Miguel Rollón

Buenos Aires, siempre Buenos Aires

 

 

 

AEROLINEAS ARGENTINAS 

 

Ella leía Cien años de soledad

en un idioma extranjero.

Mientras yo tiritaba de miedo

al mínimo contacto posible:

su mirada.

Al roce con su piel,

quise que el avión

siguiera volando alto,

muy alto y sin destino.

Pero las doce horas de vuelo

pasaron tan rápidas, como en el cine.

En la cinta de equipajes,

tomó su maleta y se marchó,

sólo un gesto con la mano

como una caricia

invisible sobre mi pelo.

Y entonces supe,

que las historias de amor perduran,

aunque nadie las escriba.

 

 

 

ALEJANDRA PIZARNIK 

 

Un buen día Alejandra,

de la mejor manera, me dijo:

–Háblame del miedo.

Y le hablé de mí.

Le conté que el miedo

viste de negro como la culpa,

no se cansa, lleva sombrero

y se cubre con sal de mercurio

en la transparencia de los espejos.

Le aseguré

que lo iba a reconocer,

que bastaba sentir

las tuberías tóxicas,

las venas de una casa.

Le pedí que despertase,

que fuese valiente,

que no fuera como aquellos

que se pierden

en miedos ajenos

para siempre.

 

 

 

BUENOS AIRES 

Las tardecitas de Buenos Aires
tiene ese que se yo, viste?
HORACIO FERRER

 

Basta alejarse un poco de Buenos Aires,

para empezar a echarla de menos;

extrañarla, como dicen allá,

quizá aludiendo a la metáfora

de la letra de un tango

que se desmemoria de pronto

-sucede a menudo-.

Y cuanto más se aleja el avión

hundiéndose en las nubes

recuerdas desde la ventanilla

que se te olvidó pasar por San Telmo

a comprar una muñequita

o un imán de Mafalda para regalar.

Siempre quedará pendiente

un asado en una dirección olvidada,

la brisa de un viaje en el subte

donde todo se mueve al compás;

caras pegadas, pechos juntos,

la chica con la remera rojita

que aún sueña despierta,

el vendedor desdentado de bolígrafos

y el joven que con aspiraciones de cantautor

hace que los viajeros se callen.

Esas calles tan parecidas las unas a las otras,

las aceras más o menos rotas

llenas de personas sin techo,

nómadas dentro de la misma ciudad

ambiciosa, febril y apresurada

que los paseantes aprenden a no mirar.

Y, sobre todo, el cariño y la hospitalidad

de la pizza compartida con los amigos,

con su fainá, moscato o una cerveza fría.

Sin embargo, lo que jamás imaginé

era que la ciudad tan bohemia y melancólica

me iba atrapar a mí de su cordón umbilical.

Motivo más que suficiente para regresar.

 

 

 

LA MAGA 

Siempre fuiste mi espejo, quiero decir
que para verme tenía que mirarte.
JULIO CORTÁZAR

A Elena Boledi

 

Fue lo mejor que me sucedió en París.

Y aunque nunca pude resistirme

al deseo de tenerla a mi lado,

tocar su boca con mis dedos,

sentir su lengua chocando

con las encías y el paladar,

no me atreví a pedirle

que se quedase conmigo.

Con la muerte de Rocamadour desapareció

como la luz de ceniza entre las nubes. Tal vez

sabía que por aquel entonces buscar era mi signo,

emblema de los que salen de noche sin propósito fijo,

razón de los matadores de brújulas.

Su búsqueda fue tan desesperada locura

para llegar al cielo, salvar puentes

y tablones entre ventanas,

que acabé descendiendo a los infiernos.

Durante un tiempo creí verla

en el Ponts des Arts, donde

su silueta delgada se inscribía para siempre.

Ahora del lado de acá, recluido

y encerrado, a esa hora que se siente la noche

aunque no se la vea, sigo creyendo verla

una y otra vez en todas las mujeres.

Y en el insomnio con el humo del cigarrillo

escribo su nombre y escucho su voz en el aire.

La Maga, dadora de infinito, era la clave,

el centro que tanto había buscado

y que perdí sin saber que ya lo poseía.

 

 

 

RECOLETA 

 

Ahora que sus labios están

a diez mil kilómetros de distancia,

a un vuelo de avión y un desfase

horario de cuatro horas,

escribo en esta tarde de noviembre,

que añora una primavera

vestida de mujer en Buenos Aires.

Escribo pensando que estoy allá

caminando en busca de lo perdido,

por los tristes edificios de Recoleta

para comprobar si hay algo

que perdura de aquel beso

sin más testigos que la lluvia,

sabiendo que cada beso

es el primero

y el último.

Miguel Rollón (Madrid, 1963). Ha participado en diversos festivales Internacionales de Poesía en España, Colombia, Paraguay, Venezuela, Argentina y Méx ... LEER MÁS DEL AUTOR