Sergio Hernández. Carta a Dios

 

Presentamos tres textos claves del inolvidable poeta chileno.

 

 

 

Sergio Hernández

 

 

EN MI ÁRBOL

En mi árbol de hojas desoladas
acumula el crepúsculo
sus últimos pájaros.
Casi está aquí la noche,
ella regresa siempre
pero tal vez tú nunca vuelvas.

Dispersos por el mundo,
no volveremos a encontrarnos
y a quién preguntar por ti
si conocí mejor tus ojos
que tu nombre;
si hablaron más tus labios
que tus propias palabras.

Tu recuerdo es tan vivo
que casi no me haces falta.
 

 

 

CARTA A DIOS

Fecho esta carta aquí en la tierra,
en este pequeño espectro creado por tus manos
y olvidado por tu memoria.
Las cosas no andan nada de bien por estos lados;
los diarios siguen anunciando crímenes y suicidios,
que tú permites con esa indiferencia
que parece caracterizarte
desde el principio de los siglos.
Sólo te veo, a veces,
asomado a los niños,
a quienes tú transformas, poco a poco,
en turbios entes desterrados;
porque es necesario decirlo,
los más esclarecidos adultos
se entretienen aquí en forma peligrosa
jugando candorosamente
con guerras y con bombas.
Yo soy la voz que clama
y reclama en el desierto,
en este mundo en que nos martirizamos
los unos a los otros.
Yo soy el que tengo hambre
y tú no me alimentas,
ando con sed y escondes tú las norias;
soy peregrino y no me hospedas;
desnudo estoy y no me vistes;
me encuentro en la cárcel
y tú no me visitas.
Suéltanos tu maná sobre la tierra;
destruye tú, si lo deseas,
cines, automóviles,
todo cuanto no sea sangre
en nuestras venas;
repártenos mejor las uvas, el pan,
la paz y las estrellas.
En verdad, en verdad, te digo
yo soy el que ha pecado
y seguirá pecando mientras viva;
de carne soy
y busco yo la carne florecida.
Es por amor que muero
y por andar amando me condenan.
Despierta, gran Señor, de tu letargo;
suéltanos tu maná sobre la tierra.
Yo he dicho como tú:
Hágase la luz
y emergen las tinieblas;
hágase mi alegría
y surgen las tristezas;
busco y no encuentro;
llamo y no se me abre;
entré por la puerta angosta
y di con la espaciosa senda.
Pero cosecharé uvas de los espinos
y haré estallar de abrojos, azucenas.
A ti te obedecieron los vientos y los mares;
los hombres y las bestias;
montañas y ciudades;
calma, entonces, Señor,
mis tempestades:
Dime si existe algo verdadero,
si tienen sentido los armamentos,
las carreras,
los terremotos,
los incendios,
los llantos,
las miserias.
Esparce tu maná sobre mi pueblo
y haz del sol la llama verdadera,
iluminando un día
para ambos hemisferios.

 

 

 

BAJO ESTOS LIBROS MUERTOS

Bajo estos libros muertos
y esta impotencia oscura
en este pozo ciego
tapiado por la andrajosa lápida
de las pedagogías
yace el pobre poeta
que agonizó toda su vida
no es más
no será más
murió como quien era
vivió asustado de su propia sombra
nunca pudo callar
lo que sus venas le dijeran
cuando la hostilidad del mundo
vulneraba su piel
de frágil pétalo legítimo
trató de hacerse fuerte como pudo
cuando los hombres
le mostraban los dientes
como lobos furiosos
trataba de reírse como niño
vibraba con aromos y rosales
con el amor y el vino
la rumorosa selva de su infancia
nunca pudo alejarse de su oído
ya están conformes todos
lo mataron
por fin salieron de eso
no es más
no será más
dormid tranquilos