Jorge Carrera Andrade

El hombre planetario en su viaje de regreso

 

Por Ivonne Gordon Carrera Andrade*

No hay regreso.
Pero existen algunos movimientos
que se parecen al regreso
como el relámpago a la luz.
ROBERTO JUAROZ

Jorge Carrera Andrade es considerado como uno de los poetas más destacados de la poesía ecuatoriana y latinoamericana del siglo veinte. Su afán por la renovación de la lírica de los años treinta, su participación en la vanguardia, su rica y extensa obra literaria hace de este poeta una marca importante en la poesía latinoamericana. Fue testigo del nuevo siglo tanto en su patria como en el resto del mundo. Presenció apasionadamente los eventos que vivió́ su país, desde la inmolación de Alfaro, la masacre de junio en Guayaquil, el velasquismo, hasta los últimos eventos que los contempló desde su vejez. Vivió́ los eventos que transformaron el siglo xx, fue testigo de la dialéctica entre el devenir histórico de este nuevo siglo y la esencialidad del ser humano, pudo presenciar estos cambios y preguntas esenciales en lugares claves como Francia, Alemania, España, China, Japón y los Estados Unidos. Su poesía refleja este testimonio de los cambios del nuevo siglo donde la industrialización y la velocidad se impusieron en esta nueva visión del mundo. Vivió́, y viajó fuera de su país natal por muchos años lo que le proporcionó otra perspectiva de su propio país y del mundo en general. Es quizás uno de los escritores ecuatorianos más conocidos en el extranjero. El poeta español, Pedro Salinas con quien estableció́ una larga amistad, considera a Carrera Andrade como uno de los más grandes poetas ecuatorianos del presente siglo.

La poesía de Carrera Andrade refleja una oscilación entre lo cotidiano y lo histórico. De esta manera, se integra como una faceta más a la multiplicidad de la vanguardia, rompiendo con el aislamiento. Me interesa demostrar al lector, la función del sujeto lírico de la poesía de Carrera Andrade y como a través del texto lírico va reconstruyendo una identidad basada en la memoria. Esta identidad propia particular ocurre tanto en lo textual como en lo cultural. La poesía carreriana no surge de la espontaneidad, sino de un profundo conocimiento de la memoria que reconstruye la identidad. La memoria no permite la distinción entre lo privado y lo público, se presenta como una experiencia colectiva a través del otro. El sujeto lírico que predomina en sus textos es un hombre común, solitario, moderno, urbano, desesperado por encontrar una identidad dentro del mundo que se desintegra. Para entender la poesía de Carrera Andrade desde esta perspectiva, necesito identificar dos aspectos esenciales y configurativos que reinciden en toda su obra poética: l. la búsqueda de la identidad a través de la memoria; 2. la función de la metáfora como mecanismo de enlace entre el tiempo presente que a su vez sirve como nexo entre el mundo «privado» y «público».

La memoria funciona como un elemento de la subjetividad. La obra poética de Carrera Andrade no es la apoteosis de la subjetividad, todo lo contrario, es la relación entre el individuo y la memoria colectiva. Como señala el crítico Iván Carvajal, «La experiencia de la soledad, de la incertidumbre, el rápido desvanecimiento de la identidad se presenta como una experiencia colectiva, universal»[1] El texto poético vuelve una y otra vez a la pregunta básica de quién soy: Mis venas son cuerdas / de un arpa cósmica / y mi ser está lleno de conciencia. (Quipos, XXV).[2] El sujeto lírico es aquel que tiene conciencia de sí mismo y de su contorno. Ha resuelto que el momento histórico está en el presente, y que debe recobrar la identidad a través de la memoria en el presente. Andreas Huyssen, un gran estudioso sobre este tema señala que:

La modalidad de la memoria es búsqueda (recherché) en vez de recuperación. El acto temporal de cualquier memoria es siempre presente y no, como alguna ingenua epistemología lo define como pasado, a pesar de que toda memoria de una forma inextrañable depende de un evento o experiencia pasada.[3]

Carrera Andrade es sin duda un poeta lúcido con una habilidad lírica que trasciende toda banalidad, su poesía refleja la relación análoga entre memoria y poesía como parte del presente, al mirar la complejidad y ambigüedad de la poesía a través de la memoria, nos provee una forma de poder llegar al texto mismo. La memoria es como una mirada al pasado en el presente, una mirada al interior, y al exterior, una mirada a todo lo que fue y sigue siendo. Veamos en los poemas titulados «Quipos» esta alusión a la memoria:

Intenté adueñarme del mundo

con escuadrones de palabras.

