Darío Jaramillo Agudelo

La palpitante luz de la poesía

 

por Enrique Solinas

 

La poesía de Darío Jaramillo Agudelo surge en un tiempo en que las palabras habían dejado de expresar certezas sobre el mundo contemporáneo. Quizá las políticas partidarias latinoamericanas de los ’70 fueron las que provocaron el surgimiento de los que muchos llaman “la Generación Desencantada”, otros “la Generacación Golpe de Dados”, también “La Generación sin Nombre”. Juan Manuel Roca, quien forma parte de esta generación, ha propuesto llamarla “la Generación del Insilio”, porque si bien los poetas de los ’70, en Colombia, no estaban exiliados, sí realizaron un exilio interior para poder vivir y afrontar la realidad.

Este concepto de “Insilio” es sumamente interesante porque nos da una característica de esta promoción poética: la intimidad como vasto terreno para explorar, expresar y compartir. De allí a que la poética de Jaramillo Agudelo indague las posiblidades del decir, trabaje el significado de las palabras, su sentido, como así también tome la palabra como materia, logrando un efecto abarcador al preocuparse tanto por el sentido y la forma.

Nada está librado al azar, de allí el resultado preciso de sus versos, donde no hay tiempo ni espacio, logrando esa universalidad que encontramos en los poetas de todos los tiempos. También esta intimidad nos revela una dimensión erótica del lenguaje, en donde la naturaleza se revela en todo su esplendor, gracias a la imagen y a la metáfora, expresadas en versos libres de largo aliento.

Como si esto fuera poco, el humor está presente aquí, a veces, es irónica, otras veces, de un humor inteligente y fresco, porque tal vez intenta mostrar que la poiesis es como los hombres: llena de  sensatez y sentimiento. Al decir de uno de sus versos, aquí habita la palpitante luz de la poesía.

He aquí una selección de diez poemas de este gran poeta que es Darío Jaramillo Agudelo, especialmente preparados por el autor para la Revista Altazor.

 


 

Cantar por cantar        

 

Poseso por una resonancia

el eco armonioso de un lugar sin ruidos,

bañado por la luz amarilla de la luna llena:

una roca de grafito refleja sus destellos

y ella se mira en este espejo sin nubes por testigo.

Poseso por una resonancia,

alguien dentro de mí aparece y me transforma,

una risa de otro que recoge la luz preferida por la luna.

Puedo oír el eco del silencio absoluto,

es el sonido de la sombra de la hierba

iluminada por el metal de esta luna precisa.

Poseso por una resonancia,

el tiempo transcurre en varios ritmos,

pero no hay pasado en este cuento,

alguien que no soy yo, dentro de mí aparece

y me dicta cosas que ignoro.

Y obedezco.

 

 

 

Poemas de amor, 1

 

Ese otro que también me habita,

acaso propietario, invasor quizás o exiliado en este cuerpo ajeno o de ambos,

ese otro a quien temo e ignoro, felino o ángel,

ese otro que está solo siempre que estoy solo, ave o demonio

esa sombra de piedra que ha crecido en mi adentro y en mi afuera,

eco o palabra, esa voz que responde cuando me preguntan algo,

el dueño de mi embrollo, el pesimista y el melancólico y el inmotivadamente alegre,

ese otro,

también te ama.

 

 

 

Poemas de amor, 4

 

Algún día te escribiré un poema que no mencione el aire ni la noche;

un poema que omita los nombres de las flores, que no tenga jazmines o magnolias.

Algún día te escribiré un poema sin pájaros ni fuentes, un poema que eluda el mar

y que no mire a las estrellas.

Algún día te escribiré un poema que se limite a pasar los dedos por tu piel

y que convierta en palabras tu mirada.

Sin comparaciones, sin metáforas, algún día escribiré un poema que huela a ti,

un poema con el ritmo de tus pulsaciones, con la intensidad estrujada de tu abrazo.

Algún día te escribiré un poema, el canto de mi dicha.

