Byron Ramírez

Perro Semihundido y otros poemas

(Inéditos)

 

 

 

Perro Semihundido

 

Con San José en la cabeza

avanza Hipnos por la calle

apenas presentido por la niebla.

Sin luna, sin salida, cubiertas de barro las orejas,

su ladrido es esa bala que se pierde en el asfalto,

un artificio que la sombra retiene, egoísta.

 

Y cantan las ratas en latín

dando saltos alrededor de sus patas,

cíclicas neuronas de otra noche: pesadilla, cansancio y la pregunta:

¿Sigue siendo el frío el bisturí

con el que el cielo extrae de nosotros la demencia?

 

La respuesta es el ardor de ese pequeño lobo

que desciende del barrio hasta nosotros, derretido,

aullando para adentro:

HE VISTO a sus bocas clamar bajo la tierra.

HE VISTO a la tierra parir sobre sus bocas.

 

 

 

 

Mayo 26

 

Uno

podría ser

(sin mayores preocupaciones)

ese abejón

que insiste en golpearse

una y otra vez

en la misma lámpara,

de la misma calle,

con la misma fuerza.

 

 

 

 

Jigoro Kano explica el arte

No se debe sacar el pez de la profundidad del agua.
Lao Tsé

A Juan G. Segura

Lo primero es el desplazamiento,

no desprenderse demasiado de la superficie

en la que se camina,

sino más bien fluir por el espacio

como la Gran Serpiente,

dando forma a las montañas.

 

Lo siguiente es la postura.

El pecho debe estar erguido,

las manos firmes, sujetadas a uke,

intentando adivinar cada uno de sus gestos.

 

Las manos son nuestros ojos.

Los pies son otras manos.

-No olvidarse de esto-

Las manos son nuestros ojos,

nuestros oídos, nuestra brújula.

Algo más es cierto:

Para poder cruzar un río

primero se debe experimentar el agua.

Asimismo, antes de avanzar, es primordial profundizar en la caída;

saber romper la tensión del suelo con las palmas,

conocer el escalofrío de ese golpe

que atrapa el sonido con su inercia

 

y el vértigo de reconocerse en lo que cae,

para luego adueñarse del equilibrio,

como el arce se adueña de la tierra

extendiéndose en raíces.

 

Más adelante llegan los dones

y todo lo demás:

el ceder para vencer,

la memoria del instinto,

la sabiduría de esa rama que,

inclinándose ante el viento,

se sabe segura, protegida,

aun durante la tormenta.

 

 

 

 

Epitafios

La noche es larga pero ya ha pasado.
VICENTE ALEIXANDRE

I

Hay un sinfín de cosas rotas

que uno no puede nombrar

sin desmoronarse.

 

Hay un sinfín de cosas rotas

de las que uno no puede escapar

sin ligaduras.

 

II

Aunque hubiera existido una mirada capaz de apaciguar aquella desolación,

de igual manera su voz estaría como ahora, mimetizada con el viento.

 

III

Tal vez pudo ser, pero no.

Aquí descansa la última noche.

Aquí descansa una estrofa sin música del gran poema.

 

IV

Alguien llora: Aquí yace una espina del universo.

 

 

 

 

Como pronunciar la palabra patria

A veces es regreso la partida
Evaristo Ribera C

Regreso, ciudad penitente,

a donde te olvidaron,

a donde te apodaron miseria

con las últimas palabras de un idioma adolorido.

 

Regreso al primer retrato, al desierto de este día

donde el último poeta dejó clavada su condena

(La sal es sal, aunque arda todo el verano en sus raíces).

 

Regreso. (Polvo escribo. Polvo callo)

-Ya lo he dicho-

para sentir el culmen de esta lejanía,

para respirar el agua, el rostro omnipresente y dilatado del poema,

ese pájaro que danza, innombrable, en la ceniza.

 

Digo y no creo. Soy solo un hombre que regresa decidido;

una pulga en el asfalto.

Agitado regreso a los trazos de la infancia,

como un fantasma embriagado de vida.

 

Regreso, persigo. Disculpándome por la calma de mi último minuto.

Regreso, persigo

ese regazo caluroso

que deshace los sabores sin tocarlos:

 

Madre,

tus manos inquietas, líquidas,

y esta sensación que me consume,

saturada de ausencia entre tus cosas.

 

 

 

 

Los hijos de sus hijos

Roissy-en-France, mayo.

 

La sombra no sabe predecir su propia altura,

los niños acaban por desaparecer entre sus prendas,

los espejos se rompen en catarsis,

los ojos de los gatos encallan vientre abajo

y ella ni siquiera se da cuenta.

Atacama y desmemoria. Prisión y caos:

La sombra no sabe predecir su propia altura.

El temor no la abandona. No la salva la palabra crucifijo.

La muerte acecha, decidida, y

sin embargo, no la alcanza.

 

¿De dónde regresa ese sonido de pasos estancados;

movimientos perpetuos?

De carbón se ahoga el poema entre sus brazos.

Los hijos de esta sombra llevarán consigo

la violencia de la duda.

Y los hijos de sus hijos,

como caballos arrojados al océano,

terminarán por renunciar al trote de las horas,

darán razón a otro vacío,

serán fantasmas extasiados de memoria.

Byron Ramírez Nació en San José, Costa Rica, en 1997. Cursa la licenciatura de Filología española en la Universidad de Costa Rica, donde también real ... LEER MÁS DEL AUTOR