Martín López-Vega

Egipcíaco

 

 

 

 

OTRO ENSAYO SOBRE EL DÍA LOGRADO

Cántame la canción del día logrado.
Peter Handke

 

A los seis años, el día logrado

es conseguir que el grillo salga de su madriguera

para robarle su canción.

 

A los siete, bola, pie, matute y gua.

 

A los ocho, quedarse en el mar

hasta que se te arrugan las yemas de los dedos.

 

A los nueve, situar en el mapa

los ríos del mundo, las altas montañas

que hasta entonces eran solo nombres

errantes en la pangea de tu imaginación.

 

A los treinta, ser el dueño de una ciudad,

tener un libro prestado, ser amigo de una mujer.

 

A partir de los cuarenta,

no habrá día logrado que no pase por sobreponerse.

En su caso, en su ahora, ¿cómo se sobrepondrá

a que ella ya no esté? ¿Cómo alcanzar

el día logrado si ni un día pasará en que no piense

en su sonrisa cuando lo descubría espiándola

tras el cristal de la imprenta, en tomarla de la mano

para caminar entre la nieve, en su forma exacta

de traducir un verso, de saber antes que él

lo que él mismo necesitaba? Vamos, sobreponte;

es lo que toca ahora. Llegó el laberinto

y perdido cada uno en un recodo diferente

de la oscuridad no hubo manera de seguir

el rastro de los parasiempres. Y ahora

no hay día en que no vuelva a algún rincón del pasado

solo para que quien él fue pueda reencontrarse

con quien fue ella.

 

Si como dicen los antiguos

su cuerpo aquí

es luz coagulada

¿por qué ya no quema?

 

Sobreponerse es el verdadero leitmotiv;

está escrito en ese libro que Dios dictó a sus secretarios.

Ahí se explica:

creó antes que nada a los monstruos marinos,

y serpientes poco después, y solo más tarde al ser humano

(al hombre, dicen las traducciones de época),

para que viviera siempre amilanado,

y puso un árbol del que le prohibió comer

para atemorizarlo aún más,

y la tierra de Havila donde había oro

para que se tuviera que sobreponer a la codicia

de algo absolutamente innecesario en el Edén,

es de suponer, aunque quizás los mercaderes

hubieran montado ya sus chiringuitos,

o Dios inventó el mundo para ser su tratante,

cualquiera sabe. Y cuando aquellos dos optaron

por ser libres y probar la fruta del árbol de la ciencia,

puso enemistad entre el hombre y la mujer

(fue él, el muy cabrón) y les dijo: «con el sudor de tu frente

te ganarás el pan» (y ¿cómo sabrían ellos

lo que era el pan? ¿Quién era el panadero del paraíso?

Para ser un libro tan famoso, la Biblia

está llena de incoherencias narrativas).

 

Cada día ya será sin ella,

sin su risa rara y por ello tan añorada,

sin su mohín torcido, aquel con el que se retrató

a sí misma y a Jacob para el curso de cómic.

Y cada día será sin saber

si ha dibujado con el mismo gesto

a Chester, el jack chi que adoptó sin elegir mucho,

y sin saber cuál será su corte de pelo,

ni si habrá sido ella misma capaz de sobreponerse

a todos los miedos y a todos los fantasmas.

 

Y cada día logrado la incluirá de alguna manera,

no solo porque lo será si se sobrepone a su ausencia,

sino porque ella estará siempre en gestos,

en preferencias aprendidas, y será por ella

que abundarán los días que serán como aquellos

primeros de invierno en la ciudad nueva,

cuando el sol brillaba pero el mundo estaba helado.

 

Para crear un primer día logrado

se apuntó a un cursillo de mosaicos. Piensa que su torpeza

le dará la excusa perfecta para probar algo

que le exija atención y paciencia, tan esenciales

para lograr los días. Ha venido a aprender sobre sí mismo.

 

Lo primero es elegir el material: porcelana, piedra,

trozos de conchas, horas de otra vida, vísceras arrancadas,

muchas cosas sirven para hacer un mosaico.

 

Después viene lo realmente difícil: seleccionar el motivo.

Lo normal es optar por uno ya probado, copiar

a un viejo maestro; si decides ir por libre

te habrás puesto en camino, pero recuérdalo:

estarás siempre solo. Y elegir y sostener la elección

requiere fe; asegúrate de ser capaz para la fe.

 

A continuación hay que romper el material escogido

para formar las teselas; a partir de cierta edad, piensa él,

el material, elegido o no, estará ya roto de antemano.

 

Esparce la mezcla aún seca con una espátula

y deja espacio para el estuco;

recuerda el kintsukuroi, es importante que entre

tesela y tesela la cicatriz brille, mas nunca caigas

en el error de pensar que lo importante es la herida.

 

Prepara la mezcla para el estuco, aplícalo

y deja que se fije,

y después usa un barniz para protegerlo

y que brille como le corresponde.

El azul y el dorado

le darán un aire bizantino y memorable;

resérvalo para cuando el día se logre.

 

Su mosaico es un desastre, pero eso era previsible.

Y ha perdido más paciencia de la que ha encontrado,

o ni siquiera; más bien la pereza de siempre

ha hecho que de nuevo todo le dé un poco igual.

 

Pero cada tesela le recuerda algo de ella;

y se promete que rezará cada mañana

una oración por el día logrado de ambos.

