Oscar Oliva

Cuidador del telar

 

 

 

 

A INGER CHRISTENSEN

 

Cuando Orión y Sirio,

cuando las Pléyades,

a orillas del cielo,

existen cercanas al final de su vida,

un futuro de 250 millones de años,

existe el ruido que produce esa débil

agonía,

la culebra deshidratada en el estanque,

el ruiseñor y su telar de mayo, halo rojo cuando hace la calor en las fábulas

de las tejedoras, el ruiseñor y su pareja, la dulce amiga, con la blusa abierta

empapada de mayo, existen porque cantan a dúo,

cantan hasta bien entrada la noche, por encima de cualquier débil agonía,

por encima del ataque de cualquier depredador (entonces el canto de amor es

alarma que suena como el croar amplificado de las ranas),

-algo se puede traducir de esa bulla a lengua latina: “huir”, “peligro”-,

(en versión muy libre),

y cantan: existen en el cielo, oh Hesíodo, por encima de cualquier constelación,

sobre la belleza del tiempo (san Agustín)

yo estoy con mi amiga,

bajo la flor de ese canto,

cuando esa avecita con su canto nos alegra y regocija en la Primavera,

nombrada en latín: Luscinia, porque canta al alborada. (Se-

¬bastián de Covarrubias),

existe el ruiseñor sobre el lomo de un buey, estampa proveniente del Bosco o

de su escuela familiar;

existen las aglomeraciones de cigüeñas pintadas de rojo, que contrastan con

el campo pálido y la razón, también pálida;

existen otras dulzuras carnales, los 2 jovencitos dentro de la torre de coral,

existen los enterramientos dentro de las viviendas, existe un bebé dentro de un vaso de

cerámica transparente,

y existe la fuerza ordenadora del azar, las cigarras ordenadoras de vida exis-

ten, Orión

y existe Inger Christensen, y su silla amorosa, giratoria, fija en el vuelo,

Inger existe,

traducciones al danés del lenguaje de los ruiseñores del Nuevo Mundo, existen

valles muy jóvenes,

cuando existe el país disciplinado de cigarras de la poetisa, existe la 67

Estrella Perro,

el esperar de 250 millones de años, la fuerza del instinto, el esperar para tras-

ladar esa fuerza a otros 250 millones de años,

en esos millones de años el ruiseñor casi va a perder la respiración,

atado a la fuerza de la flor helada, tallada a mano, como las Pléyades,

lascas en el estanque de la flor profunda, estrecha, vacía, para decir

los soñadores, los trovadores existen, escriben para no ser soñados ni leídos,

a veces existen en los sueños, aparejados en los sueños igual que parejas de

ruiseñores,

cuando la culebra ordeñadora de mujeres recién paridas se hidrata en el estanque

-mete la punta de la cola en la boquita del bebé para que no llore-, entre los peces

que han esperado fuera del estanque celeste

la agonía del cielo,

la agonía de la buganvilia blanca, la agonía de la buganvilia roja,

la agonía débil de los desiertos, la agonía débil de los resucitados,

aunque existen los fusilamientos, las fosas comunes

Hesíodo dijo No   No

No

hay lugar para los tiranos ni para el que habla con torcidas razones,

el huésped asesinado por el hospedero, existe,

existen los que honran al ejecutor de crímenes, esos que hablan con torcidas

razones, cada uno saqueará la ciudad del otro,

 

¡Hesíodo!, el pueblo termina pagando la locura de los reyes,

¡oh reyes tragones de obsequios!,

expertos criminales sentados en sillas de criminales,

cuando las Pléyades

40 noches y 40 días ocultas

reaparecen al afilarse el hierro,

el comienzo en la muda de ropa, otra vez las cigarras, las mal amadas cigarras

existen, y el futuro, y el futuro y el vinagre, interrumpe Inger, yo la veo, la oigo,

repite, dice, las bombas atómicas existen,

no puedo leerla, es como Orión y Sirio, como las Pléyades a orillas del cielo, la veo