Sólo me queda

la memoria

de las tropas

aniquiladas

(«Quipos VIII»)

 

Qué tarde

comenzamos a vivir

qué tarde

empezamos a aprender

y cuando

principiamos a saber

ya nos llega

el momento de morir.

(<<Quipos XXII>>)

Los poemas pertenecientes a «Quipos» ahondan en este entender de la memoria. Es por eso que el sujeto lírico comienza a aprender cuando ya llega «el momento de morir». La memoria tiene una doble función: primero trata de recuperar las sensaciones, hacer que los cinco sentidos vuelvan a recordar, pero más tarde sirve de velo, y ese velo nos separa de lo que en realidad somos. Esa gasa entre ser y no ser es lo que crea la incertidumbre, el aislamiento, y por ende la soledad:

La soledad y el silencio

llegan a entenderse un día.

Encarcelan al lenguaje

en la más oscura cripta.

De pronto nos encontramos

en una extensión vacía

sin poder nombrar las cosas

solos, sin sombras amigas.

(<<Nadie», vv. 1-8>>)

La soledad y la falta de lenguaje son lo que revela el ensimismamiento del ser humano moderno. El silencio en este poema no es el que lleva al ser humano a un plano espiritual de autoconocimiento, este silencio es el que se crea alrededor del hombre moderno enajenado de su contorno. La falta de lenguaje funciona como la memoria, en las palabras de Julia Kristeva, «la memoria le da al lenguaje la función de filtro que se siente (in absentia) mientras que al mismo tiempo se lo marca en ‘presencia’».[4] Esa presencia marca los sentidos y crea sensaciones en el recuerdo como los versos pertenecientes al poema «Vocación del espejo»

Cada silla se alarga en la noche y espera

un invitado irreal ante un plato de sombra

y solo tú, testigo transparente,

una lección de luz repites de memoria.

(<<Vocación del espejo», vv. 9-12>>)

El espejo en este poema tiene la funcionalidad de revelar al «otro», aquel que es testigo en el momento mismo del reflejo del espejo, aquel que es el testigo presente de la memoria. En toda la producción lírica de Carrera Andrade abunda la autorreflexión. Esta aumenta mediante dos elementos, primero, la relación entre el presente, entre ser testigo de aquello que está y que no puede ser visto, segundo, esa ausencia crea sensaciones en el lector, sensaciones de luz, de ser testigos, de ser invitados irreales que se convierte en lensamiento. En la colección de poemas de «Quipos» y en la mayoría de sus textos líricos está presente la relación entre cuerpo y mente, naturaleza y pensamiento. La página en blanco es una forma de ir recuperando la identidad, el mundo privado del hablante, ese mundo interior es sólo accesible a él, al testigo «transparente» que está exteriorizado en el pensamiento. El mundo interior se repite en memoria, aquella que es la única que puede reconstruirse. Veamos un ejemplo de la relación cuerpo / mente / naturaleza / pensamiento:

Afuera las preocupaciones

Dejemos la cama tibia,

Esta lluvia le ha lavado

como una col a la vida.

(<<Noticias de la noche», vv. 9-12>>)

Estos versos nos revelan que el conocimiento del mundo exterior, de lo cotidiano, de la tierra, de la lluvia, lleva al ser humano a entender la esencia del ser. El acto del lenguaje que genera el poema es una relación cuerpo / mente / naturaleza / pensamiento. De manera coherente ésta se manifiesta en la página en blanco. El poema se desarrolla con una proposición de carácter sintético y llega a un espacio más global. Cambiando de esta manera la focalización del texto, la página en blanco contiene la imaginación, y el pensamiento interior del sujeto lírico. De esta manera nace el poema en la página en blanco al relacionarse la imaginación con el mundo cotidiano. La oscilación entre ese «yo» privado y ese «yo» público es la creación de un lenguaje poético cargado de significados. Ese «yo» cargado de vida, optimista, desolado, solitario, lleno de soledad, desterrado, encantado, mágico, se encuentra en la perpetua espera del otro. Ese yo se convierte en el transmisor de las sensaciones, de las emociones, del mensaje oculto, de ese universo lleno de secretos. Toda comunicación con el mundo de las sensaciones es un intento de recobrar ese «yo interior». Ese yo que se ahoga, que no puede respirar porque está lleno de memorias que lo privan estar en el presente. Veamos el siguiente poema:

Extraviamos la llave del tesoro,

La consigna de amor convertida en anillo,

batallamos con cartas y memorias,

confundimos la sombra y un vestido.

