Alejandra Pizarnik

La hija del cuentenik de Avellaneda

Grandes Voces de la Argentina

Por Luis Benítez

 

Uno de mis amigos de mayor edad tuvo con ella una relación sentimental: la describe como adorable, extraordinaria e insoportable. Había que turnarse para lograr que se durmiera en el departamento de la calle Montevideo, en Buenos Aires, siempre aterrorizada por la posibilidad de que su madre viniera a invadir su espacio. Había que estar atento al teléfono aguardando la repetida noticia: “Alejandra se suicidó de nuevo”, hasta que un día de 1972 la casi rutinaria advertencia se volvió realidad. La conocí en el bar de la Sociedad Argentina de Escritores, ese mismo año. Fue la única vez que la vi: medía un metro y medio y no dejaba de hacer citas literarias hasta el hartazgo. Cuando murió, empezó a ser canonizada lentamente y hoy es una leyenda explotada hasta el límite: todos la trataron, todos fueron sus amigos íntimos, todos tienen la clave de su poesía. Era una poeta auténtica y le tocó la suerte que se puede esperar cuando el talento es ”reconocido”: la incorporación al panteón, previa desfiguración ritual.

La hija del cuentenik de Avellaneda

Fernando es hoy un hombre que pasó de la madurez. Hace años podía tomar vodka toda la noche, en su departamento del barrio de Congreso, en el centro de Buenos Aires. Tiene todavía un don, Fernando: puede uno instalarse frente a él, sintonizarlo, y escuchar por vía directa la verdad respecto de cómo era la vida literaria cuando tenía 30 años y frecuentaba a Alejandra Pizarnik.

Explicaba Fernando hace más de dos décadas, a las dos de la mañana, que su relación con Alejandra era bastante difícil. Para empezar, la Pizarnik era alguien imprevisible y muy escurridizo.

Alejandra era la hija menor de un cuentenik de Avellaneda, una ciudad pegada a la de Buenos Aires hasta el punto de parecer su misma continuación.

Esta palabra cuentenik, en yiddish, designaba a uno que vendía mercancía de puerta en puerta, en varias cuotas. Hoy ese oficio ha desaparecido, gracias a que nadie le abre la puerta a nadie en Avellaneda ni en ninguna otra parte, pero en los ´30 y en Avellaneda, eso era algo habitual. El señor Pizarnik -cuyo apellido antes de ser mal anotado a su llegada a Buenos Aires era Pozharnik- había emigrado de la URSS buscando barrios mejores y en el exilio, lo mejor era encontrar un sitio donde la colectividad judía no fuera demasiado ultrajada.

Esa Avellaneda, donde la colectividad era lo suficientemente abundante y poderosa como para no ser molestada por las fuerzas en movimiento en el resto del mundo, era el sitio adecuado. El señor Pizarnik se estableció allí e incluso prosperó: vendiendo puerta a puerta ropa barata y manteles de ocasión, alcanzó a establecerse y hasta a comprar un departamento en la calle Lambaré, a una cuadra de la avenida Mitre, donde nació su primera hija, Miriam, que sigue casi tan pelirroja como entonces y vive en Buenos Aires. Curiosamente, apunto, la casa de Alejandra Pizarnik distaba pocas cuadras de la de la infancia de otro bienaventurado de la poesía argentina, Néstor Perlongher, hijo de un taxista de Avellaneda.

La esposa del señor Pizarnik, mientras él era tan querido y afable, demostraba un carácter hostil en general: para la época en que nació su segunda hija, Flora Alejandra (el miércoles 29 de abril de 1936), todo el barrio le temía -más o menos- hasta que la relación de esposo bien recibido/señora terrible explotó. La mujer comenzó a exacerbar su batalla contra el entorno y especialmente contra sus vecinos inmediatos, los del mismo edificio, a quienes acusó de robarles el agua a ella y a su familia, mientras unas irregularidades en el suministro del líquido municipal atormentaban a toda Avellaneda.

El reparo por lo que fueran a decir sus vecinos llevó al señor Pizarnik a poner tierra de por medio entre tanta discordia: se mudaron al cercano barrio de Barracas, a un departamento en la avenida Montes de Oca. Para ese entonces el antiguo cuentenik había prosperado bastante más, pues alquilaba algunos locales propios de la calle Vélez Sarsfield, en Avellaneda. Cuando sus inquilinos se llegaban a la casa de Montes de Oca a pagarle la renta, eran recibidos por el propietario con el dedo índice sobre los labios y una advertencia: “Shhh, hable por favor en voz baja, que Alejandrita está al lado con los profesores”. Aquel inmigrante modestamente enriquecido, así prevenía sobre molestar a su desgarbada, huraña y hasta extraña hija menor, que recibía en la habitación contigua a gente mayor que ella: poetas, narradores, ensayistas -Alejandra aún no había terminado la secundaria- que la iban formando en aquella no menos extraña afición que no terminaba de comprender: la de escribir versos.

