John Kinsella

Neblina de lumbre: ¿Regreso del exilio?

 

(Traducción al español de Víctor Rodríguez Núñez y Katherine Heeden)

 

 

Sobre el arribo a una casa desierta en lo profundo del campo
después de arrollar un conejo en un camino de gravilla, por la noche

 

La puerta de malla para moscas se cierra de un golpe, aciaga
mientras el interruptor de la lámpara fluorescente cruje

y la luz sugiere compañía
que se evapora, incapaz

de materializarse. Un sofá Axminster
se entrega cómodo, aunque debajo

de la funda sepas que los muelles
están arruinados, que retroceden como la mala suspensión

mientras el carro hace una parada torpe,
las llantas resbalosas con la sangre vertida,

abrigadas de piel en verano. ¡Detente, perversa
malla para moscas, detente! Sí, la puerta principal

está abierta también, desemboca al sur
por la cocina. Los ratones amenazan.

Mas que el miedo, la incertidumbre
encortina los ventanales como mancha de luna

en una noche de atmósfera cargada. Con los ojos
desorbitados como un conejo, espero a mi hermano.

El bosque, como la marea, se retira,
una sombra borrosa desde la veranda del patio,

los potreros, de gris azul y disolubles,
mientras yo, ultramarino, oigo voces

que atacan la distancia, llamando
la fluorescencia desde la oscuridad.

 

 

 

Los hermanos atrapan loros en Mullewa

 

Valiéndose de un viejo bastidor
apoyado en una esquina
con un piquete de estrella
y entorchado con un trozo
de alambre por detrás
del cobertizo superfosfórico,
dos hermanos
con la bendición
de su padre
atraparon bandadas
de galahs rosados y grises,
cacatúas con colas rojinegras,
y loros de Port Lincoln,
para a su regreso llevarlos
a las aviarias de la ciudad.
Que estos pájaros rasgaran
la carne de sus dedos,
que sufrieran heridas
perniciosas y eventualmente
perecieran en sacos de arpillera húmedos
tirados en un maletero y cargados
por cuatrocientas millas,
no se les ocurrió a los hermanos
mientras las bandas volaban ante sus ojos,
se movían con un sigilo unitario
hacia los suculentos granos amarillos
derramados sobre la tierra comprimida
por tractores de doble rueda
y semiremolques
con ruedas más grandes
que niños
mayores que ellos,
mientras azotaban el piquete de estrella
de su apalancamiento,
selladas sus conciencias
con adrenalina.
Esos sacos rezumantes,
esos pájaros que parecían
como árboles de té frotados
por vacas y ovejas.
La mirada en el rostro
de su madre, una tempestad batida
y preparada en Mullewa,
llevada a Perth
en el maletero de un coche.

 

 

 

Neblina de lumbre: ¿Regreso del exilio?

 

Se detiene al instante de entrar en la última
carrera, una carta estelar perdida,
una ventaja en compensación por la tragedia

ahora que las éticas de la iniciación
y el rechazo están claras: así es
de arbitrario: lluvia ligera, seguro, pero luego,

de la verja con letreros en rojo sepia que dicen
“Vienen las ovejas”, un fuego fatuo
neblina de lumbre  –que, por lo menos

después haría más claro–
que era la verja, y tan singular,
la firma de entrada

o de advertencia: todavía
no has regresado de tu exilio indefinido.
Aunque no dicho, colgaba como

humo frío en la memoria,
como el poema que le debía haber
terminado a mi hijo,

como el letrero que reza: “Para energía, Shell”
que te gustaría colgar
en un museo, un icono de su época.

Como le decías a Prynne por teléfono
a una distancia de 20 000 años luz: “A mí
no me gustan los iconos, tampoco soy iconoclasta”

la noche tan oscura como París Trout.
Encontrar la comodidad en las falsas paredes
del cementerio familiar –¿Cómo podría

esa malla prohibir el paso?
¿Ser esparcido sobre el desierto o el mar
o sepultado aquí si la compañía lo permitiera?

Lugar que he visto como “mío” desde hace mucho, pero sé
que es para los espíritus que lo atienden a su tiempo.
¿La sal, la hincada del alambre de púas, y esa neblina

(¿la bienvenida a un “terreno sagrado”?)
y ese humo? Pero un frío bien amargo, quemándose filoso
como si no se pudiera sofocar ni apagar

con las indicaciones del medidor de lluvia o un aguacero
súbito –deja que pasen tres días, siempre ocurre
a partir del tercero– antes de decidir.

Y ese fantasma, la neblina de lumbre
retendrá su respiración, bajo un lecho
de cenizas, o moviéndose con sigilo hacia la cerca

como los zorros que nunca
serán sacados de sus baluartes
en barrancos retorcidos y cubiertos de maleza.

Noto que “el jefe” ha remozado un viejo arado
para usar esta temporada (quizás lo hiciera
la temporada pasada) –Aristóteles a lo mejor lo hubiera puesto

en claro: “Cada tragedia tiene su complicación
y desenlace. Las complicaciones
existen fuera del argumento, y muchas veces,

de esas que existen dentro…” pero me distancio
de como continúa… “y el resto
es desenlace.”  Solo ves el amor

–los cráneos de ovejas con sus puertos y ventrículos
mansos como una piedra, o tan inestables; la desviación
de un paraíso salado en tiempo húmedo, el cielo índigo.

No encontrarás una manera fácil
de devolver a una muerte tan universal. Ah,
Needlings me mira (opto por

imaginar), y los rincones comidos de figuras
de los campos son parecidos a su forma –Infinitos.
Se habla de sequía para el próximo año, pero hoy está nutrido.

Ahora, de mi aislamiento, y de esa neblina de lumbre
–en la luz del día, claramente la quema
de un tocón o tocones ofensivos, avivado

con nigromancia. La sangre hace olas
en las mejillas rubicundas, manchadas de humo
y exorciza el fuego fatuo.

John Kinsella Nació en Perth, Australia, en 1963. Hizo estudios en la Universidad de Australia Occidental y luego viajó durante varios años por Europa, ... LEER MÁS DEL AUTOR