Vicente Huidobro

Las siete palabras del poeta

 

 

Desde lo alto de mi cruz, plantada sobre las nubes y más esbelta que el avión lanzado a la fatiga de los astros, dejaré caer sobre la tierra mis siete palabras, más cálidas que las plumas de un pájaro fulminado.

 

 

PADRE MÍO, PERDÓNALES, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN

Ellos me han calumniado, escarnecido, para satisfacer su pequeño orgullo, su vanidad de inventores de bufandas para pájaros. Me han afrentado, creyendo que luego les bastaría con echar algunas gotas de agua salada sobre sus cabezas para ser perdonados.
Sin necesidad de exponeros a la lluvia, a la lluvia bajo las bóvedas de sinfonías solidificadas, os perdono.
Te perdono, hombre débil, capaz de satisfacer tu fatuidad con tus propias mentiras.

 

 

HOY ESTARÉIS CONMIGO EN EL PARAÍSO…

Sube, sube…, sígueme si puedes, flota sobre la espuma de la cima de mis tempestades, que es la cornisa de las golondrinas y la noche de las esmeraldas.
Sube perpendicularmente a los sentimientos como la hostia, que un día se evadirá de entre los dedos temblorosos y saldrá de la cúpula al encuentro del amigo. Sube, ven a recoger los caracoles del otro lado de la luna.

 

 

MADRE, HE AHÍ A TU HIJO. HIJO, HE AHÍ A TU MADRE

Es tu hijo y lo ignorabas. Tu alma era su madre, y ella lo dejaba partir lejos, entre las estrellas que giran hasta perder el aliento.
Al ver tu desinterés, quisieron robártelo. Él se había desligado de tu corazón como un aerolito del cielo o como un navío del puerto.
Almirante de perlas finas, mira a aquel que te llama y se proclama hijo tuyo. Ábrele los brazos para el regreso, tal como le has abierto la puerta de tu cabeza cuando quería trepar sobre las palomas.

 

 

DIOS MÍO, DIOS MÍO, POR QUÉ ME HAS ABANDONADO…

Solo en medio de los lobos. Y soy la cascada de sueño que beben los lobos.
Solo en medio de los cuatro puntos cardinales batidos furiosamente por el huracán de los planetas.
Heme aquí abandonado en medio del río que gira en torno a su eje, que sigue su camino en círculo y vuelve sobre sí mismo como una rueda o una serpiente que se muerde la cola hechizada.

 

 

TENGO SED…

Tengo sed de altura, tengo sed de ese vértigo que se apodera de la cabeza cuando uno se inclina sobre la barandilla del paraíso.
Tengo sed de sentirme alzado por el motor de mi poesía, cargada para seis mil años hacia las velocidades del caos.
Tengo sed de la luz automática y pura apoyada sobre el espacio y del diamante polarizado en el infinito.
Tengo sed de beber la lluvia en sus auténticas llaves, a tres mil metros de altura.

 

 

TODO ESTÁ CONSUMADO…

Todo está consumado. En la paciencia de la ostra el poema está hecho.
El fuego es consumido por el fuego. La joya estalla y se disuelve en la noche.
Por fin a tus miradas, a los hilos de tus miradas que se prolongan hasta el fondo del universo para los arcos inconsolables sin memoria y sin violín posible.
Ni los treinta caballos del rubí, ni toda la potencia de los arpegios concentrados del ruiseñor, podrán impedir jamás que el fin se acerque a mí con el mismo paso con que los dromedarios van hacia las nubes llenas.

 

 

PADRE MÍO, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ALMA…

Me abandono a ti. Abre la caricia de tu calor a la escala de mis sueños que busca, después de la lluvia, tus largos cabellos entretejidos de sueño para secarse.
Te abandono esta procesión de sueños que salen de mis ojos.
Riega mis miradas y déjalas que maduren en un rincón, sobre la tibieza de tus almohadas de humo.
Me abandono a ti, solo entre tus manos, como los anillos de los satélites arrojados a la noche.
Todo ha terminado. El sistema planetario se quiebra en un cataclismo de olas verdes.
Mira, Señor. El firmamento es un cenicero sobre los adioses, El empolla los dolores. Escucha esta mandolina que toca después del fin del mundo.

 

Vicente Huidobro (Chile, 1893 - 1948). Poeta, narrador, dramaturgo, guionista cinematográfico, candidato a la presidencia de la república, padre del Creaci ... LEER MÁS DEL AUTOR