Jaime Jaramillo Escobar

La llaga incurable

 

 

 

 

MAMÁ NEGRA

 

Cuando mamá negra hablaba del Chocó

le brillaba la cadena de oro en el pescuezo,

su largo pescuezo para beber agua en las totumas,

para husmear el cielo,

para chuparles la leche a los cocos.

Su pescuezo largo para dar gritos de colores con las guacamayas,

para hablar alto entre las vecinas,

para ahogar la pena,

y para besar a su negro, que era alto hasta el techo.

Su pescuezo flexible para mover la cabeza en los bailes,

para reír en las bodas.

Y para lucir la sombrilla y para lucir el habla.

 

Mamá negra tenía collares de gargantilla en los baúles,

prendas blancas colgadas detrás del biombo de bambú,

pendientes que se bamboleaban en sus orejas,

y un abanico de plumas de ángel para revolver el aire.

Su negro le traía mucho lujo del puerto cada vez que venían los barcos,

y la casa estaba llena de tintineantes cortinas de conchas y de abalorios,

y de caracoles para tener las puertas y para tener las ventanas.

Mamá negra consultaba el curandero a propósito del tabardillo,

les prendía velas a los santos porque le gustaba la candela,

tenía una abuela africana de la que nunca nos hablaba,

y tenía una cosa envuelta en un pañuelo,

un muñequito de madera con el que nunca nos dejaba jugar.

 

Mamá negra se subía la falda hasta más arriba de la rodilla para pisar el agua,

tenía una cola de sirena dividida en dos pies,

y tenía también un secreto en el corazón,

porque se ponía a bailar cuando oía el tambor del mapalé.

Mamá negra se movía como el mar entre una botella,

de ella no se puede hablar sin conservar el ritmo,

y el taita le miraba los senos como si se los hubiera encontrado en la playa.

Senos como dos caracoles que le rompían la blusa,

como si el sol saliera de ellos,

unos senos más hermosos que las olas del mar.

Mamá negra tenía una falda estrecha para cruzar las piernas,

tenía un canto triste, como alarido de la tierra,

no le picaba el aguardiente en el gaznate,

y, si quería, se podía beber el cielo a pico de estrella.

 

Mamá negra era un trozo de cosa dura, untada de risa por fuera.

Mi taita dijo que cuando muriera

iba a hacer una canoa con ella.

 

 

 

 

LA LLAGA INCURABLE

El día es infinito
J. W. Goethe

 

Hay un animal que tiene que estar siempre con el día. Si lo alcanza la noche, muere.

Este animal corre con el sol, para él es siempre medio día y no conoce la oscuridad.

Le da la vuelta a la tierra con el sol; corre, vuela, nada; está hecho así a su necesidad de luz.

Atraviesa las selvas, las montañas, los mares, siempre con el sol.

En las islas es fácil verlo cuando pasa siguiendo al día. Va siempre debajo del sol.

En el último eclipse se precipitó en el mar como un paracaídas del sol. Estuvo a punto de morir.

Asimismo hay otro animal que tiene que estar siempre con la noche. El día no le puede

tocar la punta de la cola, porque muere.

Este animal va siguiendo la noche, por continentes, islas y mares; pero no es fácil verlo.

Sólo una vez estuvo a punto de ser atrapado sobre el Océano Índico.

No conoce el día, y si por algún acaso se llegara a encontrar con el animal que va siguiendo

al día, la pelea de ambos

levantaría olas de cien metros en la mar, y trombas capaces de derribar un navío.

Cuando niño, solía yo quedarme despierto toda la noche en el zaguán esperando que pasara

este animal para verlo,

pero quizás no pasaba por mi aldea.

Yo pensaba que él comería estrellas, pues ¿quién no sabe que las estrellas suben y bajan?

Pero tal vez no se alimentara más que de luciérnagas.

Este animal no tiene un nombre fijo porque en cada país lo llaman de un modo distinto.

Nunca quiere salir de las tinieblas, y si el dedo de la luz lo toca en la espalda le abre

una llaga incurable.

 

 

 

 

EL CANTO DE CAÍN

 

A través de la ventana escucho un canto profundo y desgarrador: seguramente mi hermano

Caín está cerca.

