José Luis Díaz-Granados

Pequeña elegía  y otros textos

 

 

JÚBILO

No faltarán palabras para cantar el júbilo,
siempre tendré un murmullo.
Para abrir el silencio,
para herir la clausura de la noche
siempre tendré en mis labios un balbuceo,
un canto, una balada,
nunca un eco que roce mi boca o mi destino.
Nunca vendré de nadie para alabar tu cáscara,
sobrarán los instantes para besarte íntegra.
No faltarán las sonrisas
ni goces en las ceremonias improvisadas.
Todo se hará a su tiempo y será pronto.
Ahora abandonémonos a este ocio invisible.

 

 

LA FIESTA PERPETUA

Mi historia está llena de silbidos y dédalos,
de voces y de veces, de jodidas preguntas,
de estaciones narradas para un inventario
de cicatrices y de resonancias.

Mi historia es una casa que envejece
con sus recintos intactos. Mi historia
es un cuerpo que habita entre estupores
y una boca que incendia las palabras
cuando bebe el amor. Mi historia debe ser
un banquete,
una fiesta perpetua
donde conviven el duende y el disturbio.

 

 

LA NUEVA CASA

El exilio es una nueva empresa,
un nuevo oficio.

Los flamantes compañeros
parecen viejos
que acabaran de nacer.

Todo es nuevo.

Hay nuevos modos de reír
y de llorar.

Hay otro estilo
de meter la pata y de cortarse el pelo.

Todo es reciente,
inédito, curioso,
impertinente, extraño, sorpresivo.

El exilio es una casa enjuagada,
con una ventana
y dos puertas.

 

 

LAS PALABRAS

El niño Sartre me enseñó su parábola
Una noche, a través de millares
De piedrecitas plateadas.

No cabía en mi cuerpo de diecisiete años
Tanto júbilo claro y oscuro y culminante.

Cada palabra de Las palabras era una piedra
De plata, pero también una gota de lluvia,
Una brasa en la nieve y una uva.

Al amanecer, estaba embriagado de campanas.

 

 

MATRIMONIOS

Me casé dos, tres veces. Fue en el siglo
Pasado. Con cada mujer escribí libros, poemas.
Escribí libros y letrillas. Con cada una de ellas
Bebí y viví rones y estancias. Crucé en navíos
Los insondables lagos, extraviados
De todo el mundo y de nosotros mismos.

Éramos fábricas de sangre y de cansancios.
Éramos a la vez perfumes y batallas,
En danzas de alboradas aún llenas de estrellas.

Me casé dos, tres veces. Y tal vez fui feliz
Porque ahora es de miel y leche puras
La tinta con que escribo estos silencios.

 

 

PELDAÑOS

Me veo vivir
subiendo una escalera.

En un peldaño hay una espada,
en el siguiente un aguijón,
en el ulterior un gato
y luego veo una cerradura.

¿En qué peldaño saldrá el sol?

 

 

PEQUEÑA ELEGÍA

Has desertado en silencio de tus sueños y tus voces
Exiliado voluntario de este amanecer lleno de noches,
Desde una altura invisible nos miras sin mirarnos.
Eras, hermano mío, yo convertido en otro,
Como si me hubiese contemplado durante muchos años
En un cuerpo, en un rostro, en unos ademanes
Que se llaman Felipe y que se han ido.
Un hálito sin música se llevó el tono de tus signos
Y yo busco en mí mismo, dentro de mi fuego arterial,
Algún gesto, algún ritmo, algún grito que detenga tu vuelo.

 

 

POEMA CERO

Hay hombres que cazan lagartijas con una mano podrida.
Hay hombres que beben miel en el mar para calmar la sed.
Hay quienes se ocultan en la transparencia para defecar.
Hay hombres que duermen en el fango para ver crecer los helechos.
Hay quienes no salen de su casa para poder viajar.
Hay hombres que no aman por temor a naufragar en alma ajena.
Hay hombres sin patria que padecen la despierta pesadilla de la suya.
Y hay quienes cantan en silencio desde el escondite de su tedio.

 

 

SAUDADES

(Invierno aún golpeando en primavera).

Viendo y oyendo a Charles Aznavour
En La Habana, al filo de la medianoche,
Mientras estallan olas contra el Malecón,
Veo y escucho sordas oquedades
Y siento vuelos y palpo rupturas,
Tantas, que siento que la noche es sol
De cielos rojos y Bogotá es París
De tiempos idos, tiempos aturdidos
Que ahora son sólo sueños, sólo sueños,
Sólo sórdidos sueños o suspiros.

 

 

SILENCIO Y MEMORIA

I

No tengo miedo, nunca tengo miedo,
Porque está aquí mi padre.
En la sala, leyendo, mi padre.
Entrando por la puerta,
Colocando el sombrero en el perchero,
Saludando a mi madre, mi padre,
Escuchando, escuchándome,
Contemplándome el sueño, mi padre.

 

2

Hace cuatro décadas se convirtió en poema.
Entre los naranjales y las palmas
Sus manos blancas y orgullosas
Saludaban o se despedían
Y sus ojos melancólicos, rotundos,
Miraban algo escépticos
El fulgor delirante de la tarde.

 

3

Ahora no sé si duerme en algún sótano
Donde el mar aletea tal vez llamándolo,
O si libra un combate en orbes locos
Mientras su rostro invisible es la semilla
De una nueva estación o de una estrella.

 

4

Su recuerdo es verano y es océano
Y es arcilla y es nieve y es ciudad,
Y es ese rostro único, esa figura única,
Ese padre que veo entre estas letras
Que me bebo entre lágrimas
Mientras contemplo su sueño
Y me aproximo a él con pasos lentos.

José Luis Díaz-Granados (Santa Marta, Colombia, 1946). Poeta, novelista y periodista. Muy joven, a los 22 años, publicó su primer libro de poesía, El laberin ... LEER MÁS DEL AUTOR