nombrándome

pero vivieron muy poco para seguirme desde lejos

hasta verme desaparecer en los caminos

y cada vez que me alejo de un lugar

yo los siento venir a mi garganta como un sordo

y dulce gemido.

 

Cuando los niños o los animales me olvidan

yo también me olvido por qué la lluvia y la nieve

me hacían tan feliz

yo también me olvido por qué he vivido hasta ahora.

 

 

 

 

EL POEMA EN EL POEMA

 

Si amé la poesía fue porque creí en ustedes

porque quise hacer de lo disperso una sola unidad.

Cuántas veces fui de la puerta al pozo con los ojos cerrados

y jamás me equivoqué porque tenía sed.

Y yo creí en los hombres cuando el animal abrevan

cuando duermen sentados la última parte de su vida.

Creí en la mujer con su eterno niño en brazos

cuya leche perdona a la madre, al padre y a su hijo.

Creí en el cavador de pozos cuya vida transcurrió sin dejar huellas

andando por debajo de la tierra, buscando el cauce originario de un río

y cuya mirada orienta aún a los caballos

porque conoce la máscara de polvo y de sudor de la sed.

Creí en el eterno captador de venas ocultas

en el nudo apretado de tinieblas que es el árbol.

 

 

*

 

Los verdaderos poemas son los póstumos

que se escriben a oscuras con la luz del relámpago.

 

Busquemos la llave que el mismo poeta escondió

en lo más visible del árbol

su desnudez de invierno

o en lo más oculto de la raíz

su sombra cuando florece.

 

Es bella una página como una mano abierta bajo la lámpara

con que se alumbran las tinieblas del origen

la tierra que un niño al nacer

hace nacer

que un hombre al morir

hace morir

 

Oigamos su acento más puro

el de su propio silencio

parecido al silencio del animal mirando el mundo

y sabremos por qué se vive y se muere.

El poeta no alcanzó a decirlo y ése es su mérito mayor.

Abolir el tiempo es escribir un poema verdadero.

 

 

*

 

Si un niño entra sin ruido en mi cuarto es porque me vio

cortar una rama florida

como si fuera un ladrón en mi propio jardín.

Y es porque he pensado en él al encender la lámpara.

Siempre pienso en alguien al sentarme a la mesa vacía

y más ahora que han florecido los árboles.

 

Si un niño entra sin ruido es porque es igual a todos los poetas

quienes recuerdan un solo momento

y hacen de todos los lugares uno solo.

 

Cuánto se alegra de ver la rama florida en mi mesa

porque toda flor se convierte en su mente en una fruta madura.

Y el niño la olorosa como huele también mi mano.

Así lo he visto hacer con el pan, con el paño que lo cubre, con las cartas.

Y cuánto se alegra de ver todo el jardín en esta sola flor abierta.

Efraín Barquero (Piedra Blanca, Chile, 1931). Seudónimo de Sergio Barahona Jofré. Formó parte de la llamada “Generación del 50” junto a poetas tan n ... LEER MÁS DEL AUTOR