Dimitris Angelís

Del libro Casi bíblicos (2017)

 (Traducción al español de Mariano Villegas Hernández)

 

2.

Bajo la palabra sol tendí la ropa dentro de la habitación para que se secara. El agua goteaba sobre las palabras periódicos y cemento formando un pantano. Me imaginé la palabra carpines dorados nadando frente a mi mesa de madera. Serví café en la taza. Bajo la palabra luz en cambio no pude leer.

Por fuera de la ventana pasaba una caravana de elefantes de guerra. Un anciano enjuto empuñando un crucifijo invocaba la tentación para que corriera junto a él. Si decías playa en lugar de desierto, mariposas amarillas surgían de los cajones entreabiertos de sus manos.

Pensé en mi vida intelectual con una intensidad tal, que la imagen frente a mí lloró.

 

4.

Cada mujer embarazada es una clepsidra y el señor Noé con su arca. Grita bajo nuestras ventanas de cobre, golpea nuestras puertas de cobre pero nadie quiere viajar con él excepto la Virgen del pez –no obstante ella no cuenta porque es un cuadro de Rafael.

Cada edad infantil es un inevitable sacrificio de un Isaac o de un carnero, dependiendo del objeto del psicoanálisis antes de que lo interrumpa la llamada del matarife del barrio.

Cada rincón de nuestro jardín adolescente es el verde de una hiedra trepadora que puede esconder el baño desnudo de una Betsabé. Una mariposa nocturna nos toca por un instante la rodilla y nos estremecemos.

Cada piélago que atravesamos es el Mar Rojo y detrás de nosotros se ahogan una mañana tropas de egipcios. Miles los momentos desaparecidos, escriben los periodistas desolados y depositan flores en la tumba de Madame Tussaud.

Cada crucifixión nuestra es el ahorcamiento de un Judas que se vació y una madre que llora. Una madre que llora es un mundo que se acaba. Ya no tienes llave para la estatua y la solitaria voz de la chicharra sabes que se callará. El muelle se llena de maletas verdes. El señor Noé abre su paraguas y se marcha por el interminable chaparrón de Henryk Górecki.

Y Henryk Górecki no es sino la voz oficial de Dios que planta doradas semillas de granada en el agua, antes de devolver el mundo nuevamente a la inocencia.

 

7a.

Eres aquel cuerpo roto en la penumbra que huele a fuego porque nunca ha sido domesticado. Eres el aire que sopló entre mis palabras derrotadas y las convirtió en las espigas que recogimos para tener mañana pan en nuestra mesa. Eres la llamada al siguiente beso que apela al recuerdo del anterior con los ojos de aquel perro que preservó un domingo en su mirada tu caricia. Eres una tentación de precipicio y jardín inagotable, todo manzanos y extremos inalcanzables de poema. Eres la electricidad de un agosto español mientras anochece junto al río y echas la chaqueta roja sobre tus hombros. Eres una ciudad con llovizna en sus sílabas: mi Cantar de los cantares.

 

7b.

Porque hay una habitación vacía en donde tus manos blancas alumbran mis noches. Porque existe una cama con una tienda de campaña india en el centro para que nos escondamos de todos sin ropa ni memoria; porque en el extremo de la cama está atado un perro y una jirafa.

Porque existe una mesilla para que apoyes tu impecable nombre y yo mis manos sobrantes. Porque dentro del cajón de la mesilla hay un cuaderno para que escribamos juntos un poema que al final queda demostrado que se ha anticipado a escribirlo otro.

Bueno, soy yo este eterno otro y eres tú mi Cantar de los cantares. Y cada tarde nievan con tal fuerza llamas dentro de la habitación, que se despegan nuestras fotografías de las paredes y se abrazan.

Dimitris Angelís (Atenas, Grecia, 1973). Poeta y ensayista, Doctor en Filosofía y Director de la revista literaria Nea Efthini (2010-2013: núm. 1-16) y act ... LEER MÁS DEL AUTOR