Jorge Valdés Díaz-Vélez

Materia del relámpago

 

 

 

Sur

La medida del hombre es el desierto.
El desierto y el hombre son lo mismo.

No hay ruta o soledades que le dicten
el pulso de las horas, no hay destino
en esa libertad sobre la arena.

Su palabra es el viento cuando vuelve
al sur del corazón envuelto en llamas.

Y es murmullo que habita su memoria.
Y es enjambre de estrellas en tus labios.
Y es la viva conciencia de estar solo.

 

 

Latitud

Para Juan Gelman

Tan de pronto, de golpe, sin apenas
vestigios de su sangre entre mis yemas,
las cosas van perdiendo su sentido.
Mudan de piel y espinas las palabras,
igual que los recuerdos de los parques
han dejado de ser lo que antes fueron
razón, mito y verdad. Creció el verano
pluvial sobre los árboles, la música
vuela con ellos a otra tierra. Intento
escucharlos partir, pero ya es tarde
también para los pájaros y el trueno
que dio a la habitación su geometría
evaporó su rastro. Nada queda
del relámpago herido. Ni un efímero
despojo de mi sombra está en el aire.

 

 

Parque México

Un dulce olor a primavera
entró al crepúsculo sin sombras.
Cuerpos de joven insolencia
van abrazados a otros cuerpos
debajo de las jacarandas.
Han empezado a florecer
antes de tiempo. Morirán
también sus pétalos muy pronto,
memoria en ruinas del verano
su sangre aún por reinventarse.
Pero hoy me muestran su belleza
con certidumbre, la esperanza
del resplandor violáceo y tenue
de su fugacidad perpetua.
Se adelantó la primavera.
Llegó de súbito su aroma
como la luna entre las ramas
y este dolor al fin del día.

 

 

Negro sol

-et mon luth constellé
Porte le soleil noir de la Mélancolie.
Gérard de Nerval

Nadie nos dijo que sería
fácil andar sobre esta tierra,
que los senderos a la muerte
son un atajo hacia su cúspide,
o que el dolor del alma hiere
las soledades que nos restan.
No hubo advertencia en los antiguos
nombres de la melancolía.
No eran presagio: «bilis negra»,
«tristeza sin raíces», «duelo
frente a una pérdida intangible».
Pesa la tarde en el sentido
de su cancelación. El nuestro
nos lo ha enseñado un sol más duro
y hemos tenido que aprender
a caminar con él a cuestas.

 

 

Materia del relámpago

Calculaste al detalle cada paso,
sutil, desde hace siglos. Finalmente
tu esposo está de viaje y tus pequeñas
se fueron a dormir con sus abuelos.
Así que ahora estás sola y con euforia
te has vuelto a maquillar y te has vestido
de negro riguroso y perfumado
tu mínima porción de lencería.
Estás temblando, te dices, pero nada
te hará volver atrás. Miras tu imagen
alzada en los tacones, desafiante.
Tú y la noche son jóvenes y hermosas
como una tempestad que se aproxima.

 

 

Rosa náutica

Abro tu sexo, enmudecido
hiendo el dulzor que se incorpora
en suave punta roma. Nuestro
silencio a tientas lo rodea,
lo vuelve único en la bóveda
de su vocablo y tu blandura.
Desde muy lejos tú me miras
al contemplarte y algo dices
tras las columnas de tus piernas
abatidas. Fuera de ti
no hay otro tímido temblor
de gota en vilo. Un leve roce
mueve tus labios: luz eréctil
que parte en dos lo que define
mi lengua, el óvalo verbal
que beberás de mí en tus besos.

 

 

Naturalezas vivas

Duermes. La noche está contigo,
la noche hermosa igual a un cuerpo
abierto a su felicidad.
Tu calidez entre las sábanas
es una flor difusa. Fluyes
hacia un jardín desconocido.
Y, por un instante, pareces
luchar contra el ángel del sueño.
Te nombro en el abrazo y vuelves
la espalda. Tu cabello ignora
que la caricia del relámpago
muda su ondulación. Escucha,
está lloviendo en la tristeza
del mundo y sobre la amargura
del ruiseñor. No abras los ojos.
Hemos tocado el fin del día.

 

 

Aquel Ahora

Las posibilidades de volverte a encontrar
eran remotas. Una entre un billón. Y habiendo
infinitos lugares dispersos por los números
de un cálculo improbable, quién imaginaría
que te iba a ver en esa cantina, transformándote
en luz de aquel entonces feliz, o eso quisieron
creer años atrás aquellos dos que fuimos.

Estabas allí, tú de pronto y sin aviso
previo, con una tímida sonrisa, recargada
en el hombro de un tipo de aspecto deleznable
que podría haber sido yo. No reconociste
mi rostro entre la gente del bar. Aunque tal vez,
supongo, pretendías saber adónde y cuándo
miraste mis facciones, en qué sitio más joven
hiciste un alto, bajo qué extrañas circunstancias
coincidiste con alguien que se me parecía
de lejos. Pero no recordaste, si acaso
lo intentabas, a quien le prometiste un sueño
que no ibas a cumplir, cuando nos despedimos
tras una ventanilla. De vuelta en este ahora,
tu cara era la misma donde vi el resplandor
del ángelus y el tacto de un crepúsculo gris
y hermético. Llevabas rubor en las mejillas
y el cabello más negro que alguna vez tocaron
mis manos por el valle lunar de tu cintura.

La bienaventuranza fue nuestra compañera
de viaje a las estrellas tan próximas al hambre
de nuestros corazones y su dolor difuso.
Era la edad del bronce pulido de tus pechos.
Las noches fueron lentas palabras inaudibles
del mundo que brotaba sin encajes. Bebíamos
la vida entre los versos de una poeta árabe
y bailaba desnuda la luz en la terraza.

Tú entonces te encendías y el viento iba contigo
por algún callejón a sórdidas tabernas,
levantando tu falda minúscula, mostrándome
las rutas que de súbito me alzaban al misterio.
Sin duda eras feliz de forma ingobernable.
También lo fui. Lo fuimos. Te dije, lo recuerdo
como si fuera ayer, que un dios haría suyos
los rasgos de tu nombre y el vino tu sabor
de almendra y paraíso. Sigues igual, incluso
me has parecido más hermosa, quizá menos
alegre que la imagen que de ti conservé
todo este tiempo en vano. Detrás de tu mirada
no encontré el resplandor de aquella chica insomne,
sino una palidez ceniza de rescoldos
que aún parecen guardar el vértigo del fuego.

No puedo asegurarlo. Y ya tan poco importa.

Jorge Valdés Díaz-Vélez (Torreón, Coahuila, México, septiembre, 1955). Ha publicado dieciocho libros de poesía. Los más recientes son: Parque México LEER MÁS DEL AUTOR