Voz devastada de palabras
FRONTERIZOS (3)
Néstor Mendoza
La consagración de los padecimientos como un triunfo posible en el poema. El cuerpo del poeta, pieza prescindible, pasa a segundo plano. Resurgen los viejos hábitos del malditismo literario. Pero no ese malditismo leído escuetamente en textos sobre simbolistas franceses. Presenciamos las maneras de vivir y de escribir en una ciudad latinoamericana, capital de la República, Bogotá; altiplano de ocho millones de habitantes, donde parece ocurrir de todo y especialmente en zonas alejadas del casco colonial y sus adoquines sueltos y su chicha artesanal, justo cuando aparecen los barrios donde el servicio sanitario obvia algunos montículos de basura, donde se empiezan a ver los dealers; y más abajo, los cuerpos, transversales cuerpos; el brillo de los postes que se confunde con la fulguración del neón, los «jaladores» y las esquinas añejadas con micciones y su poder corrosivo. Una ciudad que con igual ímpetu atrae y aleja. Una sociedad pre-pandémica que, poco a poco, no se sabe cuándo, retomará el viejo curso. Pero hemos venido a hablar de un poeta bogotano, cuya escritura, de semblante imaginativo, cubre casi todas sus voluntades. A Mauricio Contreras Hernández (1960) lo he visto sólo una vez. Lo vi en la puerta de su casa, aunque no era precisamente él sino su desconfianza. Dos libros suyos me acompañan y trato de generar eslabones con su propia tradición colombiana. En su escritura hay ángeles, el extravío como otra fábula urbana, cuerpos recreados para que existan de otra manera, con elegancia y en algunos casos con deliberado desaseo. El poeta apuesta por la devastación, la aniquilación de ciertos espacios del poema: para ello emplea una temática que varía, que desvaría, que se erotiza y erotiza (vean allí los cuerpos deseados y los cuerpos leídos). Como todo poeta que se arriesga, hay elevaciones y caídas. No es un poeta-monumento. Hay poemas con fisuras (¿las fisuras son parte de su poética?). Contreras quiere construir una casa en el poema, violentada pero habitable. Lo dice en no pocos poemas, en no pocos libros. En sus poemas alguien grita, alguien cae y alguien se marcha. En su poesía existe un esfuerzo por reflexionar sobre el propio oficio de poeta, sobre el hombre que vive en la actualidad, sus degradaciones y aspiraciones. Y todo esto lo hace con reserva, como si descreyera o creyera a medias, como un método para vincularse con el entorno. Él se apodera del mundo (su casa, sus gustos y sus vicios, en fin, todo aquello que han llamado «personalidad»), esa parte del mundo que le corresponde.
POÉTICA CON AUTORRETRATO
qué hace
este hombre de cuerpo magro
galopando sin cesar
una máquina que canta
qué calla
qué busca
qué halla
esa voz devastada de palabras
o acaso
el afán es nuestro
y el hombre de cuerpo magro
no galopa
no tiene boca
no busca
no halla
y sólo el tormento
su danza
su danza
nuestra danza
IV
racimo de abejas
el sol
aguijón ahí
bajo la piel
donde gorgotean
dolorosas necesidades
tumbado en la oscuridad
como un condenado que se embriaga
doy voces reclamando una muerte rápida
el delirio anticipa
el goce del tormento que me gasta
detenido en el umbral de las miradas
este animal me conduce hasta tu acequia
donde lavo mis labios de frutos ácimos
***
Veo un niño que levanta la piel del mar como quien busca un juguete extraviado en los intrincados laberintos que se despliegan tras las puertas del armario o bajo la cama, desde donde vigila y ordena el mundo que se ve grande y confuso.
Allí, en ese acto máximo de ingenuidad se revela el misterio de lo simple. La pregunta que no tiene respuesta desde la razón elaborada, sólo desde la mirada más limpia que es capaz de acariciar la realidad desnudando los arcanos como quien pela una naranja.
SEBASTIAN Y SUS LEBRELES CORPORALES
Ahí está de nuevo.
Adivino su presencia tras las cortinas de la ventana
que permanece cerrada.
Me vigila con insistencia me busca me encuentra.
Sé que quiere acariciarme
pero no me dice nada.
En la casa me repiten que no hable con extraños,
vive cerca y todas las mañanas nos cruzamos.
El aroma del perfume que usa me trastorna,
su mirada acezante me sonroja y apuro el paso para alejarme,
pero quisiera quedarme.
Cómo cansan diez y seis años.
¿Por qué no me habla?
¿Cómo debo comportarme?
Sólo miradas.
Saetas como lebreles lamiendo mi costado,
cosquilleo que sube por mi espalda.
LA MUERTE HUYE DEL AROMA DE LA ALBAHACA
Hace pocos días
las ramas de los ciruelos se doblaron
bajo el peso de la luz de este verano.
Mi abuelo yace tirado en mitad de la sala
y odio a mi tía que pretende arrancarme lágrimas,
a fuerza de asustar con el infierno mis nueve años.
La muerte,
contundente como el peso de la luz de este verano,
es mitigada en las cocinas
con el aroma de la ruda
el cidrón el toronjil la albahaca.