Días de arena que hacen sucumbir los relojes,

días en que bajamos peldaños de ceniza,

en que todos los muros de la casa nos niegan

y buscamos en vano la puerta de salida.

(<<Días impares», vv. 9-16>>)

A través de estos versos, el espacio poético es a la vez  un espacio /y  no espacio, donde el hablante siente la constante dualidad entre ser y querer ser. Esa persona que ha perdido la «llave del tesoro» y sucumbe porque no puede «encontrar la puerta de salida». Existe un constante dilema entre el nacimiento y el forjamiento del mundo metafórico. El poeta puede crear su propia realidad a través del lenguaje, pero a la misma vez tiene la capacidad de crear una dialéctica entre el mundo exterior y el mundo interior creando así varios niveles de aprehensión de una realidad multifacética. Tanto el poeta como el hablante están atrapados y no pueden encontrar la salida de ese mundo metafórico. El «yo» privado y el «yo» público están en una constante lucha. Una lucha de sobrevivencia ya sea en el espacio lírico, o en el espacio exterior, donde las puertas y las ventanas pueden impedir la salida. El poeta al igual que el sujeto lírico se encuentra atrapado en el mundo del lenguaje y en el mundo moderno del cual es testigo.

A partir de Tiempo manual (1935) la poética de Carrera Andrade se convierte en un texto vanguardista que engaña al pasado, lo desviste, le quita todo tipo de decoro y lo asimila al siglo veinte. La época del hierro, de la modernidad anuncia una nueva etapa para la poesía. La voz del hablante es un testimonio experiencial de los cambios presentes. Carrera Andrade en el espacio poético, crea un discurso lírico que es contestatario, un discurso de resistencia al orden, a la modernidad, a la industrialización, al aniquilamiento del individuo, a la destrucción de la humanidad. El discurso lírico es un arma contra el avasallador mundo moderno. El hablante a través de ese espacio de resistencia cuestiona y critica ese mundo moderno avasallador y destructor de la naturaleza:

Todo es apariencia, signo, tránsito.

El mundo es uno mismo, a pesar de sus formas.

La misma soledad hospedada en los huesos

y la misma afirmación proletaria

de los hornillos callejeros para calentar castañas.

(<<Tercera clase», vv. 42-46>>)

Tú, nutrido de espacio y de suspiros,

dios de plumas azules,

morador solitario de la altura,

cédeme una parcela de tu reino.

Dentro de mí la multitud habita

y ya no tengo sitio para vivir conmigo.

(<<Invocación al aire)), vv. 15-20>>)

Hierro para marcar el rebaño de nubes

O mundo centinela de la edad industrial.

La marea del cielo

Mina en silencio tu pilar.

(<<El hombre del Ecuador bajo la Torre Eiffeb, vv. 21-24>>)

La voz poética que surge a partir de el Hombre planetario (1959) habla de la modernidad, de la mecanización del hombre, de lo actual, el poeta otra vez se convierte en el testigo de su época, y que a través de la memoria puede plasmar esta vivencia testimonial. Vive en París, en Moscú́, en Nueva York, en Tokio, lugares clave en los cambios históricos del nuevo siglo y del advenimiento de la modernidad. Su contacto con el extranjero hace que su raíz ecuatorial siga ahí́ como una brújula que apunta a sus orígenes. Como señala Carvajal, «No se puede ser hombre universal, planetario, sin una raíz, sin una particularidad cultural, social, histórica. Sin un pueblo, sin una lengua».[5]