A esas reuniones sigilosas acudía también su terapeuta desde hacía años, León Ostrov, dejándose ganar por el magnetismo de aquella adolescente que, desde entonces, quería ser poeta.

Sin embargo, en aquel entonces susurrado entre inquilinos y propietario, éste -porque nuestros padres, a su manera y leal entender, lo que quieren para nosotros es lo mejor aunque a su propia escala siempre- lo único que deseaba al despedir a sus inquilinos y confidentes era “que Alejandrita, Dios lo quiera, se case cuanto antes”.

Alejandrita se convierte en Pizarnik

Para la memoria de los vecinos de Avellaneda la imagen un poco desdibujada de Alejandra Pizarnik no es demasiado agradable: una chica decididamente fea, pero además antipática, tímida hasta el exceso, “rara”. Rara porque no se daba casi con nadie y cuando se fue a Europa nadie volvió a saber de ella. Más o menos por ahí, por esa época, Alejandrita comenzó a ser Alejandra Pizarnik.

De hecho, precisaba alejarse definitivamente de todo aquello que constituía su historia y su barrio. Para Alejandra, este paso  estuvo dado por su ingreso, en 1954, a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, a donde acudía abordando el ómnibus para atravesar el Rubicón entre el pasado y lo que hoy podemos llamar su posteridad.

Primeros libros y amistades literarias

Un año después de ingresar a la facultad la abandona y publica su primer libro: La Tierra Más Ajena, en Ediciones Botella al Mar, aquella que dirigía el poeta español Arturo Cuadrado. Se trata de un libro pequeño en páginas e intenso en versos, ilustrado con grabados de Luis Seoane. En su tapa rústica y rojiza, se leen los nombres de Pizarnik completos: Flora Alejandra, y sería la última vez que firmaría así sus libros.

Aunque sea de ella, es un primer libro, donde aquellos elementos que la llevarían a ser una de las voces más importantes de la poesía argentina del siglo pasado aún están en ciernes. Leerlo es como verla detrás de un espejo empañado. Inclusive, la autora luego le negará a La Tierra Más Ajena el más mínimo reconocimiento, aunque sí, ella ya está en sus páginas.

Abandonada la carrera de Letras, Alejandra se entregará al estudio de la pintura, acudiendo con sus óleos y sanguinas al taller del maestro Juan Battle Planas: no se destacó precisamente como artista plástica, es cierto, pero también es cierto que conservó toda su vida -como André Breton- el gusto por el dibujo y la pintura. Internada años después en una institución neurosiquiátrica, se hizo amiga de una artista plástica cabal: Aída Carballo, y conservó aquella amistad labrada en circunstancias trágicas hasta el mismo día de su muerte.

Por otra parte, el conocimiento de la pintura le reportó a Pizarnik un beneficio para su obra literaria: contribuyó a perfeccionar su modo de distribuir el texto -entendido como imagen- sobre la página, al estilo de los célebres Calligrammes, Poèmes de la paix et de la guerre 1913-1916, de Guillaume Apollinaire; un recurso del que abusarían luego los poetas concretistas.

En 1956 publicaría La Última Inocencia, un nuevo volumen de versos -más depurados, más suyos- dedicado a su terapeuta, León Ostrov.

Las Aventuras Perdidas se editó en 1958, coincidiendo con el inicio de su amistad con Olga Orozco, también prolongada hasta su desaparición. Por entonces ya frecuentaba asiduamente a otros poetas, como Rubén Vela y Raúl Gustavo Aguirre, este último director de la revista Poesía Buenos Aires, donde habían aparecido publicados algunos poemas de Alejandra. También se relacionó por aquellos años con Susana Thénon, H.A. Murena (seudónimo de Héctor Álvarez), Eduardo Romano, Elizabeth Azcona Cranwell, Horacio Salas, José “Pepe” Bianco -secretario de redacción de la revista Sur– y Alberto Girri. Para ese entonces el tema de la desesperación y el de la muerte ya se iban marcando decididamente en su poesía, aunque sin jugar con estas ideas desde el humor negro, como lo haría después, sino reducida su óptica todavía a una visión trágica de los mismos.

Por esa época se produjo la muerte del poeta colombiano Jorge Gaitán Durán, por quien la autora sentía una pasión muy honda, y el hecho no dejó de acentuar su depresión y pesimismo, que luego se volverían extremos.

París, 1960-1964

Los cuatro años que Pizarnik residió en Francia parecen haber sido los de un florecimiento personal: de hecho, algunos de sus mejores poemas los escribió en París, mientras se las arreglaba para sobrevivir con estrecheces, gracias a un mínimo aporte de su familia y a colaboraciones en Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura, Les Lettres Nouvelles, la Nouvelle Revue Française y otras publicaciones donde su presencia era más esporádica. Es en la capital francesa donde establece sólidos vínculos amistosos con el mexicano Octavio Paz y el argentino Julio Cortázar, así como con la esposa de este último, Aurora. También frecuenta el trato de los poetas Yves Bonnefoy y Henri Michaux. Recordemos que la primera y hoy inconseguible edición de Árbol de Diana, editado durante la etapa francesa de Pizarnik (1962) lleva un prólogo del propio Paz.

