Enriqueta Ochoa

Retrato en sepia

 

 

 

 

MARIANNE

 

Después de leer tantas cosas eruditas

estoy cansada, hija,

por no tener los pies más fuertes

y más duro el riñón

para andar los caminos que me faltan.

Perdona este reniego pasajero

al no encontrar mi ubicación precisa,

y pasarme el insomnio acodada en la ventana

cuando la lluvia cae,

pensando en la rabia que muerde

la relación del hombre con el hombre;

ahondando el túnel, cada vez más estrecho,

de esta soledad, en sí, un poco la muerte anticipada.

Qué bueno que naciste con la cabeza en su sitio,

que no se te achica la palabra en el miedo,

que me has visto morir en mí misma cada instante

buscando a Dios, al hombre, al milagro.

 

Tú sabes que nacimos desnudos, en total desamparo

y no te importa,

ni te sorprende el nudo de sombra que descubres.

Todo se muere a tiempo y se llora a retazos,

has dicho,

sin embargo, es azul de cristal tu mirada

y te amanece fresca el agua del corazón;

quitas fácil el hollín que pone el hombre sobre las

cosas,

y entiendes en tu propio dolor al mundo,

porque ya sabes

que sobre todos los ojos de la tierra

algún día, sin remedio, llueve.

 

 

 

 

MOISÉS

 

De la transparencia nutricia del agua

provenimos.

Mosché, salvado de las aguas,

fue su nombre;

el relámpago de la cólera, su sombra.

Marcado al descuajar de su raíz

a un hombre,

vagó dentro de sí

perdido como gota de agua

en el vaso de la eternidad.

Huyó al desierto perseguido

por el remordimiento, el hambre,

la sed de los sentidos.

Los peñascos de soledad,

con sus ojos de misterio desorbitado,

custodiaron su camino;

el silencio enloquecido del desierto

despedazaba sus oídos.

Largamente luchó en su pesadilla

contra el alud de estrellas y de arena

hasta caer al fondo de su luz dormida

donde el señor limpió la cegadura de su frente.

Fueron las tierras de Madián

la sangre y el pan a compartir,

mientras se redondeaba la luz

temblando alrededor suyo.

Junto a Séfora vinieron días de plácida dulzura

Moisés erraba apacentando ovejas,

atravesando el rumor dorado del desierto.

Un día,

rumbo al monte de Dios,

trepó donde iluminaba al paisaje

un viento solitario;

allí retumbó la voz, zarzal de fuego:

Yo soy el que soy.

Tirado al suelo, se retorcía el cayado

—culebra vertebral de las pasiones—

al recogerlo, se recogió a sí mismo.

Se enderezó su yo, grandioso en poderío

y bajó Moisés como esplendor llameante

sellado,

con esa impalpable blancura

de los justos.

 

 

 

 

EL SUICIDIO

para Rubén Tamez Garza

 

Pienso en la fecha de mi suicidio

y creo que fue en el vientre de mi madre;

aún así, hubo días en que Dios me caía

igual que gota clara entre las manos.

Porque yo estuve loca por Dios,

anduve trastornada por él,

arrojando el anzuelo de mi lengua

para alcanzar su oído.

Su fragancia penetraba en mi piel

palabras que no alcanzo a entender,

que no voy a entenderlas, quizá…

Aprendí muy tarde a conocer varón,

lo sentí dilatarse con toda su soledad

dentro de mí.

Fue una jugada turbia,

un error sin caminos.

Fue descender al núcleo fugaz de la mentira

y encontrarme, al despertar, rodando en el vacío

bajo una sábana de espanto.

Fue lavarle la boca a un niño

con un puño de brasas

por llamar natural lo prohibido;

por arrastrar con cara de mujer madura,

ese carro de sol inútil: la inocencia.

Fue arrancarte las uñas de raíz,

arrastrarte,

meterte en la oquedad de la miseria, a bofetadas,

por el ojo hecho llama sombría, del demonio.

Padre

para Macedonio y Teresa

Al montón de polvo que te cobija

bajé esta tarde;

la sal de la llanura ardía

bajo el árido resplandor del silencio

y un tifón de soledad golpeaba

contra la flor caliza de los cerros.

Yo te hablé con esa ternura indómita

que rompe dignidades,

y me quebré de bruces en la tierra;

allí donde ningún extraño enjugaría

las pupilas ajadas de desvelo.

Lejos,

en muchedumbre hambrienta palpitaba la vida

ajena de tu muerte y de la mía…

¿Es que pronto no habrá una lágrima

para mojar tu ausencia,

una antorcha vehemente que te salve de tanta

nieve oscura?

 

 

 

 

RETRATO EN SEPIA

 

Obediente a la voz cósmica, agrio el destino,

yo fui levantada en torbellino de lamentos.

Yo fui la piedra de escándalo:

contra mí se reventaron las lágrimas

de todos mis hermanos. Yo fui

la piedra que tiritó en la puerta

y en los patios de las casas,

sin acceso al hogar que aglutina a los hombres.

