Emilio Coco

Vuelva pronto el verano

 

 

 

(Traducción al español de Marco Antonio Campos)

 

 

 

Al final de calle Agostinone

donde cruza con la costa marina

esperaba paciente canturreando

en una silla trípode de plástico

y distribuía amor

a desbandados y a negros

por el módico precio de cinco euros

como estaba escrito en un cartelito

que llevaba apuntado sobre el suéter.

Trabajaba en un viejo caserío

donde dejaba la pineda el sitio

a una senda invadida de maleza.

Pasábamos allí para acortar

la calle hacia la playa,

y parecía que quisiera saludarnos

surgiendo entre un intervalo y otro

con el gorrito blanco y pantalones

a media pierna que se abotonaba

con estudiada tardanza.

Sacudía el colchón y lo ponía al sol

antes que lo ocupara un nuevo cliente.

Marcada la frente por las arrugas

y las mejillas flácidas escondía

el peso de los años

embarrándose el rostro

de colorete y de pestañas falsas

en la casta mirada de una niña.

Las nuevas construcciones

se fueron apropiando de la zona

borrando toda huella

de aquella calle y de su presencia.

Sólo ha quedado un trozo de cemento

donde van ascendiendo

cúmulos de inmundicias y detritus

y llegamos al mar

por una avenida con anchas aceras

alineadas de fresnos

y cercados de boj.

La vi de nuevo esta noche cuando andábamos

por la calle que va a grandes hoteles

con el gorrito y con los pantalones

azules a media pierna

y el paso tambaleante de una ebria.

Vivía de la mendicidad. No sé

si me reconoció pero en los ojos

brilló la casta sonrisa de una niña

al recibir cinco euros en la mano.

En tu casa santa Señor acéptala

pues dispensó placer a derrelictos

ella misma una paria en esta tierra

y dale un lecho mórbido

y sábanas de lino donde alcance

a reposar su vientre devastado.

 

 

 

 

Vuelva pronto el verano

con la fiesta en los ojos si te unto

crema sobre la espalda

y te bajo tu traje

hasta la seña blanca de las nalgas

vigilando que el cursor del cierre

no se enganche en los bordes de la tela.

 

Vuelva pronto porque haciendo correr

apenas la cortina de la ducha

aparezcas goteando

y con salto de danza te levantes

desde la punta de los pies y tomes

la bata colgada demasiado alto

y yo pueda un solo instante mirarte

en la tranquilidad de tu sonrisa

mientras la restriegas contra el cuerpo.

 

Que no termine nunca y no me canse

de verte en el espejo

cuando con las pinzas luchas por sacar

aquel pelo en la aréola que afea el seno

renuncias y me encargo

del delicado deber a la espera

de haber ganado un ¡oh¡ de aprobación

y te abrazo y tu boca me renueva

sensaciones y sabores de otros tiempos.

 

Pase pronto el invierno con su carga

de cobijas y pijamas con botones

de bodis y de pantis donde topa

mi mano impaciente de caricias

y si en el lecho explora tu barriga

envuelta en la faja abdominal

me la alejas con un tierno reproche

está muy fría amor ahora durmamos.

 

Haz oh Señor que sea siempre verano.

 

 

 

 

Abuela Graziuccia

que dormía sola

con el orinal bajo los trípodes

y con la carbonilla

amontonada entre los trastes

removía en el bracero

donde brillaba un poco de tizón

antes de irse a la cama.

El sueño se escandía

por el golpeteo del péndulo

que a veces en la noche

se olvidaba de llamar las horas.

Me llamaba a las siete de la mañana

para repasar un canto de la Ilíada

o  el último capítulo de historia

antes de prepararme para la escuela.

 

Abuela Graziuccia

con el plato de pasta al jitomate

en la servilleta a cuadros

se bañaba de salsa al oscilar

entre mis dedos sujetando las puntas.

Se lo llevaba reteniendo el hálito

y sus ojos gozaban

cuando en la mesa lo abría humeante.

Por cada viaje me daba cinco liras

que gastaba en comprar

el habitual helado

con nata chorreando sobre la crema

y lo lamía lento

para alargar la llegada con las tías.

 

Abuela Graziuccia

con el cernidor colgado

en el muro de la casa de enfrente

lo alquilaba a diez liras la hora

a las mujeres de calle Cappellini

hasta la avenida arriba donde sacudían

las hojas de maíz

para engrosar los colchones famélicos.

Jamás supe su edad

–tal vez setenta y cinco–,

el día que la vi en el ataúd

envuelto el rosario entre las manos

y ni una sola cana en los cabellos.

 

Abuela Graziuccia,

con diez mil liras liadas

que escondía en la olla que colgaba

junto a los otros cobres sobre la masera

donde amasaba con manos cadenciosas

hogazas de seis kilos

y agradecíale a Dios a cada golpe

por el regalo del pan diario.

Las tías me compraron con las liras

en el primer cumpleaños ya sin luto

un Tissot con agujas relucientes

que presumí por años en la manga

de una chaqueta verde militar.

 

Abuela Graziuccia,

duermes el eterno sueño

en el nicho apoyado contra el piso

de la iglesia Madonna delle Grazie

ya sin tu nombre y ya sin el florero.

Allí te quedó una oxidada argolla

en que ensartar al recitar un réquiem

un ramito de falsas margaritas

para el día de los muertos.

Tan sólo faltas tú

en la que es nuestra cripta de familia.

 

 

 

 

Se asomaba Ninetta a la ventana

de la casa enfrente de la nuestra

un poco más baja. Y la miraba

pegado sobre la red del balcón

cuando abuela del cuarto de allá arriba

se bajaba a laborar con mi madre.

No me alcanzaba a mirar

porque era tan densa la trama

con apenas si algunos deshilados

por mis nerviosos dedos

a la altura de la ojos.

Con el seno apoyado en la cornisa

tendía las pantaletas

y los sostenes negros

sujetos por pinzas que semejaban

pájaros que venían a reposar

en aquellos alambres

fijados en dos barras.

Oh si estuviera allí parado

oler el fondo mismo de las copas

beber la última gota

de la impúdica seda.

 

Ninetta, que cantaba las canciones

de Natalino Otto,

con largo cabello a lo Rita Háyworth

–lo refería Michele,

quien ya a los catorce años conocía

los nombres y rostros de las más famosas

divas americanas–

le pasaba las manos

para darle más volumen

enriquecía de bucles las puntas

y me guiñaba sensual como diciendo:

Sal de allí Gigino que te he visto

si te vienes conmigo alguna tarde

te enseñaré a peinarlos.

Me la puñeteaba en el cuartito

pensando en el momento de engullirme

la cabellera suave

con fervor suicida.

Ella tenía veinte años y yo diez.

 

La tríada se había quedado huérfana

tanto de padre como de madre.

Alfreda la más chica

con cintitas oscuras en las trenzas

acunaba su muñeca parchada

en el umbral del portón.

Bambina tenía mi misma edad.

En la escalera un día

jugó conmigo a la enfermera

y me enfiló la mano en los calzones

alzándose el vestido sobre el pecho.

Me acariciaba la inocente piel

y me impulsaba a sorberle los senos.

Esa forma de juego la llamábamos

“haciendo porquerías”.

 

Emilio Coco Nacido en San Marco in Lamis (Foggia, 1940), es  hispanista, traductor y editor. Entre sus trabajos más recientes destacan: Antologia ... LEER MÁS DEL AUTOR