Félix Anesio

Visión de una vieja en harapos

 

 

 

 

Otra vez Narciso

Así el espejo averiguó callado…
José Lezama Lima

Ni aún la timidez adolescente,

ni el mítico pudor, impiden admirar

tu propia hermosura ante el espejo.

De frente, de perfil, de frente,

de frente, de perfil, de frente,

otra vez, tu dolor y tu delirio.

Mas ese rostro amable del reflejo

se irá desdibujando con el tiempo:

eso lo sabes, y a eso le temes como

al destino mismo, del cual nadie escapa.

¿Por qué no has de amarte entonces,

impúdicamente, en el instante

eterno de la luz, que se derrama

sensual sobre tu cuerpo en flor?

Nadie más, Narciso, amará esa

imagen como tú.

Aunque no has de saberlo

hasta el día en que se quiebre,

en pedazos, tu ser.

 

 

 

 

Efímero

 

Todo es efímero

banal, pérdida, ausencia.

El hombre nunca será flor radiante,

nunca cielo, nunca estrella.

Quizás no seamos ni siquiera eso:

la indispensable gota de rocío,

esa que escapa furtiva

tras el primer rayo de sol enamorado.

 

 

 

 

Sucesión y límite

 

El retorno de las flores de la primavera

vistiendo las nieves del último invierno.

La fiel convergencia del día hacia el ocaso

y todas las fases de la encantada luna

pregonando la epifanía del próximo sol.

Una mujer gimiendo en su dolor a término

y el ruido de una nueva vida al filo del alba.

El regocijo de la vendimia y el vino de la celebración.

Una nueva arruga que se asoma al espejo de tu rostro.

Las fotos que cuentan, otra vez, una historia de ancestros.

La extraña felicidad de un poeta que yace en una cama de hospital,

rodeado de amigos, ante la umbría de una muerte insospechada.

Un libro que se cierra como un golpe en la sombra

otro que se abre

y esta finita sucesión de versos

fluir de realidades declarando

que todo acontece dentro de los límites de un reloj inescrutable.

 

A Alejandro Fonseca, in memoriam

 

 

 

 

La cosecha

Gaudeamus igitur…

¿Por qué no regocijarnos y cantar las mieses

de la cosecha que hemos sido inexorablemente?

¿Por qué no sentir orgullo, quién lo impide?

¿Por qué víctimas y no hacedores

de nuestras propias vidas soberanas?

Porque a pesar de los pesares –en la Isla–

nos hicimos más fuertes, estoicos, entremuros

sobrevivientes hermosos de una gesta impropia.

No hay generación que no lamente

de algún modo, no haber hecho más

de lo que pudo.

Habiendo, pues, lanzado al fuego la cizaña:

¿Por qué no celebrar la cosecha desde el canto?

 

 

 

 

Visión de una vieja en harapos

Se extingue la bondad en los jardines privados.
A. Fonseca

Deja a los otros los trajines del Tiempo

y los vanos afanes que a nadie justifican

los desvelos de la víspera, los autos de lujo

las sábanas de 700 hilos, los triviales perfumes

el confort del baño y el desayuno puntual

las acolchadas pantuflas, las envilecidas marcas

y el altivo decir: Esto es lo mío y lo otro también.

La apropiación no se hizo para ella.

Bástale haber hallado un pedazo de papel mugroso

y una pluma abandonada en un basurero de un Banco

como si fueran un tesoro: el espejo de una fuente

de la que han de brotar sus versos desmedidos

su poema vital que quizás nadie entienda.

Más eso no le importa, si es el fruto desollado

de largas horas bajo el sol, bajo la lluvia y la ventisca

en una parada del ómnibus que nunca ha de tomar

en una esquina cualquiera y decadente.

En una esquina del suroeste de Miami, bajo una sombrilla rota

–como único refugio del espíritu– brota la poesía

como un manantial enajenado, entre la turbulencia del tráfico

la contaminación, el reverberante asfalto, las luces de los semáforos

que rigen la premura de los otros, las miradas esquivas de los otros

de esos que, como yo, pretenden ignorar a una vieja harapienta

que nos ofrece, como espléndido regalo, su vida en esencias

con todo el fervor de los ungidos.

 

 

 

 

Life (1961)

 

Ernesto sonriente bebiendo un daiquirí.

Ernesto vestido de niña en una foto antigua.

Ernesto, cazador de espléndidos antílopes

al pie de las nieves perpetuas del Kilimanjaro.

Ernesto, el de la fiesta brava ensangrentada.

El guerrillero enamorado en la Sierra de Guadarrama.

El que cultivara, en París, una mítica rosa judía.

El viejo pescador invencible del Gulf Stream.

Ernesto, barbado y de titánica apariencia

admirador apasionado de toreros y estrellas

de tantas exóticas criaturas que hoy adornan

las paredes de su casa cubana, La Vigía.

¿Pudo La Academia percibir su peculiar naturaleza

imaginar su tiempo como el de un gigantesco iceberg:

a la deriva siempre/

hacia otros mares siempre/

rumbo a la nada siempre?

Su corazón atravesado por la espada de un pez

(esa imagen no está en página alguna)

palpita grave en mis oídos, cada vez que doblan

las campanas de la Iglesia Mayor de mi ciudad

mientras hojeo una revista, en mi terraza, a solas.

 

 

 

 

El gato

un animal también puede contar su historia.
J. C. Valls

no es una buhardilla

ni está en el París romántico

tampoco la habita un poeta

de una generación perdida

pudiéramos decir.

es un sencillo estudio

–poblado de libros y tapices

espejos, cerámicas y pinturas–

en el suroeste de Miami

ciudad hostil al arte

feudo de venales mercaderes

que no redime a esos

seres diferentes, los poetas.

una empinada escalera, recia y rústica

–en el mismo centro de la pieza–

conduce hacia la alcoba, flanqueada

por una soberbia estatua de San Lázaro

aposento alto donde se fraguan los sueños

manantiales de donde emana, gracioso

algún que otro verso trascendente.

en el suroeste de Miami se gesta

algunas noches –inmortal y pobre–

la poesía, mientras se pasea

(como en una aparición)

majestuoso y confiado, un gato

que se deja acariciar y que nos mira

a sabiendas de que es parte del enigma.

 

 

 

-La isla invertebrada
Antología de la poesía cubana
Selección, notas y prólogo de Luis Manuel Pérez Boitel
Editorial Capiro
Cuba, 2017

 

La isla invertebrada

Félix Anesio (Guantánamo, 1950) Ingeniero de profesión. Ha publicado los libros de relatos Crónicas aldeanas y su versión en inglés A T ... LEER MÁS DEL AUTOR