Louise Gluck

La tristeza de Circe

 

 

(Versión al español de Isaías Garde)

 

 

Santas

En nuestra familia hubo dos santas,
mi tía y mi abuela.
Aunque sus vidas fueron diferentes.

La vida de mi abuela fue tranquila, incluso en el final.
Como alguien que va sobre aguas calmas;
por alguna razón
el mar no podía lastimarla.
Cuando mi tía tomó ese mismo camino,
las olas rompieron sobre ella, la atacaron,
así es como el destino reacciona
ante una verdadera naturaleza espiritual.

Mi abuela era cautelosa, conservadora:
así escapaba del sufrimiento.
Mi tía no escapaba de nada;
cada vez que el mar se retira, se lleva a alguien amado.

Con todo, ella no sentirá
que el mar es maligno. Para ella, es lo que es:
donde toca la tierra, debe convertirse en violencia.

 

 

Sirena

Me convertí en criminal cuando me enamoré.
Antes de eso era camarera.

No quería irme a Chicago con vos.
Quería casarme con vos, quería
que tu esposa sufriera.

Quería que su vida fuese una obra de teatro
hecha de partes tristes.

¿Puede una buena persona
pensar de esta manera?

merezco el crédito de mi valentía-

Me senté en la oscuridad ante tu puerta.
Todo estaba claro para mí:
si tu esposa no te dejaba ir,
eso probaría que no te amaba.
Porque si te amaba,
¿cómo no iba a querer que fueses feliz?

Ahora creo que, con
menos sentimiento,
yo hubiera sido una mejor persona. Yo era
una camarera de las buenas,
podía llevar hasta ocho copas a la vez.

Solía contarte mis sueños.
Anoche soñé con una mujer sentada en un ómnibus oscuro-
Ella lloraba, el ómnibus
comenzó a alejarse. Ella saludaba con una mano.
Con la otra acariciaba
una caja de huevos llena de bebés.

El sueño no salva a la doncella.

 

 

La decisión de Odiseo

El gran hombre vuelve su espalda a la isla.
Ya no morirá en el paraíso
ni volverá a escuchar
los laúdes del paraíso entre los olivos,
ni junto a las claras fuentes bajo los cipreses. Ya
es tiempo de que vuelva a escuchar la cadencia del narrativo
mar, al alba, cuando su influjo es más fuerte.
Lo que nos trajo hasta aquí
nos llevará de aquí; nuestra nave
se mece sobre las tintas aguas del puerto.
Se terminó el hechizo.
Devuélvelo a su vida,
mar que solo puedes marchar hacia adelante.

 

 

La tristeza de Circe

Finalmente, me di a conocer
a tu mujer como
corresponde a un dios, en su propia casa, en
Ítaca, una voz
sin cuerpo: ella
detuvo su tejido, y movió su cabeza,
primero hacia la derecha, después hacia la izquierda,
aunque sin esperanza, por supuesto,
de asociar ese sonido
con una fuente concreta: dudo
que ella vuelva a su telar
sabiendo lo que sabe ahora. Cuando
la vuelvas a ver, decile
que es así como un dios se despide:
Si estoy en su cabeza para siempre,
estaré en tu vida para siempre.

 

 

El poder de Circe

Jamás convertí a nadie en cerdo.
Algunas personas ya son cerdos; yo hago
que lo parezcan.

Estoy harta de tu mundo
que permite que lo exterior disfrace lo interior. Tus hombres no eran malos;
una vida sin disciplina
los hizo así. Como cerdos;

bajo mi cuidado,
y el de mis damas,
llegaron a dulcificarse.

Entonces revertí el hechizo, para mostrarte tanto mi bondad
como mi poder. Veía

que podríamos ser felices aquí,
como lo son los hombres y las mujeres
cuando sus necesidades son simples. Al mismo tiempo
vislumbré tu partida,
tus hombres, con mi ayuda, afrontando
los embates del clamoroso mar. ¿Pensás

que me perturban unas pocas lágrimas?. Amigo mío,
toda hechicera tiene
un corazón pragmático; no ve lo esencial quien no puede
afrontar las limitaciones. Si sólo hubiera querido retenerte,

te hubiera mantenido prisionero.

 

 

Parábola de la paloma

Una paloma vivía en un pueblo.
Cuando abría la boca
surgía una dulzura que sonaba
como una luz de plata
alrededor de la rama del cerezo. Sin embargo
la paloma no estaba satisfecha.

Veía a los aldeanos
reunidos para escucharla bajo
el árbol floreciente.
Jamás pensó: Estoy
Más arriba que ellos.
Quería caminar entre ellos,
para experimentar la violencia del sentimiento humano,
y en parte también para mejorar su canción.

Así es que se hizo humana.
Encontró pasión, encontró violencia,
Primero combinadas, después
como emociones separadas,
que no podían ser
contenidas por la música. Y
su canción cambió,
las dulces notas de su anhelo por volverse humana
se amargaron y se aplanaron. Entonces

el mundo se desdibujó; la mutante,
derribada del amor
como de la rama del cerezo,
cayó manchada con el sangriento
fruto del árbol.

Al final es verdad, y no meramente una
una regla del arte:
cambia tu forma y estarás cambiando tu naturaleza.
Eso es lo que hace el tiempo con nosotros

 

 

Aubade

El mundo era muy grande. Además,
pequeño. Oh
muy pequeño, tan pequeño
que cabía en un cerebro.

Sin color,
todo espacio interior: nada
entraba ni salía. Aunque el tiempo
de todos modos se filtraba, esa
era la dimensión trágica.

Si no recuerdo mal, por aquellos años
yo me tomaba el tiempo con mucha seriedad.

Una habitación con una silla, una ventana.
Una ventana chica, cubierta con los formas que la luz dibujaba.
En su vacío, el mundo

Siempre estaba completo -sin
nada fragmentario-, con
el yo en el centro.

Y en el centro del yo,
un pesar al que creía no poder sobrevivir.

Una habitación con una cama, una mesa. Reflejos
de la luz en las superficies desnudas.

Yo tenía dos deseos: deseo
de seguridad y deseo de sentir. Como si

el mundo estuviera
decidiendo contra la blancura,
por desdeñar lo potencial
y desear en su lugar la sustancia:

paneles
de oro donde la luz golpeaba.
En la ventana, las hojas
rojizas de la haya cobriza.

Más allá del reposo, hechos, objetos
confundidos o entretejidos: un lugar

donde el tiempo se agitaba,
clamando por ser tocado, por hacerse
palpable.

La madera pulida
brillando en sus detalles-

y entonces yo era otra vez
la niña ante la riqueza
y no sabía de qué estaba hecha la riqueza.

 

Louise Gluck Es una poeta americana de origen judío húngaro. Nació en Nueva York y creció en Long Island. Su formación académica comienza en la Geo ... LEER MÁS DEL AUTOR