en mi cama de tierra que existe, en los muertos que existen (son ideas de

último momento),

en mí este comienzo primaveral sin cabalgadura nunca va a terminar, un co-

mienzo de caballo sin freno,

la novela íntima que crece entre paredes de canto negro, sin testigos,

estoy con mi amiga bajo la flor de ese canto que va a durar miles de millones

de años,

nos movemos como plantas acuáticas en el estanque, como culebras hidratadas,

algo grita el vigilante del Telar,

recoge todo el trabajo de Deméter,

desnudo haz la siembra

desnudo labra,

desnudo siega,

no orines contra Afrodita con las vergüenzas manchadas de semen, (sigue

Hesíodo),

la estridente cigarra

posada en el árbol

difunde su agudo

 

cantar insistente

al afilarse el hierro

bajo las alas,

Hesíodo existe,

Cuando Orión y Sirio,

cuando las Pléyades,

muy abajo del cielo,

ese techo tranquilo,

las plantas acuáticas abajo del firmamento,

permanecen en silencio,

ellas tratan

de decir tu nombre, al final

13 de mayo, por la tarde.

(De Lascas, 2017)

 

 

 

 

PARA ALLÁ SOBRE ACTEAL HAY MUCHAS ESTRELLAS

 

Para allá sobre Acteal hay muchas estrellas, en la resurrección no me dejan dormir,

en las yemas de mis dedos relumbran y son el porvenir de los sacrificados/

Que estoy viendo, sintiendo, esas estrellas tal vez difuntas o viudas/

Ese espacio funerario donde otro porvenir se origina, también

en la mesa incontenible de olvido, de presentimientos fugaces, ya podrida, vacía/

Hay largos campos que dejarán de existir cuando toquen el alimento del vértigo,

cuando te toquen a ti, te despedacen, te destierren de la humedad

que padeces adentro de la cueva donde has grabado una vulva roja,

donde has dormido otra vez junto a los huesos insepultos de tus padres/

Escuchas el furor de allá fuera, el revuelo de lo

impenetrable, lo fértil de lo temible/

Esa estrella sin alimento que sabe del ruido blanco de lo que caduca,

de lo grandioso de los cristales extendidos como la

heredad de cualquier turbulencia/

Di, no sabe dormir, deletrear, estalla en un grano en

desasosiego, ya no tiene visiones,

yace en lo incomprensible al desplazarse en los caracteres de la memoria,

en los más íntimo de la casa donde ha engendrado hijas vertiginosas/

 

“Todo descansa en los árboles”, dijiste y yo dije: “¿Qué es esa cal negra?”

Lejos, en el mar, otra turbulencia, en otras manos, nace para confundirme,

nace sin signos, más allá sin comprender nada, allá celo sin medir/

¿Qué es ese oleaje que me sacude y me venda? Las olas

chocan con el advenimiento del celo, se introducen en mis caracteres,

me despedazan en la rosa irremediable, me hacen entrar

por otro resquicio del paisaje,

donde ando a tientas, ignorado, por donde llego a mi antigua casa/

Me esperan mis padres ya muertos, mis hermanos también muertos,

yo mismo un muerto, alguien se desmaya, alguien tarda en despertarse/

 

Entramos en otra casa, en el corral relincha la yegua del abuelo, en el brocal

del pozo armas melladas/ ¿Qué es esa inconsistencia de cadáver? ¿A dónde

van esas mujeres por el corredor? ¿Quién se aflige y deja de crecer como la

hierba en mi espalda? ¿Hacia dónde va la casa y nos resistimos, nos agarra­-

mos de las manos para no caer, para que no nos trague el celo de la agonía,

el celo negro de la resurrección?

 

En el vértigo mi padre y madre copulan, yo los escucho desde una cuna de paja,

las hojas de mi invisibilidad se rompen, mis hijas van y vienen por la cocina,

escuchan que la madre y yo copulamos/ Toco las cicatrices de mi mujer y las

semillas se hinchan en las plantas de sus pies/

 