La piedra con la que los otros tropezaban

encendidos de vergüenza.

La piedra del destierro,

la que debió perderse en el fondo del légamo;

el labio sumergido en la hiel;

el receptáculo del sacrificio

en donde vaciaron la indiferencia, la cólera, el despecho.

Yo el perro sin dueño, rastreando compañía,

con la cabeza gacha, abatido de soledad.

Cuando me vaya

no querré aullar,

cojeando por los mismos caminos.

Quiero dispararme como flecha

hacia la dimensión que corresponda.

 

A mitad de la borrasca de este tiempo

debí hacer cantar al pájaro ciego en mi garganta,

sola, sobrecogida por el relámpago y el trueno,

calada hasta los huesos, bajo la tormenta.

Canté y canté, bebiéndome las lágrimas.

Sin ti, Marianne,

se me habrían enlutado, sin amor, los caminos.

 

 

 

 

ASALTOS A LA MEMORIA

 

Amanece,

en las macetas de la ventana arden los geranios.

Un vaho lechoso entra en el viento.

Corre el día hacia las dunas de la oscuridad.

Después de avanzada la noche

me desprendo

abajo quedan mi piel, mis huesos.

Me echo de picada a las profundidades,

atravieso el infierno,

toco la incandescencia de la luz

todos los pájaros se desatan.

De lejos llega el olor de dátiles

que espesan en los cazos de cobre,

el de polvorones recién horneados.

Es el aroma penetrante de mi infancia

el que nace, el que nace.

Al amanecer Alberto arrea las mulas con el bastimento

rumbo a las labores.

Una niña atisba por entre los leños de la cerca,

mientras en su corazón

se amotina un mar de diez años que quiere ser mujer.

Que se echa sobre la tierra y se identifica con ella.

Este polvo que escurre entre sus dedos

es su madre

es su cuerpo

es el olor de vida que exhalará

cuando llegue el mediodía.

Hoy, paloma desmañanada, vuelve a su cama,

se acurruca bajo las cobijas tibias,

se le desarrugan los sueños,

se alisa el viento

y duerme.

 

A la bisabuela le peinaban las trenzas con los dedos.

Vivió 110 años.

Plena en su lucidez.

Su cuerpo se achicó.

Nunca desmereció la mata de su pelo inmaculado

que crecía en abundancia

colgando en largas trenzas.

Una mañana rechazó la bandeja de panecillos

y el chocolate espumoso.

Pequeñita, se ovilló en el silencio

“La virgen me envolvió en un vapor azul,

me trajo el desayuno”,

dijo antes de bajar a esconderse

en los íntimos pliegues de la tierra.

Las lilas perfuman el primer viento de abril.

El árbol de la noche florece

y la tía Vense trenza mis cabellos.

Me hundo en el sueño.

Tía Vense, te amo.

estalactica de cristal.

Tu pelo se precipitaba en relámpagos miel y caoba

sobre mi cara

cuando el beso de buenas noches.

El ruido de voces en el cuarto contiguo me despierta.

La muerte desangra el vientre de mi madre,

las sábanas esponjadas de blancura se incendian.

Apenas clarea, ponen sobre mis manos un cesto,

al vaciarlo un feto se despeña,

La vida se encoge dentro de mí,

Tengo nueve años,

es el primer contacto con la muerte.

 

Y los veranos,

y el sol estancado a mitad del desierto.

La luz cantaba y se filtraba por todos los resquicios.

Algunas veces una noche de lluvia

y amanecía la tierra con olor a mastuerzo y humedad.

El mundo de mi madre era la correspondencia justa

entre los reinos de la tierra.

El abuelo leía en el firmamento los fenómenos

atmosféricos,

ubicaba las constelaciones

y era juez de un pueblo

donde no se mezclaba la sangre con extraños.

Los Guzmán de Lampazos

Los Benavides de Cerralvo

Los Ramos de Ciénega de Flores

Los Montemayor de Higueras

y se cerraba el círculo.

Los ojos grises de la abuela

hacían sentir su presencia matriarcal:

revisaba la llegada de los rebaños,

el ganado, la ordeña,

preparaba en el horno de adobe

los pasteles de maíz, las hojarascas,

esa multitud de olores y sabores con que se llena el

recuerdo.

 

 

 

 

EL HOMBRE

para Wenceslao Rodríguez

 

¿Qué ha visto el hombre?

Nada.

Ciego y desnudo llegó,

desnudo y ciego se irá

del polvo al polvo.

Un gesto de ternura podría salvar al mundo,

pero el hombre jamás bajó los ojos

a ese pozo de luz.

 

—Llorarás, le dijeron,

mas no es fácil llorar.

Llorar es desprenderse,

irse en ríos de uno,

y el hombre sólo sabe

devorar y perderse.