El poeta por medio del lenguaje, de la memoria, del testimonio nos lleva al mundo maravilloso de la metáfora. Con la metáfora nace toda una serie de posibilidades que se enlazan, crecen y se multiplican. La metáfora encierra en sí la relación entre la realidad y la representación de la misma. La poesía de este poeta ecuatoriano recupera la posibilidad de integrar el espacio poético con el territorio ecuatorial, a través de las cosas esenciales de la tierra como el colibrí́, el volcán, el maíz, y el barro. En este mundo mágico, el lector se da cuenta de sus propias limitaciones. La única forma de traspasar ese limite, esa barrera, es a través de la metáfora. La metáfora es una manifestación de la novedad, ya sea novedad del lenguaje, o la novedad de un nuevo siglo. El nacimiento de un nuevo siglo está inscrito en el espacio del siglo anterior. El tiempo y la metáfora marcan la vivencia del ser humano, marcan la historicidad del momento. El tiempo marca el momento, pero a la misma vez nos hace ver la intemporalidad del mismo:

Reloj:

Picapedrero del tiempo.

Golpea en la muralla más dura de la noche,

Pica tenaz, el péndulo.

(<<Reloj», vv. 1-4>>)

La tortuga en su estuche amarillo

es el reloj de la tierra

parado desde hace siglos.

(<<Tortuga», vv. 1-3>>)

El tiempo pasa a través del reflejo, y ese reflejo se ve en la ventana. Es interesante notar la insistencia por el tropo de la ventana en la poesía carreriana. La preocupación del poeta por manifestar esa interioridad a través de un reflejo se manifiesta en esa continua repetición del tropo ventanal. La ventana es el nexo entre el «yo» y el «otro». El hablante mira al mundo desde un lado de la ventana, ésta, a su vez, es reflejo, auto-reflejo, ilusión, y auto-ilusión. A través de la ventana, el sujeto puede mirar hacia adentro y hacia afuera simultáneamente. Por la ventana se puede ver la imagen y la realidad al mismo tiempo. La ventana es el puente entre el «yo» y el «mundo». Esta crea un espacio que aminora el vacío, la soledad y el desaliento. La ventana es la metáfora, o la metáfora es la ventana -donde la una es el reflejo de la otra. Donde la realidad es una apariencia, un reflejo de adentro para afuera, o de afuera para adentro. La ventana como la misión del poeta trasciende la dimensión del texto, pues su quehacer poético se sitúa en la dimensión de la autorreflexión y por ende en el reflejo de la humanidad. Aludamos a los poemas ventanales:

No poseo otro bien que la ventana

que quiere ser a medias campo y cielo

y en su frágil frontera con el mundo

la presencia registra de las cosas.

(«Propiedad», vv. 1-4>>)

La ventana es continua invitación al viaje:

su río de aire y luz desemboca en el cielo.

(<<Las amistades cotidianas», vv. 5-6>>)

El tropo de la ventana tiene un doble significado –ver la realidad a través del reflejo– o ver el reflejo a través de ese «yo interior». No es coincidencia que en poemas posteriores, la ventana vuelve aparecer. En el «Viaje de regreso» la ventana se convierte en el cielo. La ventana ya no es solo un espacio entre el «yo privado» sino más bien es un nexo que une a ese yo con el otro. El yo «privado» y el «yo» público están vinculados a través de mirar hacia afuera y hacia adentro.

La funcionalidad de la ventana en la poética de Carrera Andrade tiene diferentes modalidades. En los primeros textos líricos el tropo de la ventana es reflejo / autorreflejo, en la poética que se desarrolla más tarde viene a representar el viaje, «La ventana es continua invitación al viaje». Su poesía es un intento de explicarse, de explicarnos, de encontrarse, de encontrarnos, de una reunión de todas las partes fragmentadas del ser, del pasado en un presente. Es un viaje a través de la memoria, es un viaje al interior para llegar al exterior y luego volver al interior. En las palabras de Susanne Vrommen: «al relacionar un yo en el pasado y un yo en el presente, la memoria nostálgica juega un papel importante en la reconstrucción de una identidad individual y una identidad colectiva.[6] Esa búsqueda del ser, de la identidad, representa la forma de recuperar el tiempo, de inscribir el tiempo en el lenguaje». Veamos el poema, «Desierto interior»:

La acacia ensimismada

se escucha respirar, sueña que vive.