Yo quisiera cantar como él, pero el extraño Señor del Paraíso sólo puso oraciones en mi lengua,

y el humo de los sacrificios de Abel el escogido sube derecho al cielo,

aunque la ofrenda sea de cabritos muertos por la luna o de frutos mordidos por la nieve.

Mi hermano Caín me escribió una carta en donde habla de la dulce lengua de la serpiente

en el fondo de su garganta,

pero el guardián de las llaves de la escalera secreta permanece a discreción día y noche

junto a la reja,

y estoy rodeado de querubines y serpientes.

Mi hermano Caín, perfumado con humo de locomotora, me llama a través de la noche,

mientras al fondo del paraíso se alza una gran luna roja y peluda.

El día del fin del mundo yo quiero resucitar en bicicleta, con mis jeans y mi chaqueta de asaltos.

Desenrollaré mi navaja automática para ocultar mi timidez, y con mi actitud característica

me le pondré de pechos a la tarde.

Y si no pasa nada me asaltaré yo mismo en cualquier calle, pues no puedo vivir de otra manera.

Después me echaré como una gran oreja debajo del cielo estrellado para oír blasfemar a Dios.

Y esperaré que al amanecer una gota de rocío venga a hacerme el amor.

 

 

 

 

PROVERBIOS DE LOS CHARLATANES

 

Cuando un desconocido se encuentra con otro desconocido, o lo mata o le pregunta algo.

Los charlatanes pueden alargar indeterminadamente la conversación, a fin de prolongar

con ella la vida,

pues la defensa se permite… a quien puede defenderse.

Pero jamás huir. ¿Por qué hay que estar siempre huyendo?

Si el lobo os alcanza y os devora, saboread al lobo pero no huyáis.

Que vuestro placer de ser comidos sea más grande que el del lobo.

Esto no por razones apoyadas en la lógica, pues lo que hay que buscar no son razones

sino motivos,

y en este caso no hay que dudar de que el lobo tendrá sus buenos motivos.

Contra la Muerte no cabe nada, ni siquiera disfrazarse:

No por estar pintado el Faraón la Muerte no se lo va a comer.

Tampoco la negación anula la Muerte. Yo afirmo la Muerte con mis doce pares

de costillas.

De modo que no queda más que prolongar la conversación ininterrumpidamente.

Tal vez el interlocutor termine por cansarse y continuar su camino,

aunque es también muy probable que su resistencia no tenga límite conocido,

y decida esperar a que cerremos el pico.

En ese preciso momento descargará su pistola, desapareciendo luego tan repentinamente

como llegó,

porque después de haber hablado la pistola ya no hay nada más qué decir.

Lo malo es que no podemos devolvernos, porque cuantas veces desandemos un camino

habremos perdido otros tantos días.

El enfrentamiento está, pues, decidido, y tú sabes que no hay posibilidad alguna para ti.

Sólo hablar, hablar, hablar.

Conserva tu puesto hasta el final y alega todo lo que puedas.

Quizás logres confundirlo y hacerlo caer en contradicción.

Sin embargo debes mantener la serenidad y no buscarle seis patas al gato, que no tiene

sino cinco,

ni subir demasiado alto porque te pierdes de vista.

Siempre en tu lugar. Tu lugar son las fauces del lobo.

Ni acuses a un solo hombre, porque éste te matará o te hará matar.

Acusa a toda la humanidad.

Así te matarán entre todos.

Y los charlatanes después de haber enredado todos los conocimientos se fueron abrazados

y riéndose.

Porque ellos mismos habían caído en la trampa.

La trampa eran ellos mismos.

 

Mi alma dice:

No son las ovejas las que buscan al Señor.

Es Él el que se preocupa por ellas.

Porque si no se preocupa, ellas se convierten en lobos.

Y los noventa y nueve lobos devorarán a la oveja restante.

Y los noventa y nueve justos devorarán a la oveja restante,

según otra versión.

 

 

 

  

PROBLEMAS DE LA ESTÉTICA CONTEMPORÁNEA

 

La magnitud de la humanidad pesa sobre cada uno de nosotros, y sentimos profundamente

a los antípodas pateando sobre nuestro corazón.

De modo que no es extraño que andemos como unos cristos abofeteados en busca de una cruz

para apoyarnos.