 

 

 

Poemas de amor, 13

 

Primero está la soledad.

En las entrañas y en el centro del alma:

ésta es la esencia, el dato básico, la única certeza;

que solamente tu respiración te acompaña,

que siempre bailarás con tu sombra,

que esa tiniebla eres tú.

Tu corazón, ese fruto perplejo, no tiene que agriarse con tu sino solitario;

déjalo esperar sin esperanza

que el amor es un regalo que algún día llega por sí solo.

Pero primero está la soledad,

y tú estás solo,

tú estás solo con tu pecado original -contigo mismo-.

Acaso una noche, a las nueve,

aparece el amor y todo estalla y algo se ilumina dentro ti,

y te vuelves otro, menos amargo, más dichoso;

pero no olvides, especialmente entonces,

cuando llegue el amor y te calcine,

que primero y siempre está tu soledad

y luego nada

y después, si ha de llegar, está el amor.

 

 

 

De la nostalgia, 1

 

Recuerdo solamente que he olvidado el acento de las más amadas voces,

y que perdí para siempre el olor de las frutas de la infancia,

el sabor exacto del durazno,

el aleteo del aire frío entre los pinos,

el entusiasmo al descubrir una nuez que ha caído del nogal.

Sortilegios de otro día, que ahora son apenas letanía incolora,

vana convocatoria que no me trae el asombro de ver un colibrí entre mi cuarto,

como muchas madrugadas de mi infancia.

¿Cómo recuperar ciertas caricias y los más esenciales abrazos?

¿Cómo revivir la más cierta penumbra, iluminada apenas con la luz de los Beatles,

y cómo hacer que llueva la misma lluvia que veía caer a los trece años?

¿Cómo tornar al éxtasis de sol, a la luz ebria de mis siete años,

al sabor maduro de la mora,

a todo aquel territorio desconocido por la muerte,

a esa palpitante luz de la pureza,

a todo esto que soy yo y que ya no es mío?

 

 

 

Cuando decimos piedra no decimos nada, 10

 

Virtudes de la piedra.

Paciente, la piedra deja que la penetre el musgo y se deleita sintiendo cómo el sol quema el musgo

y la calienta.

Tímida, el contacto con el agua le cambia el color.

Religiosa, la inmovilidad es evidencia de que la piedra es budista.

Justa, cumple con celo la ley de gravitación universal.

Eterna, la piedra es anterior a las pirámides, que son de piedra.

Profundas, el piso del océano es de piedra.

Bella, la piedra es bella como la piedra.

Discreta, la piedra nunca contará nada.

Díscola, lanzada por David, siempre buscará la cabeza de Goliath.

Original, ninguna piedra se parece a otra piedra.

Santas, en el infierno no hay piedras. Por eso el infierno está empredrado de buenas intenciones.

Condenada, la piedra que peque se ata a un hombre escandaloso y se arroja al fondo del mar.

 

 

 

Gatos

 

Estados de la materia.

Los estados de la materia son cuatro:

líquido, sólido, gaseoso y gato.

El gato es un estado especial de la materia,

si bien caben las dudas:

¿es materia esta voluptuosa contorsión?

¿no viene del cielo esta manera de dormir?

Y este silencio, ¿acaso no procede de un lugar sin tiempo?

Cuando el espíritu juega a ser materia

entonces se convierte en gato.

 

 

 

Razones del ausente

 

Si alguien les pregunta por él,

díganle que quizá no vuelva nunca o que si regresa

acaso ya nadie reconozca su rostro;

díganle también que no dejó razones para nadie,

que tenía un mensaje secreto, algo importante qué decirles

pero que lo ha olvidado.