Tantea bajo tierra

su corazón de musgo y caracoles.

(vv. 7-10)

El viento gira:

errante dios de polvo

se endurece en el cacto o en la rosa de arena.

El pájaro insiste

en modular la misma pregunta

que nadie responde.

(vv. 30-36)

Esa pregunta que nadie responde son los secretos privados que interrumpen el orden genealógico. Las preguntas son el continuo cuestionamiento de la identidad, el incesante deseo de ir más allá́. La poesía de Carrera Andrade está impregnada por la necesidad de cuestionar el origen y el destino del ser humano planetario. El inicio del viaje de Ulises es tan importante como su regreso. El retorno marca un gran cambio en la poética de Carrera Andrade. Toda esa pompa en París, en Nueva York, en Tokio, que fue tan importante para la vida del poeta, ya no tiene importancia en su regreso. Vuelve cansado y agobiado a su país de origen, el Ecuador; pero también regresa en su poética a un lenguaje más sencillo, a un lenguaje más cercano a la raíz. Cada efecto de la escritura es persistir en el descubrimiento de la pérdida, del deseo, de la magia, del nacimiento, de la renovación, de la recreación, y del regreso. Retornar es retomar un aspecto de la identidad que se fue a través de la memoria. Al igual que Ulises regresa para recuperar, se encuentra que todo ha cambia- do y ese pasado ya no existe. El retorno es una forma de demostrar la identidad del sujeto. Y esta identidad siempre está en los umbrales de la desaparición.

Otra vez observamos un cambio en el tropo de la ventana. El enlace entre la memoria y el regreso está en la ventana. El regreso a su lugar de origen, a su tierra natal, el regreso a la recuperación de la memoria:

Mundo, vuelvo a contar tus pájaros veloces

desde la tumba azul de mi ventana.

Acaso estuve muerto y hoy revivo

para ver los misterios naturales.

Fuga el tiempo en las alas y las hojas.

Solo la nube intenta convencerme

de que nada ha cambiado.

Pero el mundo envejece.

(<<Libro del destierro l», vv. 1-9>>)

El hablante sufrió́ el destierro, aprendió́ a vivir sin su propia tierra bajo las suelas de sus zapatos:

El país del exilio no tiene árboles.

Es una inmensa soledad de arena.

Solo extensión vacía donde crece

la zarza ardiente de los sacrificios.

(«Libro del destierro VIl», vv. 1-5>>)

Te reconozco viento del exilio

saqueador de jardines

errante con tus látigos de polvo.

Me persiguen sin tregua tus silbidos

y borras mis pisadas de extranjero.

(<<Libro del destierro V», vv. 1-5>>)

Estos versos revelan el dolor del sujeto lírico al vivir lejos de su tierra, donde muchas veces no fue bien acogido por razones políticas. Vuelve del exilio con la memoria de tal vivencia:

Mi vida fue una geografía

Que repasé una y otra vez,

libro de mapas o de sueños.

En América desperté́.

(<<Viaje de regreso», vv. 1-4>>)

La poesía de Carrera Andrade es la creación de un espacio donde la memoria recupera el presente, al convertir el discurso lírico en un acto de recuperación. Su poesía es una confrontación entre los diferentes elementos de la cotidianidad y la conciencia de un hombre frente a los cambios de una época industrializada y deshumanizadora. Como el poeta mismo afirma que toda su poesía es un enorme símbolo de su propio ser. El hablante lírico en la poesía de Carrera Andrade se enfrenta al paisaje, al mundo, a su país de forma objetiva, de forma exteriorista para contrastar la riqueza y potencialidad de ese yo interior, de ese «yo» que cada día se fragmenta más y siente más el aislamiento y soledad. Ese mundo exterior parece ser el mismo, pero el hablante está consciente que nada es lo mismo, que ese mundo interior / exterior ha cambiado, porque todo cambia, nada permanece como nosotros lo recordamos. El recuerdo es nostalgia de lo que está por venir. La poesía es una invención para poder tener memoria de una vida. Jorge Carrera Andrade poeta de gran calidad artística y humana reconoce la fragilidad de la identidad, y recrea la memoria para poder recuperar el tiempo. Este poeta traspasa la ventana, rompe con la metáfora, y nos devuelve una memoria que nos hace vernos a nosotros mismos a través del reflejo. Su visión de mundo anuncia ese yo colectivo en el desorden del diario vivir. Su voz viaja a través de la memoria, y hace memoria de la voz, del viento, de la risa, de la soledad, del desamparo, y del si1encio. La fuerza de la voz poética de Carrera Andrade despierta en nosotros memorias presentes, y nos entrega la potencialidad de la imaginación y la intemporalidad del sueño a través de la ventana de su poesía