La fatal Buenos Aires

Vuelta a Buenos Aires a finales de 1964, ya su ánimo se ensombrece y de ello da cuenta su siguiente volumen poético, Los Trabajos y los Días (1965), donde el clima desesperado se plasma en versos de un gran rigor y factura, de los mejores que escribió Pizarnik. La concisión que es una marca de su obra alcanza en Los Trabajos y los Días una de sus cumbres y no es extraño que ya varias generaciones literarias hayan “abrevado” de este libro con resultados tan dispares como los que marca el talento necesario para elegir una influencia y vérselas con el logro de la propia obra después.

Por aquel entonces, los poemas de Pizarnik ya iban alcanzando una notable difusión, no sólo a través de sus contactos en Europa, sino también por la publicación de poemas de su autoría en revistas de varios países latinoamericanos.

Por Los Trabajos y las Noches -un juego, su título, con el del clásico Los Trabajos y los Días, de Hesíodo- Pizarnik recibe el Primer Premio Municipal de Literatura en la categoría Poesía Édita, así como el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes. El Premio Municipal de Poesía significó para ella algún ingreso constante, al estar dotado de una pensión vitalicia, pero de todos modos sus problemas económicos, aunque amenguados, continuaron hasta el final.

Por esos tiempos, cuando ya vivía en el departamento de la calle Montevideo donde iba a poner fin a sus días y que era propiedad de su madre, Alejandra colgaba de las paredes  disfraces que de tanto en tanto lucía -frente a amigos y dicen que también a solas-. En esta nueva etapa la poeta fue agudizando el desorden de su personalidad, en una caída atenuada de tanto en tanto por súbitos fogonazos de aquello que llamamos -a falta de una descripción mejor- “estar en la realidad”. De todos modos, se produjeron tres internaciones siquiátricas en siete años, jalonadas por la publicación de Extracción de la Piedra de Locura (1968), El Infierno Musical (1971) y en este mismo año, La Condesa Sangrienta, un texto prosístico que evoca como pre-texto a madame Bathory, la versión femenina de Drácula, personaje presuntamente histórico que le sirve a Alejandra para realizar una fantástica proyección sobre páginas cargadas de vampirismo, alienación, sadomasoquismo.

De esta época, mi amigo Fernando recuerda que el grupo de sus conocidos se turnaba para hacer dormir a Alejandra, para lo cual había que contarle cuentos o leerle poemas, para retirarse después sigilosamente, como del cuarto de un niño. Siempre según la fuente, lo que más temía Alejandra era la irrupción de su madre, aquella señora que en la infancia de la poeta había logrado que su familia se mudara por mantener ella reyertas con todo el vecindario.

También recuerda Fernando que los intentos de suicidio de Alejandra no fueron pocos: algunos ya no le creían cuando los anunciaba. Como en Pedro y el lobo, aquella narración infantil, finalmente el lobo apareció el lunes 25 de septiembre de 1972, con una garra llena de seconal. Una semana después, en Buenos Aires, todavía varias personas descreían de que Alejandra Pizarnik, en una salida de su última internación, se había suicidado para siempre en primavera.

 

 Tres poemas de Alejandra Pizarnik

 

Exilio

A Raúl Gustavo Aguirre

Esta manía de saberme ángel,
sin edad,
sin muerte en qué vivirme,
sin piedad por mi nombre
ni por mis huesos que lloran vagando.

¿Y quién no tiene un amor?
¿Y quién no goza entre amapolas?
¿Y quién no posee un fuego, una muerte,
un miedo, algo horrible,
aunque fuere con plumas,
aunque fuere con sonrisas?

Siniestro delirio amar a una sombra.
La sombra no muere.
Y mi amor
sólo abraza a lo que fluye
como lava del infierno:
una logia callada,
fantasmas en dulce erección,
sacerdotes de espuma,
y sobre todo ángeles,
ángeles bellos como cuchillos
que se elevan en la noche
y devastan la esperanza.

 

 

Cold in hand blues

y qué es lo que vas a decir
voy a decir solamente algo
y qué es lo que vas a hacer
voy a ocultarme en el lenguaje
y por qué
tengo miedo

 

 

Despedida

Mata su luz un fuego abandonado.
Sube su canto un pájaro enamorado.
Tantas criaturas ávidas en mi silencio
y esta pequeña lluvia que me acompaña.

Alejandra Pizarnik (Argentina, 1936 - 1972). Considerada una de las poetas mayores de Latinoamérica, cuyo influjo ha sido gravitante para las nuevas generacio ... LEER MÁS DEL AUTOR