Con la negra guitarra canto en la noche, me escucha la rana-vaca desde el lodo,

una canción adánica, cuando hay demasiados dioses, con la boca llena

de huevos de serpiente, con la boca soñolienta, para resistir, en la resistencia,

esperando la otra caída, emergiendo de las hojas viejas, en la montaña en

gestación, en las cuatro puntas del horizonte, en el último siglo de las hierbas

errantes, en el día del desmayo y la orfandad, cuando vuelvo a desmayarme

recargado en adobes de caracteres extraños/ Estoy y no estoy entre la mul-

­titud de criaturas golpeadas, en el coro final de los linces, en la cólera

de los pobres que arrebatan mi invisibilidad, me sacan a empujones de las

habitaciones, me dejan tirado entre dos cerros, en el caos de la incesante

eyaculación nocturna que relampaguea en mis huesos/

 

“¿Cómo puede el sufrimiento estar hecho de palabras?”, me preguntaste y entré

en otro altar para arrodillarme, continuar lamiendo otras bestias dóciles, las

que están ciegas bajo la piel pálida de la luna/ Mi mujer camina descalza por

entre los surcos y va dejando las semillas/ Yo cierro el libro/ Siento su inmen-

­sidad de vidrio sin esperanza abierta/

 

Di la cólera enronquece mi rostro, me hace recuperar las

arrugas de los dedos, para purificarme donde ya no hay

claridad, donde los anillos se abren por última vez/ Di

voy de un metal alado a la desintegración, no existes y

no existo en el mes que nos va a elegir/

Existimos con una laja incrustada atrás del paladar/

No hay nada, no hay nadie, vamos a entrar en alarido al

daño, tú vas a caer, yo voy a acercarme con lazos ensangrentados

a tu cadáver, con imágenes iniciadas en cierta turbulencia,

con expresiones bestiales vas a recibirme y no sé si voy a ser

el recién desenterrado porque tú y yo somos los asesinos

que no podrán resucitar ni podrán encontrarse en ningún

libro, en el momento de la sedición de criaturas que fingen

transparencia en lo incierto/

Bajo el águila del espanto que nos conduce con rostros de

viento para oscurecernos en Xibalbá,

viendo cómo las estrellas se traban como perros y perras/

Sobrespejismos con alas venenosas/ Cuántos vasos coléricos/

Cuántas consideraciones arcaicas/ Se imantan/ Vuelven de ansia/

Ya venado tan recio y perfecto/ No vuelve/ Nada vuelve/ Todo

existe con un golpe de escritura en la casa donde nací,

donde me decapitaron y enterraron mi cabeza/

Di lo que está debajo/

Di lo que comienza.

 

 

 

 

CON JUVENAL, Y ESCENAS DEL BOSCO

 

1

 

Año de 1968, lo recuerdo bien, mi amigo Leopoldo Duarte, en su tienda,

Libros Escogidos, Avenida Hidalgo sin número, a un costado de la Alameda

Central, me regaló las Sátiras, de Juvenal. (Traducción: Antonio Espina. Dibujo

de cubierta: Estrada. Colección de bolsillo. Edime/ Caracas-Madrid, 1966).

“Es un libro ácido, que arde, estrangula, ten cuidado con él, trastorna al que

le urge librarse de la manía de escribir,” me dijo, amenazante, riéndose.

 

 

2

 

“Los hombres del porvenir podrán comprobar que no ha habido una época

tan llena de maldades y vicios como la nuestra”, leo al final de la primera

Sátira. Comprendo que Décimo Junio Juvenal no tiene país ni edad, que sus

poemas no pertenecen a nadie.

 

Soy un hombre alcanzado por ese porvenir, que no esperaba un final desas-

troso, en su propia casa. Que apenas atisba desde esa casa la belleza discon-

forme con la belleza conforme.

 

 

3

 

¿Qué es lo que está pasando? Lo que no se puede controlar, supongo. Desea-

mos una vida limpia y vivimos una sucia: la vida de la vieja historia; la del

país demencial del Bosco.

 

Sin embargo, la compulsión primordial de la luz perdura en los fragmentos de

las fábulas y extravíos de la belleza; en los telares donde se trabaja un tejido

irrepetible, sin desfallecer.

 

 

4

 

¡Honor al dinero! Han erigido templos blancos y gélidos para adorarle. Donde

somos obligados a hincarnos.