Díganle que ahora está cayendo, de otro modo y en otra parte del mundo,

díganle que todavía no es feliz,

si esto hace feliz a alguno de ellos; díganle también que se fue con el corazón vacío y seco

y díganle que eso no importa ni siquiera para la lástima o el perdón

y que ni él mismo sufre por eso,

que ya no cree en nada ni en nadie y mucho menos en él mismo,

que tantas cosas que vio apagaron su mirada y ahora, ciego, necesita del tacto,

díganle que alguna vez tuvo un leve rescoldo de fe en Dios, en un día de sol,

díganle que hubo palabras que le hicieron creer en el amor

y luego supo que el amor dura

lo que dura una palabra.

Díganle que como un globo de aire perforado a tiros,

su alma fue cayendo hasta el infierno que lo vive y que ni siquiera está desesperado

y díganle que a veces piensa que esa calma inexorable es su castigo;

díganle que ignora cuál es su pecado

y que la culpa que lo arrastra por el mundo la considera apenas otro dato del problema

y díganle que en ciertas noches de insomnio y aun en otras en que cree haberlo soñado,

teme que acaso la culpa sea la única parte de sí mismo que le queda

y díganle que en ciertas mañanas llenas de luz

y en medio de tardes de piadosa lujuria y también borracho de vino en noches de lluvia

siente cierta alegría pueril por su inocencia

y díganle que en esas ocasiones dichosas habla a solas.

Díganle que si alguna vez regresa, volverá con dos cerezas en sus ojos

y una planta de moras sembrada en su estómago y una serpiente enroscada en su cuello.

y tampoco esperará nada de nadie y se ganará la vida honradamente,

de adivino, leyendo las cartas y celebrando extrañas ceremonias en las que no creerá

y díganle que se llevó consigo algunas supersticiones, tres fetiches,

ciertas complicidades mal entendidas

y el recuerdo de dos o tres rostros que siempre vuelven a él en la oscuridad

y nada.

 

 

 

Una elegía

 

Todavía perduran esas tardes de sol: nada qué esperar del mañana,

todo nos lo daba el día que vivíamos,

un pan desordenado del que confía en todo, sueño profundo, sueño quieto,

la mínima certeza de la carne con algo de ternura contra la mala sangre,

una displicente seguridad de que perduraríamos jóvenes, incólumes, sin mancha ninguna

en las entrañas.

Todavía existen esas tardes sin desprecio y sin afecto por nada que no fuera nuestro goce:

el mundo entero cabía en el lecho donde nos amamos.

Vislumbro un jardín entre brumas: sentíamos el olor de los jazmines  difuminados,

aquella niebla tenía los aromas leves de nuestros cuerpos,

ese perfume que llegó a ser otro perfume,

el olor inextinguible:

todavía cada bocanada de aire me mantiene vivo solamente por la esperanza de aspirar ese olor.

Corazón depredador, cloaca, ruina de un cielo que fue todo lo que yo haya sido:

ahora mi palabra sucia ronda aquellas ruinas de mí mismo:

te amé y eso basta,

abrazado a ti fui feliz,

ahora lo sé,

ahora cuando le perteneces a la muerte.

 

 

 

Conveersaciones con Dios, 14

 

Venía yo en un avión desde el sur.

De la pampa a los Andes a la selva a mi meseta.

No miraba por la ventana: oía música, dormía y oía música dormido.

No pensaba en nada. Es la mejor manera de ir en un avión.

No pensaba en nada. Es la mejor manera de ir.

No miraba por la ventana: temo a la selva. Temo a ese verde monótono y oscuro,

un solo tono de un solo verde que interrumpen pantanos o que los ríos cortan.

No pensaba ni miraba y de súbito Él me habló y me impulsó a mirar la espesa y repelente selva.

Me dijo:

-Cuando soy agua, soy el río Amazonas.

Sólo eso me dijo y lo entendí contemplando el Amazonas a treinta mil pies de altura

a velocidad de crucero.

Lo entendí: para que exista este río tiene Dios que convertirse en agua.

Darío Jaramillo Agudelo (Antioquía, Colombia, 1947). Poeta, novelista y ensayista, Es el gran renovador de la poesía amorosa colombiana y uno de los mejores poeta ... LEER MÁS DEL AUTOR