Clemente Riedemann

Algunos textos claves del renombrado poeta nacido en Valdivia.

 

 

 

 

REWIND

Siendo apenas un chicuelo
fui instruido en la vulgaridad de las reformas
en el desprecio por la revolución.

En el Kindergarten había tipos que se burlaban de mí
porque no tenía cartuchera de cuero
sino un canastillo de plástico rojo
para transportar mi sanguche de muss con nata fresca.
Uno de esos forajidos es ahora alcalde de la ciudad.

O.K. muchachos vengan a bailar.

Sufrí crisis asmáticas hasta la edad de seis.
Diez años más tarde me pescó una tebecé.
Trastornos psicosomáticos al llegar la primavera.
En diciembre debuté en la cama de una chica.
A los veinte me pusieron corriente en los cocos.

O.K. muchachos vengan a bailar.

Contemplemos reunidos los hermosos amaneceres
que en televisión han preparado para nosotros.
Si cada mañana me levanto es porque estoy cierto
que la vida me adeuda los días más felices.
Y si acaso no fuese de ese modo mi destino
me levantaría lo mismo de todas maneras.

 

 

ME LA PUSIERON FOME POR DELANTE

Me la pusieron fome y dura sobre el pupitre
con cruces ahogada bajo una capa de barniz amarillento.
En la mesa había un orificio hacia el noreste
por donde huía, enflautada, la paciencia
llevándose a rastra a aquellas reinas
de cabello seco y boca dolorida, ensoledada.
Me la entraron en pesadillas
dirigiendo corros de huérfanas
en las afueras de las cámaras de gases.
Con sentimiento de culpa me la escribieron
y nos la premiaron de puro avergonzados.
¡Ay Lucila, por qué te engabrielaste!
¿Por qué, en Chile, son tan pocos
los qué se quieren como los nacen?
Me la impusieron profesora y no poeta, ovalada
en estampitas, con su Pentateuco y sus tacones
hundiéndose de a poco en lodos meridionales.
¡Cuán áspera y fea me la leyeron!
Nunca pudo viajar conmigo su equipaje.
Capitán de ríos turbios, buceador de oscuros
lagos, vagabundo en Mehuín o Carelmapu
nunca vi su rostro en la espuma de los mares,
ni sus sonetos en la arena de la tarde.
Me la ensonetaron de obituario y no la soltaron
potranca golondrina bajo la lluvia de alas rumorosas.

 

 

ZULEMA EN GRIS

La ventana
de mi pieza en Valparaíso
no daba al mar; nunca vi las caracolas
caer de rodillas en la playa
expulsadas por el mar, ni produje
sombra con mi mano para ver al tope
las banderas de los barcos que traían automóviles.

Chocaban con mi ojo otras ventanas
que enrojecían al anochecer y que
como flores mustias, por las mañanas se abrían
mostrándome los pechos de unas señoritas
que arrojaban orines sobre los gatos matinales
de Valparaíso.

Esos pechos eran para mí
como toda la paciencia del mundo
acumulada en los volcanes, un beso
que la vida a diario me traía, más
azules que el océano, más intensas
que todas las batallas de la guerra
y yo amaba esos botones a partir de
las 10 A.M.

Porque esa era toda la sal que yo tenía,
el agua inmensa que aún ahora necesito.

 

 

LOS CABROS CANTARON QUÉ PENA SIENTE EL ALMA
Y DESPUÉS NO SE ESCUCHARON MÁS CANTOS

Qué pena siente el alma cantaban los amigos
mientras dábamos vueltas por el patio
recordando los días del pasado.
A veces podíamos mirar sus cabezas rapadas
subir bajar detrás de los barrotes
sus manos tratando de comunicarnos un mensaje.
Otros días no se oía no se veía nada.
Las ventanas eran como televisores apagados
mientras dábamos vueltas por el patio.
Un lunes nos dejaron ver “Sábados Gigantes”:
Don Francisco sentaba a unos tipos en la silla
eléctrica. En nuestro grupo se oían sollozos
cuando el hombre gordo se reía.
Una tarde –me acuerdo- cuando las nubes se
pusieron rojas, los cabros cantaron “Qué pena
siente el alma” y después ya no se escucharon mas cantos.

 

 

EL HOMBRE DE LEIPZIG

El padre del padre de mi padre
traía todo el mar en sus mejillas.
No trajo papeles ni osamentas.
Le quitaron su historia en las aduanas
y venía de lejos.

Al llegar, sólo la niebla,
pañal de maíz para envolver
los viejos barcos de madera:
la “Steinward”, el “Hermann”,
el bergantín “Susanne” y el “Alfred”.
Todos buscando el paraíso.
Para todos, desengaño y selva.

(El daguerrotipo muestra a unas
familias apiñadas y sin saber
a qué atenerse. Allí dormitan en el
suelo el hacedor de calamorros
y la mujer del peluquero.
También, un niño con paperas)

¡Oh viejos barcos de madera!
¡Oh germánicos famélicos!
Les prometieron la tierra
pero la tierra tenía dueños falsos.
Falsas estacas de papel
y no auténticos rewes milenarios.

El padre del padre de mi padre
hubo de hablar en otra lengua,
gotear, de nuevo, el semen
de la aurora. A fundar cosas
es que vino el hombre de tan lejos.

Corral, después de un siglo
pronuncio tu nombre en la mañana.
Estoy de pie sobre una lancha
arrojando trozos de carne podrida
a las gaviotas.

Por aquí entró en América
el perseguido, uno que no fue
rico ni famoso, sino bello. Porque
bello es todo cuanto sigue siendo,
a pesar de la muerte, el deterioro
y el olvido.

El hombre de Leipzig, el carpintero,
me trajo a tierra en el lápiz de su oreja,
de donde he bajado
para organizar el mundo
con palabras.