Habiendo subido a lo alto de una colina una noche, ante mí se extendía la ciudad como una

piel de tigre.

Y en el licor de las copas cintilaban las lucecillas de tres almas.

La última era la mía, alma siempre sobrante y solitaria.

Por el aire volaban dentelladas y entonces apareció el Diablo y me dijo: –”Te lo daría todo

si postrado me adoraras”.

Ser el dueño del mundo es lo mismo que no tener nada, pues el error existe en todo

y siempre nos engañan.

Mis jeans y mi chaqueta no se pueden cambiar por un edificio de cinco pisos ni por un puesto

en las oficinas del Gobierno.

Prefiero andar derrotado por los alrededores de talleres de mecánica y cobertizos de carros.

Allí todos tratan de poner en sus vidas las mejores cosas que pueden, y así recogen una flor,

una novia y un espejo.

Este esfuerzo colectivo me enternece y de pronto, sin darme cuenta, le sonrío a la gente

como un perro.

Una mañana andaba un hombre desnudo por las calles de la ciudad.

La policía lo metió a la cárcel pocas horas después, como a todo hombre que intenta ser feliz.

Porque todo lo que no está dentro de la Ley está fuera de ella.

Y dentro de la Ley no puede haber un hombre desnudo porque la Ley es hecha por los

representantes de los propietarios de las fábricas de tejidos.

Como tampoco puede haber un hombre con hambre, porque el hambre del pobre es resbalosa.

A la puerta de un pequeño restaurante donde entré un día se paró un hombre hirsuto

que después de mirar se fue diciendo:

–”¿Conque comiendo, eh? ¡Me alegro, me alegro!”

Y su risa cayó sobre la sopa como una araña negra.

 

El fabricante de rosquillas puede al menos comérselas, pero el que sólo sabe hacer poemas,

¿qué comerá?

Si una pregunta no tiene respuesta lo mejor es cambiar de pregunta y de problema.

Para eso hay petulantes que nos dicen:

–“¡Dedícate a la estética!”

 

 

 

 

EL CUERPO

¡Qué farsa!
J. P. Sartre

He aquí, de esto se habla.

El cuerpo nos goza y lo sufrimos.

Lujo de la Naturaleza, pagamos por él nuestra alma.

Esclavo de los dioses, el hombre es un ser aterrado,

y sólo en el usufructo de su cuerpo deposita su aspiranza.

Su cabeza añadida luce su conversación como un pavo real,

y sentado en un tapete de luna su lengua salta delante de sí como una serpiente encantada.

Orgullo del alma, el cuerpo es regocijo y alimento,

y baila ante los dioses como el árbol frente a la tormenta.

El cuerpo toca otro cuerpo y no percibe sino otredad.

“Rosa”, decimos, y la rosa es un mito del alma, porque la carne del cuerpo no se reconoce

sino a sí misma.

El cuerpo, Devorador, todo hecho para devorar,

el alma de este cuerpo no puede ser sino también devoradora.

Somos un surtidor, con nuestros brazos que se agitan y nuestra boca llena de agua.

Tenemos lo que tiene la nube, he aquí esta adivinanza, por eso la tierra nos absorbe.

Rebelión de la materia, el cuerpo se avolcana, se incendia, impone hermosura,

y no queremos ser sólo cuerpo.

Pero yo aconsejo: hazte amigo del sepulturero.

 

 

 

 

YAIRO CONTRA MI INGLE

 

Mi cuchillo debajo de mi vestido, su vaina contra mi ingle.

Las flores de tu jardín temblaban en sus tallos.

Miré tus ojos junto a la reja. Dijiste: –”Me vas a matar”.

Te precipitas sobre el timbre.

Se enciende la luz detrás de los cristales.

Te escondes en tu alcoba.

Mi cuchillo piensa: El amor y la muerte duermen juntos a los quince años.

Tu sangre corriendo por mis manos entre el pulgar y el índice.

Resurges mágicamente cuando el relámpago acuchilla el firmamento.

Hoy eres un presidiario, pero yo compuse un libro de amor en honor a tu adolescencia.

“El libro de Yairo” fue quemado y el humo subió derecho al Cielo,

pues era el sacrificio del puro Abel a su perverso dios.

