Armando Romero

Tentativa de canto en el camino

 

 

 

Meeting at night

“¿Oyen los muertos lo que los vivos
dicen luego de ellos?”
Luis Cernuda

No es fácil  encontrar en el cementerio
de la Isola di San Michele
a estos dos habitantes de la noche y el día.
A pesar de que casi se tocan con los pies o las manos,
sus tumbas guardan precavido silencio.
Poco tienen para decirse
estos combatientes derrotados
en la guerra fría.
Victorioso en el desborde de sus palabras,
el uno.
Victorioso en el verbo contenido,
el otro.
Felices de verse a cuerpo entero en el poema,
aunque derrotados al fin.
En la Isola di San Michele
una de las tumbas se regocija entre las flores,
manos dulces y amigas
vienen a menudo a acariciarla.
En la otra sólo se nota una mano solitaria
que a intervalos limpia el polvo
y controla la enredadera.
Nunca se conocieron,
ni hubieran querido hacerlo, de seguro,
estos dos habitantes de rostro maldito por la poesía.
El más viejo,
Ezra Pound
en la ironía de su nombre,
rugía de ira frente a los gusanos
de la usura en su patria, que era el mundo.
El más joven,
Joseph Brodsky
en la ironía de su nombre,
aplastaba con los dedos de sus palabras,
la insana y maligna burocracia de su patria,
que era para él sólo una parte del mundo.
Ninguno odiaba lo que el otro odiaba,
o amaba lo que el otro amaba,
excepto esta tierra que ahora visten
como sepultura.
Esta tierra de marinos y comerciantes
y viajeros atropellados por la muerte
en lápidas envejecidas
por el sol y el descuido.
No es para contemplar fantasmas
que  uno se acerca  a estas tumbas,
ni para oír sus diálogos secretos
sobre la inmortalidad del alma,
es quizás para ver
que el sol se hace noche
en los versos rimados y los metros precisos
del más joven y moderno,
mientras que en el más viejo y antiguo
sus versos saltan libres
de las rejas de las páginas,
y en diversos idiomas
imponen la prosodia de su osada aventura.
Sin embargo, si un oído allá esta noche
nos permitiera oírlos leyendo sus poemas,
encontraríamos la misma cadencia,
el dejo que permite el arrastre de las sílabas.
Bien sabemos que ambos habitaron
su imagen con orgullo y soberbia,
que apostaron a perder el cielo
para ganar la tierra,
que respondieron con fuego y dolor
a las tres preguntas de Dios,
porque ante el estar, el ir y el venir
imponían el incendio de adentro.
Por gritar desaforado,
por no roer su ira en sus intestinos
como lo hacen los hipócritas,
el de barba blanca y ojos enloquecidos
va al encierro del hospital Saint Elizabeth,
for the criminally insane;
por vagabundo,
poeta sin oficio conocido,
lacra de la sociedad,
parásito,
el de ojos tristes y rostro desafiante,
va a las estepas del Gulag.
Hijos de la historia,
y por ella condenados y consagrados,
sólo les resta el exilio
de lo que a duras penas podrían llamar patria.
Debe haber sido la diosa Fortuna,
que se pasea por la Plaza de San Marcos,
quien vino a anclar juntos en este cementerio
a estos dos seres que atormentados
atormentaron con sus versos los imperios.
No se conocieron,
ni se amarán nunca,
escrito va en la eternidad.
Pero juntos son una verdad
que ya es muy difícil ver
en este mundo de mentiras
que jugamos como niños perdidos.
Ya no nos quedan lenguas y plumas
para aquél que hablaba todas las lenguas,
o para éste que volaba con todas las plumas.
Pienso que si hay una luz
que los hermana y los une,
está allí por los meandros de Venecia,
en la parte roñosa de una iglesia,
en un oloroso portón,
en la calzada de los incurables,
o tal vez en una gárgola, una columna,
el polvo.
Extraño es pensar
que ahora no viene a mí
la palabra
agua.

 

 

En Venecia

A Claudio Cinti

Colecciono ruidos
desde mi cuarto
en el apartamento
de Claudio Cinti.
Detrás de la ventana,
en la calle adyacente,
todo viene en concierto
como una sinfonía,
una obra de teatro,
sin fin ni principio,
argumento o actos.
Alguien canta, otro silba,
un diálogo pasa, se detiene.
Repiques de botellas,
golpes de metal
en puertas que se abren.
Palabras que no entiendo,
dialecto veneciano.
Una voz de mujer alarga
las vocales, cadenciosa.
Otra es cortante,
cantarina.
Grave el acento
de un hombre que ríe.
Las ruedas de las maletas
se detienen.
Pero siempre pasan.
Tal vez eso por fin
es la vida,
lo que va por detrás
de la ventana
cerrada.

 

 

Tentativa de canto en el camino

“¡Oh, qué cansado estoy
de mi cobarde, vieja, tan salvaje tierra!”
Salvador Espriu

A Eugenio Montejo, in memoriam.

Nadie cantó mejor que nadie
a eso que fue de tierra
hasta llamarse patria,
ni hizo del salvaje grito
aridez de piedra,
desolada tristeza.
Nadie amó mejor que nadie
su punto y raya sobre el espacio,
la cuenta de círculos
que hacia sí convergen.
Nadie comprendió mejor que nadie
que era ilusión el sol
de buena vida en otra parte,
pájaros de salud y euforia,
ojos de bestia feliz.
Nadie me acompañó mejor que nadie
a contemplar el árbol
que florece por los hielos,
a ir por el camino
que lento nos digiere,
a palpar lo que existe
a tres pasos de su nada.
Nadie me enseñó mejor que nadie
que hay un solo aquí
que se disuelve,
aljibe que torna invisible
nuestro rostro en lo profundo.
Nadie me explicó mejor que nadie
que si del sentir se habla
se llama patria,
terruño salvaje,
grieta árida, cobarde y vieja.
Nadie cantó mejor que nadie
la felicidad que rechaza
lo que en el camino se resuelve.
Nadie lo dijo mejor que nadie
pero fue en aquel entonces,
de horas limpias y transparentes,
ya no.

 

 

Armando Romero (Cali, Colombia, 1944). Poeta, narrador y crítico literario, perteneció al grupo inicial del nadaísmo, movimiento vanguardista literario ... LEER MÁS DEL AUTOR