Eduardo Mitre

Juegos de la luz

           

 

 

 

Juegos de la luz

 

III

 

No había ni vaso ni puerta.

No era.

No éramos.

Dormidos como una huella.

Pero volvió:

Lenta aparición

Pechos, labios,

Ojos nos labró.

Así es la luz: naciendo crea.

 

 

 

 

Trébol de cuatro hojas

 

I

 

ELLA ríe en la dicha de ser

De estar

Por primera vez

En el día.

 

Ella ríe

Claramente agradecida

De tener ojos y manos

Y una sombra tan sencilla.

 

Las cosas que no existen

Se mueren de envidia.

 

 

II

 

Carrozas de luz

La pasean por el día.

 

Porque ella mira y toca

Y goza y sólo nombra:

Árbol

Brisa

Piedra

Y no adjetiva

Los pájaros profundos

La critican.

 

Los pájaros profundos:

No las golondrinas.

 

 

III

 

Su silencio es un acto claro:

La dice entera

Como el vuelo dice al pájaro.

 

 

IV

 

A decirle al árbol: Árbol

A la sombra: Ánimo

A leer la lluvia

A palpar los verdaderos milagros

A comulgar su propio cuerpo

consagrado en el verano

A comulgarnos

A saber el llanto

A combatir el espejo

al topo entronizado

A pescar en el silencio

el nombre rápido del río

A fecundar el olvido

A darle a la muerte un pasado.

 

 

 

 

El Santo

 

Si de pronto me desnudaras

de tantas muecas

y razones en que me escondo.

Si por un instante

—lo que dura un fósforo—

me obligaras a mirarme

desde Tus ojos,

no podría sobrevivir

a mi verdadero rostro.

 

 

 

 

Añoranza

 

Si el recuerdo fuera una ciudad

y no una estatua

y la ausencia una carta

y no una espalda

y esta noche aquella mañana

y Amsterdam Cochabamba

y este cuarto aquella calle

y esta sombra aquellos árboles

y este nombre aquella cara

y esta lámpara aquella mirada

y aquella boca esta página

y aquel silencio estas palabras.

 

 

 

 

La puerta

 

ALTA decidora de presencias.

Cría por los pasillos

orejas que súbitamente vuelan.

La soledad transparenta su verde corazón.

Se estremece en el viento

como nosotros en el temor.

Como nosotros, es una frontera

(pues entre vida y muerte, odio y amor,

¿qué somos sino una frontera?).

Sí y No, como nosotros: la puerta.

 

 

 

 

Las amorosas

 

Con nosotros se acuestan,

con nosotros se levantan.

Todo el día nos sirven,

de noche nos acompañan.

Si hablamos, dicen,

si no, se callan.

No hay amantes más fieles

ni más maltratadas.

 

Con nosotros se acuestan,

con nosotros se levantan

las amorosas palabras.

 

Sólo el silencio las ama.

 

 

 

 

Cuerpos

 

Hay un cuerpo que nos despierta

al milagro del cuerpo.

Hay un cuerpo que nos despierta

a la soledad del deseo.

Hay un cuerpo que nos despierta

al paraíso del cuerpo.

Hay un cuerpo que nos despierta

al infierno del cuerpo.

Hay un cuerpo que nos despierta

a los poderes del tiempo (en mi padre

lo siento. Fraternalmente lo siento.)

Hay un cuerpo que nos despierta

a la impotencia del grito

porque el grito ya no lo despierta

(Carlos Mitre, hace ya noches,

fue para mí ese cuerpo.)

Hay un cuerpo que nos despierta

a la increíble ausencia.

Hay un cuerpo que nos despierta

al exangüe recuerdo.

Hay un cuerpo que nos despierta

al incesante olvido.

Hay un cuerpo que ya no nos despierta.


 

 

 

El viento

 

Pasa por esta calle,

como al comienzo:

camino de cualquier parte.

 

Pasa sin pensar en nada,

y todos ya piensan

en una emboscada.

 

Ala sola en el espacio,

bate puertas y ventanas:

escapularios contra su paso.

 

Tiemblan las cucharillas,

las tazas, los platos,

sin saber lo que pasa.

 

Sembrador de reflejos,

segador de miradas,

pasa por los espejos

sin que le vean la cara.

 

En las mangas del árbol

desliza el brazo.

Y saca la mano

llena de pájaros.

 

Atraviesa la lluvia

como un camello,

y pasa entero

por el ojo de la aguja

 

Combate con el mar, cuerpo

a cuerpo, y deja a las olas

con los crespos hechos

trenzas de espuma.

 

Baila con las palmeras

reclinadas en su pecho,

y saben a bodas eternas

la hora y el universo.

 

Ávido de mundo,

lame ciudades y puertos.

No se detiene en ninguno,

peregrino como el deseo.

 

Se interna en los hospitales

en el pecho de los enfermos

y en las madres que nacen

entre Tánatos y Eros.

 

Gira en espiral, hacia adentro,

con el otoño en las hojas,

y abre el arca de los recuerdos

en el sótano de la memoria.

 

Pisa el pasado, y camina

––a zancadas––

por los techos de calamina

de la infancia.

 

Entra en el Altiplano: descarga

la luna, una cesta de astros,

y se lleva las nubes

y el tiempo en la espalda.

 

Cruza montes y cielos,

y no agravan su marcha

ni la luz del regreso

ni el ángel de la nostalgia.

 

Sólo un instante

demora su aliento.

Sólo entre la cabellera y el pecho

de los amantes.

 

Sopla por las noches

en el árbol del sueño,

y florecen las voces

desgajadas de los muertos.

 

Sobrevuela el silencio

y deja, en cada palabra,

un alma y un cuerpo

de su propia sustancia.

 

Nadie hereda su genio

pero sí lo que él hace.

Yo, a su paso, retengo

esta estela de imágenes.

 

Lo mismo que aquí,

en el principio era el viento.

Y ha de ser en el fin,

sobre piedras y huesos.

 

 

Eduardo Mitre Nació en Oruro (Bolivia), en 1943. Cuando era niño su familia se mudó a Cochabamba, ciudad en la que posteriormente cursó estudios de De ... LEER MÁS DEL AUTOR