 

El constructor de esa belleza minimalista, nos mira a todos con desdén desde

lo alto de un carruaje blindado, sobre almohadones blandos. Luce un anillo

con un león de dos cabezas, en cuyo compartimento secreto reposan gotas de

arsénico con extracto de taxus baccata.

 

 

5

 

Con Juvenal, estoy atento a todo lo que nos agita, para sentir el corazón que

brinca a la manera del corazón de los anfibios que tanto se parecen a nosotros,

por nuestra doble naturaleza.

 

Como el satírico, no quiero curarme de la manía de escribir, a pesar de la

constante historia de los envenenamientos. Ni desarraigarme de la belleza con-

ductora del tiempo, que apenas avizoro.

 

Juvenal supo que las trampas que rodean al hombre son tantas como la es-

puma que rodea al que se zambulle en el mar. Espuma que nos envenena el

pensamiento; amortaja la cabeza cercenada de la Musa.

 

 

6

 

No existe la belleza perfecta ni la imperfecta ni la que busca un segundo naci-

miento. Existe la demencia de los cerrados a la belleza de este tiempo. La que

busca un tercer nacimiento.

 

 

7

 

En el país del Bosco un carro de heno es escoltado por guardianes devotos del

dinero. Los cofrades se empujan, se golpean, se atropellan. Yo mismo yazgo

bajo las ruedas del carro.

 

Matones que han secuestrado a un hombre, lo amarran a un palo, se alejan

con la paga del rescate, con la ropa de la víctima.

 

Otra escena: una pareja baila al son de una bandurria, mientras cada uno del

público toma lo que puede del heno dorado.

 

Por todos los rincones de los trípticos las tentaciones del Maligno: los orificios

de su máscara se agrandan para observarnos; una legión de lestrigones, sin

prescindir del sueño, con doble sueldo, ejecutan sus órdenes.

 

Nada parece negar al Bosco. En el barco llevado a cuestas por una criatura

mitad murciélago, mitad reptil, peces rápidos vuelan por el aire. Hasta el bar-

quero participa en los excesos, lanza escupitajos al mar, deja caer el remo para

que lo muerdan las olas, se atraganten con los pedazos.

 

¡Aves carnívoras regurgitando!

 

Una mujer flagelada brota de un tronco hueco. Los iracundos colgados de

ganchos de carnicería.

 

Una operación quirúrgica para extirparme la piedra de la Locura. Yo soy el

hombre que mira hacia ustedes, aunque en realidad lo que se me está extir-

pando es una flor, un tulipán.

 

 

8

 

Muy lejos, muy lejos. Sentado en la banqueta de mi casa, me detengo para es-

cuchar la chirimía de don Ubaldino Villatoro, músico sagrado de Izapa. Desde

sus pulmones hinchados dice que los días no retornan con los actos coléricos.

 

 

9

 

El pájaro carpintero que está en el flamboyán de mi casa, con el pico saca los

gusanos ocultos bajo la corteza de ese árbol llegado de Madagascar. Los saca

de sus escondrijos, los devora. Yo apenas lo avizoro. Esa es la fuente de la vida.

Es la fuente de la inagotable fantasía.

 

 

10

 

De pie, entro al campo de la sagrada paloma. Someto a prueba la ligereza de

los materiales con los que trabajo. ¿Son los que me cubren, los que me pesan?

 

¿O son los frutos del engaño y el desperdicio? ¿Acumulados en los lugares

propios e impropios del Bosco? ¿Donde el blanco y el rojo han perdido sus

atributos humanos? ¿Una destrucción deliberada de nuestros bienes eternos,

de nuestros bienes caducos? Es tan difícil apostar a la reinvención.

 

 

11

 

Empinado me dispongo a esperar la extinción del mochó, lengua con sólo 141

hablantes, en las faldas del Tacaná; y a que me agarre el furor del puzunque

con esos 141 habitantes del planeta.

 

Y en el volcán de niebla eterna meterme sin preguntas a las cuevas con olor a

esperma de ocote.

 

 

12

 

¿Dónde están las cosas que hay que multiplicar? ¿Dónde están los fragmentos

que hay que restar? ¿Dónde están las partes que había planeado ensamblar?

He borrado todo para dejar nada más espacios blancos.