En las noches de invierno te veo correr por la hierba húmeda, descalzo.

Hace diez años yo era un charco de amor en el invierno.

Tú chapoteando en las charcas en octubre.

Muchachos desnudos jugaban pelota en el campo de hierba mojada.

Tú preferías correr y mirar por los corredores.

¡Ay mi cuchillo!

 

El poeta dice:

Si de un amor queda un poema está muy bien:

eso indica que nos conmovió;

pero si no queda nada tanto mejor:

eso indica que no nos dejamos conmover.

Ay, pero él es tan sólo un poeta; no un amante.

 

 

 

 

RUEGO A NZAMÉ

 

Dame una palabra antigua para ir a Angbala,

con mi atado de ideas sobre la cabeza.

Quiero echarlas a ahogar al agua.

 

Una palabra que me sirva para volverme negro,

quedarme el día entero debajo de una palma,

y olvidarme de todo a la orilla del agua.

 

Dame una palabra antigua para volver a Angbala,

la más vieja de todas, la palabra más sabia.

 

Una que sea tan honda como el pez en el agua.

 

 
¡Quiero volver a Angbala!

 

 

 

 

AFRENTA DE LA MUERTE

La Muerte, acompañada de sus seis hijos…
Evangelio de Bartolomé. (Recensión copta)

 

He aquí que de repente aparece la Muerte acompañada de sus seis hijos,

de los cuales tres son varones y tres son hembras.

Yo la miro fijamente y la escupo a la cara,

y ella me lanza una palabrota por debajo de su manto raído.

 

–Mala Muerte, mala Muerte:

si yo te preñé seis veces

te puedo preñar las siete.

 

Cuando yo estaba enfermo vino el Gran Visir a mi alcoba con sus seis amantes,

de los cuales tres son varones y tres son hembras,

y abriendo la puerta a las tres de la madrugada,

los arrojó desnudos sobre el tapiz, a los pies de mi cama,

y cohabitó con ellos al borde de mi fiebre.

Después yo tuve que ponerme a pelear con la Muerte, hasta que se estuviera callada.

 

–Mala Muerte, mala Muerte:

si te preño siete veces,

puedo preñarte las nueve.

 

El día que llegué al puerto para tomar posesión del barco en que habría de dar la

vuelta al mundo,

la Muerte, con su pañuelo rojo atado al brazo, quiso echarme al mar por la pasarela,

y tuve que darle una patada en la boca.

Pero ella me esperaba siempre en los cuatro puntos cardinales

acompañada de sus seis hijos, de los cuales tres son débiles y tres son gigantes.

 

–Mala Muerte, mala Muerte:

si te preñé en Nueva York

te preño en Alejandría.

 

La Muerte me perseguía por toda la cordillera de los Andes con su maletín negro

en la mano.

La muerte andaba detrás de mí por los pasillos del Banco de Londres & Montreal Ltda.

La Muerte me acechaba en las avenidas de Río de Janeiro disfrazada como un vendedor

de esencias.

La Muerte, llena de impaciencia, mordía uno a uno los ciento veinte dedos de sus seis hijos,

de los cuales tres son bizcos y tres tienen el labio partido.

 

–Mala Muerte, mala amiga:

si yo te preñé de noche,

puedo preñarte de día.

 

La Muerte me manda paquetes postales ahumados al apartado de correos 5094,

la Muerte introduce amenazas anónimas por debajo de la puerta de mi casa, en el número 4

de la calle 14,

la Muerte me espera en las escaleras, en las bocacalles, en los grandes almacenes de especias,

la Muerte me manda razones con el juez, me escribe insultos con carbón en las paredes.

 

–Mala Muerte, mala esposa:

vivo o muerto da lo mismo,

te empreño de todos modos.

 

La Muerte les habla mal de mí a los vecinos, me empuja en el metro, me espera a la salida

de los cines,

la Muerte me oculta las recetas del médico, me derrama la leche, me esconde las medias,

la Muerte manda sus hijos a que me tiren piedra, que se burlen de mí, que me muestren

la lengua,

la Muerte obstruye las cañerías de mi casa, se orina en el zaguán, abre goteras en el techo.

Es evidente que la Muerte me persigue. ¿No les parece a ustedes?