Antonio Praena

Contra mi oficio

 

 

 

 

Toma en tus manos

este jersey tejido en nudos de memoria.

Consérvalo, porque algún día

recordarás las manos desgastadas

que lo tejieron en las noches de tu infancia.

Y no podrás volver. Y tendrás frío

cuando descubras que vivir

a veces es llorar.

Abrígate con el amor que en el jersey está trenzado:

lo que nos quita el tiempo

ha sido el tiempo quien lo ha urdido

en formas misteriosas y sencillas

que hilvanan nuestras vidas a otras tramas.

Es imposible amar fuera del tiempo,

nada infinito hay que se alcance sin su hebra

aunque la hechura de su amor

nos muestre su belleza en sacrificio

sólo al perder a quien más hondo nos ha amado.

No pienses, como Eliot,

que sólo el tiempo vence al tiempo,

porque el tiempo es invencible.

Más bien realiza hazañas cotidianas:

piensa en mamá, aprende a tricotar

tus horas en ofrenda:

–punto de arroz,

ochos perdidos,

espigas que se cruzan

con las agujas de la vida–.

Ponte el jersey

y teje otro jersey para tus hijos.

 

 

 

 

INSTANTE

 

No lo pienses muy bien,

porque esta es la felicidad, y si la piensas

huirá de tu mirada hacia otro tiempo

que pertenece a un mundo inconquistable.

En el futuro añorarás estos segundos

en los que aún no sabes lo que ocurre,

pero que son más plenos que mil vidas.

Y la brutal desproporción

entre los sueños albergados

y el saldo de las horas

será un abismo para el alma.

Mas no te dejes engañar,

porque has tenido algo más cierto que los sueños;

lo estás teniendo en este instante

en que algo ocurre silencioso

mientras papá remueve el fuego

y en la cocina corre un grifo.

Es una luz que te recorre entera

y hace temblar tus huesos de ternura.

Ya estás cumpliendo ese deber

que el hombre tiene al arrebato luminoso

y da valor a cuanto ni arrebata ni ilumina.

Pero no quieras atraparlo:

es imposible poseer el rayo del misterio

si no es al precio de la muerte.

Tú acaso graba esta ignorancia

en la blancura de tu vida

y habita su recuerdo,

como se apura un bálsamo bendito,

contra las llagas que el futuro te reserva.

Ya no podrás decir

que el paso de la dicha te ha esquivado.

Quizá tan sólo cuando acabe

conozcas lo que tienes sin tenerlo.

Mas no lo quieras comprender,

que es descifrar la claridad lo que la mata.

De Poemas para mi hermana
Accésit Premio Adonáis
Rialp 2007

 

 

 

8 DE JUNIO

 

Nací el 8 de junio.

Toda la luz se derramó en mi sangre,

pero hace tiempo que no encuentro

ni la luz ni mi sangre.

 

Pensé que era mejor poner mi vida

muy lejos de las cosas que he querido,

muy lejos de las cosas de este mundo,

muy lejos de tu amor, que ha sido el mundo.

 

Me fui fuera de ti

para poder volver un día

curado de la bestia que me ocupa.

Pero la bestia se ha hecho grande,

tan grande como puede hacerse un hombre,

y vamos los dos juntos de la mano

camino de la muerte:

¡si me vieras!,

los ojos que quisiste son agujas

clavadas hacia dentro.

 

Soy uno de esos hombres que desguaza

las flores con sus botas de jinete.

Consumo polen ácido,

comulgo reno crudo, escupo arcilla.

Me digo con palabras que les lamen

los ojos cancerosas a los ciegos.

 

Confieso que he bebido cera hirviente

tratando de sellar todas mis puertas.

 

A veces, si mi bestia se ha dormido,

planeo una manera de escaparme:

me visto un traje nuevo, me anudo una corbata,

mas, vueltos al espejo mis dos ojos,

descubro que me mira un hombre muerto.

 

Y entonces, inhumano, desterrado,

retorno al colchón sucio de mi siglo

y cumplo un año más lejos de todo.

 

No he vuelto a escuchar luz.

No he vuelto a besar pulso.

Me alumbran y devoran la garganta

estrellas tan brillantes que son negras.

 

Mas dejo testimonio de que todas

las noches de mi vida he pronunciado

tu nombre con gemidos animales.

Tan fuerte te he llamado que no existe

frontera entre el aullido y mi persona.