 

Puedo decir, como Amós, que las palabras tartamudas no pertenecen a nadie.

Otro engaño.

 

 

13

 

Hago a un lado los momentos de profundo escepticismo, al escuchar a la ciga-

rra que dice, “tienes que salir, yo me ocuparé de los depredadores”. Muy cerca,

a mi izquierda. Medio ladeándome.

 

 

14

 

Por orden de Trajano, Juvenal fue desterrado a Egipto.

 

El poeta escribió: “Los egipcios son verdaderamente monstruosos, sería difícil

narrar las supersticiones que practican; donde yace la antigua ciudad de Te-

bas, la de las 7 puertas, no se rinde culto a Diana”.

 

 

15

 

El carruaje blindado que mencioné en las líneas de arriba, no termina de pasar.

Lo escucho sentado en mi banqueta.

 

 

16

 

Siempre he estado agradecido con Leopoldo Duarte, por el regalo que me dio.

Polo me dijo que Antonio Espina, el escritor madrileño paisano y amigo de

su padre, había sido elogiado por Juan Ramón Jiménez. Que había combatido

toda clase de inmoralidades y vicios, en la España franquista. Que en el punto muerto

y el ruido, no ignoró nada. Y a su amenaza le respondí, riéndome, que

después de tantos años, no me urge librarme de la manía de escribir.

 

Viene hacia mí y nos abrazamos. Nos reímos los dos.

 

 

17

 

Tuxtla, Chiapas, a 5 de enero, 2016, por la tarde.

(De Lascas, 2017)

 

 

 

 

CUIDADOR DEL TELAR

 

Después del parto, disponga la mujer su telar, se aplique a la faena.

 

Beba vino sentada en el trípode adivinatorio, se bañe bajo la cascada.

 

Desnuda lave el vellón del borrego, en las ollas de barro con agua por debajo

del punto de ebullición;

 

desnuda recolecte flores con pelos amariposados; exprima la corteza rugosa

del llorasangre, que al olerse quita todo dolor;

 

desnuda acuchille el saúco rojo, recoja la savia con cucharas fabricadas del

tronco dañado;

 

desnuda tiña la lana, en el agua hirviendo, cuando las burbujas rompan la

superficie de las ollas, y los brazos empapados en el breve sueño del vapor,

reaparezcan.

 

Va a ser tiempo de retar a la anciana, de narrar en un tapiz los episodios de los

dioses, disfrazados de animales para cometer crímenes sexuales.

 

A esperar que los bueyes sin bozal rompan el arado, destrocen el telar; dé

comienzo la guerra.

 

Y orine de pie, vuelta frente al sol.

 

Cuando el viento comienza a soplar, los hilos del telar se enredan. Es un mal

viento.

 

Junto al hermoso soto, apretado, que no lo puede atravesar una flecha, la teje-

dora amamanta a su criatura,

mientras dos ángeles abren las cortinas.

 

 

 

 

LINCE…

 

Lince, déjame despertar, déjame agarrar la mano de mi madre

vencida en el avasallamiento de las serpientes, déjame ser

el ojo felino de mi padre, déjame con ojos enconosos ser la

semilla enconada en mis calenturas, déjame con lienzos

incorruptos, sangrantes, en el augurio goteante, porque no

hay nada en mi jícara, porque no existe el canoero que ha

de extraviarme, porque no quiero engendrar nada, en la

salud de la trama sólo quiero tenderme para ser clavo

de las flagelaciones cuando pasan por mi labios lazos

alcanforados,

en esa turba verbal que soy sin comprender nada, para nacer

de nuevo en una cuna de paja, cuando ya es demasiado tarde,

todo ha sido encumbrado y recio para voltearme, quedar sordo,

con el hígado encanecido, esperando la otra caída, el otro

espasmo de pez/

Hongos secos, montón de paja, guardador del monte, despertador

del polvo/

Oh lince, emergiendo de las hojas viejas, vigila sobre mi fuego

estas joyas tremendas/

Oh lince, sé múltiple en el granizo y en el pajuil que silba

largo en los desperdicios de la luz/

Lince, mi invisible vaso, mi galaxia incomprensible, mi

estoraque prendido.