 

Notas

1.Versión corregida de una ponencia presentada en el Encuentro de Ecuatorianistas / LASA en la FLACSO, sede Quito, en una mesa redonda en homenaje a Jorge Carrera Andrade.

2.Iván Carvajal, -Acerca de la modernidad y la poesía ecuatoriana-, Gabriela Pólit Dueñas, ed., Crítica literaria ecuatoriana, Quito, FLACSO, 2001, pp. 307-28.

3.Jorge Carrera Andrade, Obra poética completa: 1903-1978, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1976.

4.Andreas Huyssen, Twilight Memories: Marking Time in a Culture of Amnesia, New York, Routledge, 1995,

5.Julia Kristeva, Time and Sense, transo by Ross Guberman, New York, Columbia U. Press, 1996, p. 208.

6.Carvajal, p. 327.

7.Susanne Vrornmen, .The Ambiguity of Nostalgia- in YIVO Annual 21, Going Home, Ed. by Jack Kugelmass, Evanston, Northwestern U. Press, 1993, p. 77.

 

*Ivonne Gordon Carrera Andrade (Quito, Ecuador), doctora en Filología Hispánica y Teoría Literaria. Ejerce como catedrática de Literatura Latinoamericana en Estados Unidos. Es poeta, ensayista, crítica literaria y traductora. Autora de libros de poesía como: Barro blasfemo, El tórax de tus ojos, Diosas prestadas.

 

 

 

 

 

Poemas de Jorge Carrera Andrade

 

El hombre del Ecuador bajo la Torre Eiffel

Te vuelves vegetal a la orilla del tiempo.
Con tu copa de cielo redondo
y abierta por los túneles del tráfico,
eres la ceiba máxima del Globo.

Suben los ojos pintores
por tu escalera de tijera hasta el azul.

Alargas sobre una tropa de tejados
tu cuello de llama del Perú.
Arropada en los pliegues de los vientos,
con tu peineta de constelaciones
te asomas al circo
de los horizontes.

Mástil de una aventura sobre el tiempo.
Orgullo de quinientos treinta codos.
Pértiga de la tienda que han alzado los hombres
en una esquina de la historia.
Con sus luces gaseosas,
copia la vía láctea tu dibujo en la noche.

Primera letra de un abecedario cósmico,
apuntada en la dirección del cielo;
esperanza para da en zancos;
glorificación del esqueleto.

Hierro para marcar el rebaño de nubes
o mundo centinela de la edad industrial.
La marea del cielo
mina en silencio tu pilar

 

 

Promesa del río Guayas

Interminable, estás al mar saliendo,
Río Guayas, cargado de horizontes
y de naves sin prisa descendiendo
tus ¡ibas de cristal, líquidos montes.

Hasta el tiempo en tu curso se disuelve
y corre con tus aguas confundido.
El día tropical que nunca vuelve
sobre tus lomos rueda hacia el olvido.

Los años que se extinguen gradualmente,
las migraciones lentas, las edades
has mirado pasar indiferente,
¡oh pastor de riberas y ciudades!

La nave del comercio o de la guerra,
la de la expedición o la aventura
has llevado mil veces hasta tierra
o has hundido en tu móvil sepultura.

Sólo turba el sosiego de tu vida
algún grito de ti petrificado
o tus sueños: la planta sumergida
y el pez ligero y a la vez pesado.

Mirando sin cesar tus propiedades
cuentas bueyes, haciendas, grutas verdes.
Paseante de tus hondas soledades,
entre los juncos húmedos te pierdes.

¡Oh río agricultor que el lodo amasas
para hacerlo fecundo en tu ribera
que los árboles pueblan y las casas
montadas en sus zancos de madera!

