Dolores Etchecopar

La transmisión del agua de los cuentos y otros poemas

Por Enrique Solinas

 

La poesía de Dolores Etchecopar es de las más originales en el panorama de la poesía argentina. Sólo parecida a sí misma, funda nuevas realidades en cada poema a partir de imágenes que constituyen el centro esencial de su poética. Y éstas, una vez expresadas, adquieren distintos niveles simbólicos y metafóricos que potencian los enunciados y extienden su desarrollo en el receptor, como si se tratase de elementos vivos que continúan el trayecto poético que propone en su decir.

Profundamente femenina, de verso encantatorio, rechaza toda interpretación racional sobre la experiencia enunciada porque apela al instinto, a la emoción, a la intuición de un conocimiento adquirido a través de las vivencias del espíritu. Precisamente esta poesía expresa el discurso de una interioridad que pone de manifiesto el alma humana, la cual existe en estado primitivo, infantil, salvaje, y al mismo tiempo, en estado de vigilia.

En cuanto a lo formal, los poemas poseen una dimensión plástica, ya sea por la disposición de los versos en cada poema, por las imágenes creadas y también por la manera en que las palabras –cuidadosamente elegidas– inauguran nuevas visiones, gracias a la asociación de significados disímiles que, unidos, exponen un aspecto inédito de la realidad.

A veces los poemas poseen un aire de leyenda, otras veces describen imágenes insólitas, arrebatadas al mundo de los sueños, que narran un instante de eternidad en la dimensión de los sentidos.

El gran tema que domina la obra de Dolores Etchecopar es la muerte. Desde su aceptación hasta su incomprensión, atravesando el dolor y la tristeza que causa hasta la transformación y desintegración de todo lo que toca. Aquí es donde la poesía es descubierta en su condición de vulnerable y pone de manifiesto el cuerpo y el lenguaje, dos temas que se muestran constantes en su obra. La poesía es consciente del cuerpo y el cuerpo es consciente del poema. En esta relación que se retroalimenta, lo femenino se visibiliza en todo su esplendor, pero el lenguaje –por torpe, por insuficiente– no puede nombrar con exactitud la realidad que habita y los elementos que la contienen. Por esta razón, la imagen es la que expresa lo que en verdad existe y se quiere decir.

Poesía bella, poesía oscura, poesía hechizante y necesaria. Poesía que nos transporta al principio de los tiempos, cuando las palabras expresaban su candor incesante y reparador, en la inocencia de los días por venir, en el sentido del sinsentido.

 

 

 

Poemas de Dolores Etchecoper

 

 

 

La transmisión del agua de los cuentos

había una vez
hubo un día
había una vez
hubo una mano vacía
había una vez
hubo la transmisión del agua de los cuentos
bosque pequeño bajo la nieve
en las cataratas del silencio
(era de madrugada)
y la mano abría una ventana hacia la nieve
(el silencio estaba en esa mano)
había una vez
hubo alegría iba a empezar
la búsqueda de los tesoros
había una vez
yo buscaba el comienzo
y me dieron los sonidos de un antiguo llanto
(tuve que calmar esos sonidos)
había una vez
pero todas las palabras se acostaron para morir
y hubo nubes y dos percherones atados a un carro
había una vez
hubo viento helado
que arrojaban de una altísima montaña
y niños que preguntaban:
¿cómo es del otro lado del viento?
pero bellas mujeres se llevaban a los niños
al gran parque oscuro
había una vez
hubo un día
hubo un bosque pequeño
bajo la nieve
bajo el silencio
bajo la mano vacía
bajo los hilos
de la muerte o del sol

(del libro Notas salvajes, 1989)

 

 

El idiota

Frente a la cabaña del idiota
pasan las vías del tren
a él le gusta que los animales
sólo tengan ojos para llegar
y le aterran las bocas
porque las bocas se comen a los ojos
cuando hablan
el idiota enciende la radio
y la deja sonar a todo volumen
mientras pasa el tren
él sólo sabe de la muerte
que un día ella podría esconderle esos sonidos
tan hondamente en el rugido de los trenes
en las bocas que se comen a los ojos
cuando hablan

(del libro Notas salvajes, 1989)

 

 

 

madre caracol de tierra
vieja madre
sotobosque tu alma
perra ciega que trae
el hueso roído de la casa
y lo suelta ante mí
quedamos a la espera de algo
yo era esa muchacha que abría las ventanas
y hubo de guardar luz en su memoria
y no supo
cernida por el grito
al que fue entrando
como un secreto esa muchacha
a lo profundo de su flor susurrada
dádiva
de una eclosión
más lenta que su vida

(del libro El deslumbramiento, 2019)

 

 

 

adiós decías
antes de empezar
con distintos sonidos
adiós dijiste
y las otras palabras se desvanecían
adiós adiós decías
y entraba en mí tu adiós
como un veneno y una luz
dame otra palabra para vivir te pedí
yo te hablaba rompiendo con los dientes asustados
las sílabas de tu adiós
quería hacer un idioma
con trizas de tu adiós
eso quise y no supe
dentro del adiós
moliendo sus sonidos
no supe vivir con ese nudo en la garganta
que los días desataban y volvían a atar
no fuera que todo el llanto de golpe
me impidiera soñar unas alas
que en el viento de tu adiós
me sostuvieran

(del libro El deslumbramiento, 2019)

 

 

 

mejor que la muerte no aparezca al final del poema
como un pesado telón que cae y obliga
a irse corriendo del teatro
mejor que al final haya algo que nos invite a quedarnos
que no se enciendan todas las luces de golpe
que resurja del fondo oscuro una luciérnaga
o el hocico de un zorro
que se escuche un rumor de follaje y pastizales
pequeñas cosas que están sucediendo constantemente
y embellecen el mundo
mejor que la muerte asome sus dientes de entrada
o en el medio pero no al final
no con esa importancia
que no sea como imaginamos que sucede
que algo se nos escabulla entre los viejos castaños
veamos cómo ellos
rompen la fila para morir
temblando
y lanzando flechas de pájaros

(del libro El deslumbramiento, 2019)

 

 

 

ella quiso levar anclas de un entero corazón
y entonar un canto como un niño
desclavado de su cruz
pero antes las abejas
hallaron muerta a su Reina
las abejas nacidas a destiempo
depusieron su gracia su credo
se dejaron caer en la mácula
de un corazón inacabado
el corazón de quien quería levar sus anclas
de quien iba a cantar el canto fatal de la alegría
ahora ese corazón ahora su blasfemia
tierra adentro el barro impío rompiendo los abrazos
un verbo desconfiado avanza y retrocede
da muerte al canto y confunde a las abejas
madre nuestra madre arcabucera
abeja en peligro tu mortífera electricidad curvada por el amor
será la paga el nuevo sol

(del libro El deslumbramiento, 2019)

 

 

 

crece con mi peligro un animal
desde arriba y desde abajo
crece su rumia
el aliento en mí
de un ángel que no vino
pero desaparece
y desaparece
en la maravilla

(del libro El deslumbramiento, 2019)

Dolores Etchecopar Nació en 1956, en Buenos Aires, Argentina. Publicó los siguientes libros de poesía: Su voz en la mía (1982), La tañedora LEER MÁS DEL AUTOR