Daniel Rafalovich

No  se compra este dilema

 

 

 

Tras la reja labrada

al atardecer mira a la calle

con mirada vacía;

esa dulzura insomne

ese perfume rancio

que brota de las cosas.

Se percibe un polvillo

una escarcha quebradiza

que cubre la mesa de luz

y se filtra en sus cajones

donde viejas fotos familiares

huyen de la fatal penumbra.

El empapelado florido

de las paredes  húmedas

descubre fisuras tenues.

Por la puerta entreabierta

se dispersa un aroma

de malvones

y algunas voces

reverberando:

holograma sonoro

de un tiempo en el que aún

existían los espejos.

 

 

 

Bajo el laurel del patio

en la tarde calurosa

mirando los últimos gorriones

que se posan en los cables,

las abejas que inspeccionan el malvón

y el árbol de pomelo.

Mi perro, jadeante, echado a mis pies

agradecido por la leve brisa que permite respirar

cuando baja el sol.

Con la pequeña selva enmarañada a mis espaldas.

Olvidado del mundo y de la gente, estoy.

Tratando de aprender o recordar viejas lecciones.

Limpiando de polvo y telarañas oxidados circuitos.

Un gato se acicala

sobre una vieja estructura de metal herrumbrado.

Un rincón de silencio sólo para mí.

No puedo detenerme en lo poco o mucho que he perdido

ni conjeturar sobre futuros

ni rutinas ni bonanzas ni miserias.

Prefiero quedarme aquí mirando el extraño color

que toman las cosas

con la última luz de la tarde.

Recordarme

y no ser olvidado.

 

 

 

Busco (siempre) la tibieza

la esperanza.

No de fortunas

No de glorias marchitas

La tibieza del pan recién horneado

La esperanza de la golondrina

terminando agosto

 

 

 

No  se compra este dilema

este desvelo

No hay fórmulas alquímicas

contra el destierro

¿Quién puede imaginar

mayor tristeza

que la de aquél que jamás duda,

que sostiene sus días

con certezas?

 

 

 

ALREDEDOR DE LOS SUEÑOS

 

Persiste entre ellos y la luz

una barrera nebulosa

una disyuntiva urgente

entre cansancio

y recuerdos.

Devora la memoria su vorágine

Cae ensimismada frente al brillo

el trueno asordinado de cada amanecer.

Cruzarán alguna vez esa barrera

Rendirán su profético puñal

a la furia del deseo.

Abolirán sus señales atávicas

ante la sólida certeza

despiadada

cruel

perfecta y conocida

 

 

 

Es la hora en que los pájaros

buscan otro cielo, en las antípodas.

No hay música en al aire

domina la atmósfera un silencio tenue.

La carga eléctrica de las nubes

encuentra polos de atracción

aquí en la tierra.

Y vos mirás sin ver

sin ver

como de costumbre

hacia ese punto fijo

de la ventana abierta

 

 

 

SALEM

 

Sonreía y su sonrisa

buscaba algún reparo.

(Quizás sepas

que sus manos de marfil

prohijaban una pócima blancuzca)

El espejo la arrullaba

en sueños sin hogueras

(Recuerdas: la espiral de los sueños

la caída infinita)

A veces canturreaba

en la hora de ensalmos

cuando las sombras

profanaban los rincones.

El imaginario de la aldea

colegía rituales o

con espantada mueca

paladeaba sus cópulas satánicas.

Ella, siempre, sonreía

y en su boca

la savia de mandrágora

estallaba en artificios seminales

que no cesan.

 

 

 

Un camino cruza el campo.

No hay estrellas

Chistidos de insomnes lechuzas.

Luces, lejos, tras la laguna.

Alrededor toco,

bajo la tela de la ligera camisa

como un ciego adivinando formas

por texturas

Siento en el cuello un roce húmedo.

Una estrella fugaz cae, fugaz.

Pienso ¿cuándo amanecerá?

Tus manos interfieren una ligera analogía

que, abismado, estaba construyendo.

Ranas, grillos, un lejanísimo motor.

Mucho más cerca, suspiros.

¿de quién? ¿de quién?

No amanece. Esta noche no termina.

Otros brillos

en el viaje

me alimentan.

 

 

 

DICTADURAS   I

 

En mi cuarto describía bucólicos estados

Y, adolescente, soledades no deseadas.

Las noches transcurrían

como una curva eterna,

un salto al vacío

el peligro o el Edén.

Besos profundos han pasado

y lunas,

dictaduras.

Y hoy comprendo que lo único

que jamás se detiene

es la danza enloquecida de los átomos,

la azarosa química del cuerpo.

 

 

 

DICTADURAS  II

 

Cuidado

no te muevas

están llegando.

Con su ropaje de tinieblas

su silencio pre-tormenta.

Pura pólvora.

Sólo sangre.

No abras las ventanas

las sombras se agitan

los árboles delatan.

No te muevas.

No tiembles.

Miedo –muerte.

Vasta  vida.

Daniel Rafalovich Nace el 17 de octubre de 1958 en la ciudad de Santa Fe, Argentina. En los años '70 aparecieron sus poemas en diversas publicaciones de las ... LEER MÁS DEL AUTOR