¡Oh corazón fluvial, que tu latido
das a todas las cosas igualmente:
a la caña de azúcar y al dormido
lagarto, de otra edad sobreviviente!

En tu orilla, de noche, deja huellas
la sombra del difunto bucanero,
y una canoa azul pescando estrellas
boga de contrabando en el estero.

¡Memoria, oh río, o soledad fluyente!
Pasas, más permaneces siempre, urgido,
igual y sin embargo diferente
y corres de ti mismo perseguido.

A tus perros de espuma y agua arrojo
mi falsa y forastera vestidura
y a tu promesa líquida me acojo,
y creo en tu palabra de frescura.

¡Oh, río, capitán de grandes ríos!
Es igual tu fluir ancho, incesante,
al de mi sangre llena de navíos
que vienen y se van a cada instante.

 

 

Cuaderno de un paracaidista

Sólo encontré dos pájaros y el viento,
las nubes con sus mapas enrollados
y unas flores de humo que se abrían buscándome
durante el vertical viaje celeste.

Porque vengo del cielo
como en las profecías y en los himnos,
emisario de lo alto, con mi uniforme de hojas,
mi provisión de vidas y de muertes.

Del cielo voy bajando como el día.
Humedezco los párpados
de aquellos que me esperan: he seguido
la ruta de la luz y de la lluvia.

Buen arbusto, protégeme.
Dile, tierra, a tu surco mojado que me acoja
y a ese tronco caído
que me enseñe el color, la forma inerte.

¡Aquí estoy, campesinos europeos!
Vengo en nombre del pan, de las madres del mundo
de toda la blancura degollada:
la garza, la azucena, el cordero, la nieve.

Fortalecen mi brazo ciudades en escombros,
familias mutiladas, dispersas por la tierra,
niños y campos rubios viviendo, desde hace años,
siglos de noche y sangre.

Campesinos del mundo: he bajado del cielo
como una blanca umbela o medusa del aire.
Traigo ocultos relámpagos o provisión de muertes,
pero traigo también las cosechas futuras.

Traigo la mies tranquila sin soldados,
las ventanas con luz otra vez, persiguiendo
la noche para siempre derrotada.
Yo soy el nuevo ángel de este siglo.

Ciudadano del aire y de las nubes,
poseo sin embargo una sangre terrestre
que conoce el camino que entra a cada morada,
el camino que fluye debajo de los carros.

Las aguas que pretenden ser las mismas
que ya pasaron antes,
la tierra de animales y legumbre con lágrimas
donde voy a encender el día con mis manos.

 

 

Vocación extraña

No he venido a burlarme de este mundo.
Sino a amar con pasión todos los seres.
No he venido a burlarme de los hombres.
Sino a vivir con ellos la aventura terrestre.

No he venido a hablar mal de los insectos
a descubrir las llagas del ocaso
a encarcelar la luz en una jaula.
No he venido a sembrar de sal los campos.

No he venido a decir que la jirafa
quiere imitar al cisne, que los pinos
sirven sólo de adorno entre las rocas.
No he venido a burlarme de los nidos.

He venido a mirar el mundo hasta la entraña
y acariciar las cosas simplemente
único patrimonio de los hombres.
No he venido a burlarme de la muerte.

 

 

Biografía

La ventana nació de un deseo de cielo
y en la muralla negra se posó como un ángel.
Es amiga del hombre
y portera del aire.

Conversa con los charcos de la tierra,
con los espejos niños de las habitaciones
y con los tejados en huelga.

Desde su altura, las ventanas
orientan a las multitudes
con sus arengas diáfanas.

La ventana maestra
difunde sus luces en la noche.
Extrae la raíz cuadrada de un meteoro,
suma columnas de constelaciones.

La ventana es la borda del barco de la tierra;
la ciñe mansamente un oleaje de nubes.
El capitán Espíritu busca la isla de Dios
y los ojos se lavan en tormentas azules.

La ventana reparte entre todos los hombres
una cuarta de luz y un cubo de aire.
Ella es, arada de nubes,
la pequeña propiedad del cielo.

 

 

Jorge Carrera Andrade Nació en Quito el 14 de septiembre de 1902, y falleció el 7 de noviembre de 1978. Criado en el seno de una familia pudiente, desde muy tem ... LEER MÁS DEL AUTOR