 

Quizá sólo fui alguien un instante

del 8 de aquel junio de aquel año,

lo mismo que son hombres los que lloran

y dejan de existir los que no aman.

 

 

 

 

II.

RESPONSO

 

Que los potros de Cristo te salgan al encuentro.

Que canten para ti los coros de los ángeles

y que el gesto rotundo de tu animal mandíbula

sea ya, solamente, belleza.

 

Espero que ahora entiendas mis lágrimas absurdas

sobre el cuerpo de Cristo tantas veces vertidas.

Porque esos manantiales, que riegan las praderas

que ahora estás pisando, son pena trashumada

 

que mi llanto por ti –Javier, el de los ojos

oscuros y palomas, Javier, el de los brazos

palabra y arteriales- roció sobre las verdes

llanuras de la patria. Yo quiero que descubras

 

en esa luz total, que, al fin, todo lo explica,

que el llanto que se llora sobre el cuerpo de un hombre

engendra en el Edén arroyos de agua virgen

para aquellos que amamos en este valle oscuro.

 

Bebe en ellos, Javier, guerrero hermano mío.

Tú que estás en la vida, no te olvides de mí.

 

 

 

 

QUIZÁ UNA GOLONDRINA

 

Como en el cuadro de Fra Angélico,

un pájaro, quizá una golondrina,

salta esta tarde entre las bóvedas del claustro

buscando una palabra en que anidar.

 

Y aunque no es este el año uno

ni estamos a finales del Trecento,

aunque ni el manto del azul más limpio

podría cancelar todas las deudas

que tengo contraídas con la vida,

aunque, Señor, yo no soy digno

de que entres en mi casa y la ilumines,

 

quizá, precisamente, por mi pobre

materia de hombre pobre y desvalido,

quizá porque este cuadro de Fra Angélico

me invita a adivinar que tú sí puedes,

quizá por esta humilde golondrina

que salta, como aquella del Trecento,

entre las bóvedas cuajadas

de estrellas rutilantes de este claustro,

abro mi corazón y exclamo: fiat.

 

 

 

 

POÉTICA

 

La parte más extraña en mi existencia

es esta parte misma que ahora exhalo.

Tan sólo al pronunciarla cobra vida.

Tan sólo sin mí mismo me define.

 

Porque hay que dejar ir las cosas buenas:

vaciarse, enloquecer, irse de quicio;

no ser, ser muchos hombres, transfundirse

y luego recibir todas las sangres

 

en nuestro corazón y aunar de nuevo

la nada con el todo en la garganta

y darle al mundo un hombre renacido

que tiene nuestros ojos pero es otro.

 

Te doy lo que no tengo: aquí voy todo.

Libértame de mí, méteme dentro.

Gozoso de perder, gano la vida.

Entrando en tu pupila, nazco entero.

 

 

 

 

CONTRA MI OFICIO

 

Afirmo que el amor son las palabras.

Que no existe el amor si no se dice.

Afirmo, de igual modo, que esta insana

costumbre de buscar en lo vulgar el infinito

engasta cada instante en un prodigio

de inédita sintaxis que no puedo

llamar con otro nombre distinto del de amor.

 

Y afirmo lo contrario.

Que nunca las palabras bastarán

para dejar constancia de las cosas

que puede un hombre amar y, de hecho, ama.

Que está la vida fuera de estas líneas.

Que, si jamás deseo alguno me brotase

de decir lo que aquí digo, seguiría

viviendo en lo que aquí no he pronunciado,

amando en lo que aquí no halla lenguaje

ni quiero que lo halle por si un día

quisierais encontrarme entre mis nombres.

 

La vida es tan hermosa porque nada

la puede hacer hablar si ella no quiere.

 

Vivir es siempre más que darse cuenta.

Amor es siempre amor porque no sabe

de amor quien no se pierde en el distinto

misterio de otra carne incomprensible.

 

Y necio yo sería si pensara

que porque un día mis palabras engendraron

amor,

amé yo más,

vivir,

tuve la vida.

De Actos de amor
Premio José Hierro 2011
Universidad Popular “José Hierro” 2011. Reedición Raspabook 2016

Antonio Praena (Purullena, Granada, 1973). Ha publicado los libros Humo verde, Poemas para mi hermana, Actos de amor, Yo he ... LEER MÁS DEL AUTOR