(De Lienzos Transparentes, Aldus, 2003)

 

 

 

 

VEINTE

 

Es otra la llave, otra la puerta, otra la casa, otro el hombre que perdió familiares

y amigos, sin llanto .

 

Con una taza de café en los labios, entre muebles a punto de arder, es otra la

corriente que te contagia para meterte en el deshielo; es otra la casa que no habitarás,

tu cansancio dice que no existe; pero permaneces como esas lascas que te

desvanecen un rato, dando de vueltas, con un envoltorio de nubes sin descargar.

 

Es otra la buganbilia que se atora en tu garganta . Es otra la taza de café sin inspi-

Ración. Es otra la salamandra que se te cuelga del hígado. No sabes hacia dónde

ir; el otro que te vigila también duda cuando pisas el acelerador y los maizales

se doblegan.

 

Giras a la derecha, te estacionas, estás en el umbral, a punto de abrir la puerta,

entrar en la cámara de turbulencia . Llamas. Te vuelves. Otro el hombre . Es un

asunto complicado .

 

(Antes de correr las cortinas, leo en voz alta, con los brazos cruzados . Para no perderme,

deletreo, hago pausas; borro, vuelvo a teclear. Aparecen frases que no entiendo; otras

que no corresponden a lo que llevo escrito; o palabras que se interrumpen, prosiguen o se

repiten; intermitentes como la luz que en el automóvil indica el cambio de dirección. Allá

abajo algo que no va a perdurar. Arriba cosas con aparente estabilidad molecular. Con

las cortinas a temperatura de ignición. La mesa muy lejos. Apago a intervalos sucesivos y

frecuentes una o varias luces. Entre el escritor y el desconcierto, el calor y las radiaciones

que emite la computadora .

 

Una autopista íntima, cuando tecleo . No está en esta lectura . Se difumina mansa-

mente)

 

Hay habitaciones que nunca se han abierto, como las que resistieron los agua-

ceros de septiembre, junto al cadáver de mi pueblo natal; hay cicatrices que

nunca se han cerrado, como aquellas del odio entre familias, que costaron tantas vidas .

 

Y hay ventiladores que no han podido despegar, emprender el vuelo a otros espacios;

y otros muebles, de tan arraigados, que tampoco viajarán . De un fuetazo

los pongo a dormir.

 

Todo revuelto, las ventanas arrancadas a toda prisa, para que no se larguen a

otros aguaceros. Las buganvilias metiéndose con todo y barco hasta la cocina.

Toda revuelta la cama, las sábanas húmedas, los cuerpos dormidos, como tablas

dobladas, como clavos en la pared.

 

Todo incontrastable, para sacudirme con la idea de llegar al carbón que llora. Sí,

en la revoltura de las puertas romper los órganos internos de las paredes, apagar

el cemento que aún viaja . Que todo lo oculto vaya llegando a mi mesa de trabajo,

para que lo limpie, lo ponga en cajas de cartón, y dentro del clóset.

 

Voy a viajar en las aspas de un ventilador. Voy a tirar por la ventana una silla. Voy

a atornillar bien una ventana. Voy a podar las buganbilias para que no atraviesen

la pared blanca. Voy a encerrar la lumbre en una caja de cartón.

 

Soy un excombatiente del odio entre familias, que vio caer a sus amigos, que los

cargó hasta la puerta del lavatorio; no fui de los mejores, ellos no han sido pari-

dos aún; nadan en el líquido amniótico, y se ahogan.

 

Tanta matazón.

 

Las explosiones solares, rajan mi casa .

 

Nadie puede cargar un planeta muerto . Nadie es el iluminado debajo de la cama.

Nadie da voz a nadie.

 

Yo he visto a un niño arrastrado por un paraguas. He visto que alguien grita sobre

una casa inclinada . He visto regresar las paredes a las casas humilladas. He visto

la piedra cósmica del verano.

 

He escuchado al iceberg que canta.

(De Estratos, 2010)

Óscar Oliva Nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México, el 5 de enero de 1937. Perteneció al grupo de poetas La Espiga Amotinada, que alentó el poe ... LEER MÁS DEL AUTOR