 

Una oración en la que estén

la compota de manzana y los pluots,

los libros comprados tras un paseo por North Gilbert,

el gato eslovaco, el agua de la fuente y la higuera,

Chester, cada paso juntos, cada espera mutua.

 

Una oración en la que el kintsukuroi

serán todas estas lágrimas y las teselas

cada segundo juntos, imborrables y afilados.

 

Y también en días no señalados

(incluso en días logrados) llorará sin consuelo

por la vida que no supo ser.

 

¿El día logrado? También eso llegará.

 

 

 

 

TEMA DE REDACCIÓN

In memoriam José Antonio Pérez Luengo,
«Toño’l maestru»

 

Más me valía haberles preguntado
de qué color es la primera nieve.
Grete Tartler

 

En el pupitre que daba al ventanal, Lolo

arrancaba las alas a las moscas

que luego se paseaban sobre la madera

súbitamente peripatéticas.

 

Mientras, el maestro descubría en su cartera

hojas arrancadas al cuaderno

con los nombres de todas las niñas de clase

encabezando sus retratos desnudas

a la manera de las mujeres que había visto

en los Interviús que su padre almacenaba en el garaje.

Nunca volvió a dibujar. La maestra anterior

le había metido en la bañera con su hija

después de cortarle las uñas; entonces

no sabía aún lo que era una mujer,

pero sabía muy bien lo que era la vergüenza.

 

Sin hacer mucho caso de nada,

en el cuarto cerrado

las ratas recortaban a mordiscos

las costas de Australia en un mapa.

 

El maestro anotó en el encerado

un tema de redacción: «la felicidad».

Pensó que era muy complicado.

Le dio permiso para terminarla en casa.

Cuánto tiempo tenía para entregarla,

quiso saber. Toda la vida, fue la respuesta.

 

Tardó mucho en escribir las primeras palabras.

Primero pensó que su respuesta requeriría un sistema.

Después recurrió al aforismo,

incluso a la enumeración caótica:

descubrió las cosas que le hacían bien,

aprendió a cuidarse.

Pensó que eso sería lo que tenía que contar:

que la felicidad eran mujeres y ciudades y libros.

 

Miró por encima del hombro las redacciones

de sus compañeros de clase:

uno aplicaba una fórmula,

otro asumía una vocación.

La más elaborada explicaba cómo un compositor

había dispuesto en una partitura

que pasados el andante, el scherzo, el poco adagio

llegase lo que se conocía como música prohibida,

que no podía ser interpretada pero cuya duración

debía ser respetada en silencio. Esa música prohibida

que debe ser escuchada en silencio es la felicidad,

concluía. Será buena poeta,

pero tendrá una vida desdichada,

murmuró. Pero pensó que después de todo su respuesta

no estaba aún madura, y seguía sin entregarla.

Su instinto tendía a la verdad y la belleza,

pero no sabía qué pensar de la felicidad.

 

Recuerda el día que descubrió que la felicidad

es lo único que al compartirse se multiplica.

Estaba seguro de que semejante hallazgo

le haría merecedor de un premio Nobel

de medicina. Luego llegó a la conclusión

igualmente provisional

de que más que ser feliz

importa ser capaz de atravesar el dolor,

ser uno entero en la soledad.

 

Su redacción seguía sobre la mesa.

Hacía mucho tiempo que sus compañeros

habían entregado la suya y habían comenzado sus vidas.

El maestro le dijo que se veía obligado

a someterle a un examen final.

Las preguntas eran:

1) Lo que es bueno; 2) lo que es malo;

3) lo que es pesado; 4) lo que es leve.

 

Buena es la libertad. La mermelada de higo. Roma.

La ausencia de dolor. La ropa que huele a limpio.

Encontrar un amigo. No perder un tren.

Los dos primeros meses de un amor.

 

Malo es el remordimiento. Ser incapaz de no hacer daño.

La guerra. Descubrir tarde las cosas importantes.

Los poemas poéticos. La muerte de los otros.

 

Pesada es la obligación de decir siempre la verdad.

Una piedra en medio del camino.

Un cuerpo en el universo. Olvidar

las vidas pasadas. La incapacidad

para cualquier clase de fe.

 

Leve es un velero en el horizonte. Hacer

cuanto te apetece. El aire. Una castaña

sobre la colcha. Jugar. La risa.

Creer una mentira por hacer bien a alguien.

 

Hubiera sido mejor preguntarte

cómo llegar a la Atlántida, bromeó el maestro.

Cuando por fin llegase, acabaría de irse

a quienquiera que fuese a buscar, replicó. Sonrió

con media boca y le dio la nota: aprobado raspado.

Si quieres, vuelve en septiembre, añadió.

Pero él ya iba camino de una Atlántida distinta,

 

a lo mejor prohibida, a lo mejor abierta,

de una puerta dorada no se sabe dónde ni cuándo.

 

 

 

 

RÚ YÌ

 

 

La hierba que crece en los tejados.

 

El jade de un viejo poema.

 

El olor de la tinta en Fuzhou.

 

La estela de los mil budas.

 

Los primeros brotes de té de la temporada.

 

El sudor en tu espalda.

 

El jardín donde no pudimos entrar.

 

 

 

 

-Martín López-Vega
Egipcíaco
Colección Visor de Poesía
España, 2021

 

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Martín López-Vega (Póo de Llanes, Asturias, 1975). Es autor de numerosos libros, entre los que destacan Árbol desconocido (2002), Adulto extran ... LEER MÁS DEL AUTOR