 

No conoce más muros

que los que cercan su ciudad en sombras

y hasta allí ha bajado a envejecer,

a morir en sí mismo,

a sepultarse testarudo,

mientras la soledad circula por su cuerpo

como el viento por una casa en ruinas.

Yo insisto,

un gesto de ternura podría…, de pronto,

me irrito, tiemblo, río, me quebranto.

Yo soy el hombre.

 

 

 

 

AVISPERO

para Fernando Medina

 

Cualquier cosa es mejor

a este avispero en llamas que me aguija,

porque aquí, donde estoy, me duele todo:

la tierra, el aire, el tiempo,

y este volcanizado sueño a ciegas, sucumbiendo.

 

Anoche sollozaba por un vaso de luz,

hora tras hora ardí de sed

y amanecí vacía.

 

Otra noche fue el sobresalto dulce, el de la sangre;

enardecida fue de la jaula al látigo,

del látigo al silbido

agresivo y caliente de las venas,

amanecí amargada.

 

Otra vez,

me adentré un amor como montaña;

gacela estremecida vagué temblando húmeda de

lágrimas

Mansamente en silencio,

ahíta de ternura,

bebí luz de cristal entre los sueños,

se me quebró en la entraña, me cortaba,

y me quedé en tinieblas…

 

Cuántas cosas he dicho,

palabras que se arrancan por no llorar de rabia.

Ya no puedo dormir sobre la misma almohada

aunque los ojos sueñen;

me repudio al decirlo,

pero cualquier cosa es mejor

a este avispero en llamas en que vivo.

 

 

 

 

ENTRE LA SOLEDAD RUIDOSA DE LAS GENTES

para Wenceslao Rodríguez

 

Busco un hombre y no sé si sea para amarlo

o para castrarlo con mi angustia.

Tengo hambre de ser

y me siento frente a la ventana

a masticar estrellas

para que este dolor de estómago sea cierto.

La verdad es que duele en los nervios

todo el cuerpo, esta noche, hasta los tuétanos.

 

En la casa contigua

grita una mujer las glorias de la Biblia

y no conoce a Dios.

Su voz huele a vinagre, a aceite de ricino,

y Dios no huele a eso.

Entre mil olores reconocería el suyo.

Algo que no digiero me ha hecho daño esta tarde.

 

He visto a otros más humildes que yo.

No quiero reconocerme en ellos.

De tanto huir se me han caído las palabras

hasta el fondo del miedo:

no salen, rebotan dentro como canicas, suenan sordas.

Sin querer, me doy cuenta que me he quedado en la ruina.

Me falta lo mejor antes de irme: el Amor.

Y es tarde para alcanzarlo,

y me resulta falso decir:

—Señor, apóyame en tu corazón

que tengo ganas de morir madura.

Nadie madura sin el fruto.

El fruto es lo vivido y no lo tengo:

lo busco ya tarde,

entre la soledad ruidosa de las gentes

o en el amor que intento, y doy, y espero,

y que no llega.

 

 

 

 

RETORNO DE ELECTRA

para Fernando Medina

 

De ti lo habría amado todo:

tu cabeza como luz de topacio en el hastío,

el llanto, la caricia, la palabra brutal,

la soga que amansara mis ímpetus cerriles

y, sobre todo, el hijo.

Ese mar

que juntara la turbulencia de nuestras dos

avideces.

 

Ese mar donde irían haciéndose profundos

de ternura los ojos.

Pero ni tú ni yo vivimos el momento propicio para

amarnos.

De paso en paso, un abismo,

en cada oreja, una espina,

en cada latido, un monte de zozobra

quebrantando el resuello.

 

Y de qué sirve odiar, forzar,

hacerse añicos dentro

si todo es ir buscándonos,

arropándonos para evadir el cierzo

de la muerte que llega.

Lucha por subsistir,

por mirar nuestro polvo crecerse en otro polvo

para encontrar de nuevo la oquedad amorosa

que libre a los sentidos

de la asfixia más pura de la muerte:

la soledad.

 

Pero hay quienes nacimos para morir en nuestro

propio cuerpo.

No hay puertas. No hay ventanas.

Las ventanas incitan sin saciarnos.

Las puertas nos liberan.

Mas no hay puertas ni ventanas.

Hay la fiebre en los ojos

que va tras de la luz estremeciéndose.

Hay la sangre a galope.

El desvaído paso recorriendo las calles aturdidas

de sinfonolas, magnavoces, estridencias de claxon.

Y el viento barriendo hojuelas doradas de elote

en el mes de junio.

Y la fresca respiración de un cine

donde ruedan botellas de cocacola

y envolturas de Milky Way,

y la arena caliente del aire sofocado.

Y el amor, ¿dónde?

Y los amantes, ¿dónde?

Y tú, amor, viento, canto… ¿dónde?

 

Enriqueta Ochoa Nació en Torreón, Coahuila, el 2 de mayo de 1928; murió en la Ciudad de México, el 1 de diciembre de 2008. Poeta. Estudió en la Normal ... LEER MÁS DEL AUTOR