Ramón Cote Baraibar

La ciudad de los puentes amarillos

 

 

 

LUNA DE SEPTIEMBRE

Ahora que entra septiembre sin hacer ruido,
como si viniera descalzo de madrugada,
y vuelvo a ver su luna naciente alzarse en el cielo
afilada y vigilante, desenvainando sin violencia
tan nítidamente su metal
sobre todas las cosas y regiones de la tierra,
recuerdo mis súplicas desde una terraza
hace ya bastantes años, temeroso y solitario
pero al fin feliz,
rogándole al primer dios que me escuchara
que nunca terminaran sus días,
porque sabía que muy pronto llegaría octubre
con su costumbre de arrasar con todo.

Eran las únicas horas del año en las que la oscuridad
parecía estar de mi lado, y dejaba de llamarme huésped
para decirme habitante. Durante ese mes tenía en la terraza
un telescopio, montones de cervezas y sonaba como nunca
la voz de Billie Holliday,
hasta que reconocía en la garganta la llegada del amanecer
por su ardiente exhalación de magnolias,
y veía entre lágrimas las bandadas de golondrinas
fugarse de los aleros para estremecer a ráfagas
el aire frío de la mañana.

Por ausente que esté, por distante que permanezca,
cada año que pasa asisto puntual a la cita
con la más hermosa de las lunas, la luna de septiembre,
porque al mirarla nuevamente en la noche
su acero se vuelve a derretir con dulzura
dentro de mi boca, debajo de mi lengua,
y otra vez me invade ese extraño sosiego,
esa confianza que se convierte en fulgor, esa paz
que se hace luz, luz momentánea pero duradera,
como esas lámparas que los propietarios
en los largos meses de las vacaciones
dejan a propósito encendidas
para indicar a los posibles intrusos
que la casa vacía permanece habitada.

De Los fuegos obligados

 

 

CEREZAS & GRANIZO

A María Baranda

Todo sucedió en la primera semana de marzo
cuando por fin cayeron las cerezas.

Y no cayeron por maduras, por redondas, por rotundas,
cayeron por culpa del granizo y su inexplicable cólera.

Después de la tormenta, sobre la compacta blancura del parque,
empezaron a brotar, aquí y allá,

mínimas manchas de color púrpura,
como si fuera el vestido nupcial de una novia apuñalada.

Fue tanta la prohibición de febrero y la excesiva codicia
entre las altas ramas las que provocaron esa avalancha de niños

a quienes no les importó cortarse los labios con esa nieve de vidrio
con tal de poder reventar su piel entre los dientes.

Cuando pasados los años alguien les pregunte
por el definitivo sabor que los devuelve a la infancia,

no dudarán en decir que el sabor de las cerezas,
el sabor a venganza que tenían esas cerezas heladas,

y enseguida añadirán que todo sucedió un lejano marzo,
en su primera semana, después de una tormenta,

cuando el granizo del parque se fue tiñendo de rojo,
como después su vaho, como las puntas de sus dedos,

como también su memoria, desangrándose, ahora al recordarlo.

De Los fuegos obligados

 

 

CAUTIVERIO DE LO CONTINUO

Un circuito sin término
sobre los muros.

La estricta autoridad del pie.
El aire en la balanza de los brazos.

La dulzaina del afilador
nos aumentaba un pájaro.

En la noche el susurro del sol,
su plática, su habla tibia.

Así era su reino,
el feliz cautiverio de lo continuo.

De Los fuegos obligados

 

 

NOCIVA NOSTALGIA

Te parecerán oscuras, tal vez pequeñas esas tapias
cuando vuelvas al lugar donde viviste tus primeros años,
y al estar de nuevo en ese interior de casas blancas
buscarás sin quererlo en los antejardines esas hortensias azules
y también el pino y entre sus ramas abolidas
verás surgir, transparente, su inconclusa casa de madera
llena de temerarios filibusteros, dispuestos al abordaje.

A pesar de la desolación reinante
te entrarán unas ganas enormes de llamar a los vecinos
por sus nombres para jugar un último partido de béisbol,
pero sólo te responderán esas mismas tapias, molestas
por despertar tantos recuerdos que tanto incomodan
y que para nada necesitan.

Si nadie te recuerda, si te consideran un extraño, un intruso,
si desde las ventanas donde tantas veces te asomaste
te miran con desconfianza detrás de las persianas polvorientas,
sabrás que es hora de alejarte. Para qué insistes, para qué vuelves
si todo fue resplandor solo para ti y todo lo que venga en adelante
será puro lamento, perverso polen de acacias
y nociva nostalgia.

Antes de irte observa el atardecer
llegar igual que entonces cuando su marea
avanzaba con su luz sobre cada uno de los ladrillos
de la entrada, rojo sumándose al rojo hasta la exasperación,
en ese interior de casas blancas, ahora verticales de cal y ausencia,
y así nuevamente verás hasta el final de tus días
esa maciza pelota de caucho que olía a petróleo
elevarse para tu desconcierto de un batazo inolvidable
por encima del pino y sus piratas y atravesar la avenida
y romper ese vidrio de esa ventana de ese remoto
colegio alemán.

Entonces, como si hubieras cometido el peor
de los delitos, partirás rápidamente de allí,
asustado pero feliz, y levantarás la mano
para llamar al primer taxi que aparezca
por cualquier esquina, apretando contra el pecho
ese mínimo botín de la victoria.

De Los fuegos obligados

 

 

LA CIUDAD DE LOS PUENTES AMARILLOS

Cuando llegas a tu casa por la noche
tienes por costumbre buscar esas monedas
que se han ido acumulando al fondo de los bolsillos
para armar con ellas mínimas torres
o altas columnas, según el día.
Quien desde la ventana de enfrente te vea
podría decir que pareces un mendigo
o un vulgar avaro que reúne con codicia
sus posesiones, aunque este no sea tu caso
y aunque a primera vista lo parezca.

Pero esas monedas de distintos tamaños y variadas
denominaciones son restos, gastados
testimonios que entregas y recibes diariamente,
y sin que tú mismo lo sepas alguien los va anotando
en su enorme libro de contabilidad,
para saber exactamente el precio que pagas
por cruzar esa ciudad de los puentes amarillos.

De Como quien dice adiós a lo perdido

 

 

CUÁNDO DECIDÍ QUE ÉSTA FUERA MI CIUDAD

                                                           A Luis García Montero

Nada nos quedará si perdemos nuestras ruinas
Zgniew Herbert

Cuándo decidi que ésta fuera mi ciudad
ahora que cae una tormenta en la última semana
de septiembre, y que la niebla avanza
como un ejército sonámbulo desde los cerros
borrándolo todo, con la intención de someterla
al olvido, a la desaparición total,
al amargo exterminio de la memoria.

Uno se va enamorando con resignación de sus montes
y de su milagrosa luz metálica de un martes a mediodía,
y poco a poco se comprende que su desorden y sus basuras,
sus escombros en las calles y sus diarias demoliciones
se van pareciendo al propio corazón.

Cuánto nos parecemos a las ciudades que amamos
y cuánto nos vamos pareciendo a las ciudades que perdimos,
pero también cuánto nos consuela descubrir en ciertos momentos
que el mundo con todas sus ciudades
está siempre en el sitio donde estamos nosotros.

Observo desde la ventana del autobús las avenidas
inundadas este domingo ausente
y funeral, y con los zapatos y las medias empapadas
pienso en Luis a quien acabo de despedir en el hotel
Tequendama y que en pocas horas partirá a su país,
ya en el inicio de un otoño idéntico,
a la ciudad que también fuera mía
donde a finales de septiembre aún se puede escuchar,
como un dulce augurio que anticipa el naufragio,
el canto de las cigarras escapadas del verano
que se esconden entre los árboles del parque de Olavide.

Pero aquí estoy, sin sol a la vista,
en medio de lo que a la fuerza y por amor
y por costumbre elegí como mío,
sin más remedio que esperar
a que quizás en una calle cualquiera
aparezcan súbitamente todas las derrotas por venir,
y surjan a la vuelta de la esquina
todos los milagros aplazados. 

De Como quien dice adiós a lo perdido

 

 

FUTBOLISTAS EN LA PLAYA

A mi hija Alejandra

A esa hora final de la tarde
una docena de jóvenes jugaban

un partido de fútbol frente a la playa del hotel.
Mientras el sol se hundía cada vez más

en el mar, sobre la orilla corrían
a toda velocidad persiguiendo a gritos

el balón y levantando entre sus pies descalzos
una multitud de nubes de arena teñidas,

traspasadas por una luz completamente roja,
como si toda la playa ardiera bajo sus plantas,

como si se hubiera declarado un incendio
en medio de esta orilla al sur del Caribe.

Los jugadores, desfiguradas sus sombras sobre las dunas,
ignoraban que en ese mismo instante

mi hija y yo los mirábamos desde una terraza,
siendo testigos de esa tarde irrepetible

cuando vimos entre las brasas, entre los últimos rayos
de luz rasante de ese atardecer, en la arena

de fuego fugaz, el momento en el que esta parte del mundo
se convirtió en un lugar habitado

por una docena de dioses sin camisa que nos señalaban
que aquí en la tierra también era posible hallar el paraíso.

De Como quien dice adiós a lo perdido

 

Ramón Cote Baraibar Colombia, 1963). Historiador del arte de la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros de poesía Poemas para una fosa ... LEER MÁS DEL AUTOR