Ana Cristina Cesar

La otra noche en el bordillo

 

 

 

(Traducción al español de Teresa Arijón y Bárbara Belloc)

 

 

 

La otra noche en el bordillo

The other night I had a dream that I was sitting on
the sidewalk on Moody Street, Pawtucketville,
Lowell, Mass., with a pencil and paper in my hand
saying to myself “Describe the wrinkly tar of the
sidewalk, also the iron pickets of Textile Institute, on
the doorway where Lousy and you and G. J.’s always
sitting and don’t stop to think of words when you do
stop, just stop to think of the picture better — and let
your mind off yourself in this work.
Jack Kerouac, Dr. Sax

 

La otra noche soñé que estaba sentada en el
bordillo con papel, lápiz y silbidos vacíos
diciéndome: “Tú no eres Jack Kerouac a pesar de las
apariciones que insisten en pasar por los bordes de la
cama exactamente como en aquellos tiempos”. Yo era
niña y ya escribía memorias, envejecida. El
tiempo se escribía al revés. De noche no dormía
mientras mis ojos veían las luces de los
automóviles veloces en el cielorraso. Cuando me ponía
boca abajo venía el diablo y me perforaba la espalda con
un puñal de plata. Las manos se interrumpían a la
medianoche cuando llegaba el ángel más oscuro
que el silencio. Ya no había sueño y Jack y yo
jugábamos a la pasión escondida.
La cosa iba más allá de los mostradores. Yo era
reina de las víboras. Jack con entrecejo fruncido
y aire desentendido. Nadie debía saber nada,
ni siquiera nosotros. Yo era la monja de nariz parada y
boquita roja. Jack enfermo y yo lo cuidaba
en el hospital. Dame la mano, Ángela, tómame la
mano, él hablaba angustiado como si
estuviera delirando. Yo aferraba su mano
porque era la hermana Paula pero Ángela no me
llamaba. Él me retorcía los dedos y sudaba en las
sábanas. Yo sentía un calor terrible, inquieta en la
silla blanca de hierro cubierta por los hálitos
negros. El cuello almidonado picaba. Con la
otra mano yo me tocaba los pechos que no
eran grandes como la angustia de Jack.
A altas horas allá iba yo a atender la lucecita roja
del cuarto que titilaba. A la mañana Jack partía
para siempre y yo tenía calores a la madrugada
siguiente sin lucecita. En la confesión me volvía Jack
sufriendo en la enfermería y llamaba a Ângela con los
ojos cerrados. El confesor era calvo y no
decía nada, soportaba mis dedos retorcidos
entre las rejas. A solas imitaba el gesto de Jack
sacando libros de la estantería con gravedad. Cuando
volvía en mí me estaba sosteniendo la cabeza para
no caerme de sueño, él hacía lo mismo después de hablar
mucho. Andaba con las piernas medio abiertas y golpeaba la
puerta. El hábito quedaba preso en el vano; yo no salía del lugar.
En esa época comenzaron los bombardeos.
Tuvimos que escondernos todos dentro de un
tren apagado en medio del bosque. Había más
gente que espacio y todos acostados en el suelo medio
enrollados e intentaban descansar los pechos
fatigados, los corazones exhaustos, las miradas
cargadas etc. Jack vigilaba los cielos del insomnio
por una hendija del techo. Un hombre gordo
roncaba a mis pies. Al lado de él una mujer
carnosa se revolvía. No me acosté tensa de miedo de
hacer caridad con los puercos. Jack barbudo y
peludo movía la cabeza de un lado a
otro. Cuando las explosiones recomenzaban Jack
se tiraba al suelo y rodaba por encima de sus
protegidos hasta mi rinconcito acuclillado.
La reina de las víboras era cruel con ojos
llameantes. Capturaba a Jack en el bosque y
lo torturaba con látigos, embebía las heridas con
agua y sal. No personalmente, sino comandando
soldados cabezones, toneles de obediencia. En el
momento crucial tenía que aguantar los olores de
Jack pegados a mi brazo. Le daba la espalda y
fingía que no sentía la presión del peligro. Jack
también me daba la espalda y las explosiones
sacudían las paredes del tren. Nadie podía
moverse sólo juntarse más y más hasta que estallaran
los huesos, gemidos imperceptibles.
Jack me tomó desprevenida durante el descanso
vespertino. Se me subió a la espalda y metió
la boca en los pliegues mugrientos del cuello. No me moví
y dejé que los dientes se hincaran preso el cuerpo
todo. Las manos de Jack parece que entendieron y
vinieron por arriba a mis pechos. Las
piernas de Jack entendieron y mudas hicieron un vuelo
rasante por las mías. Mis dientes apresaron:
no me moví por la tijera. Jack entendió y no
pasó de mariposa. Rastrero se apartó y era
como si hubiéramos dormido toda la noche sin reparos.
Finalmente la mujer carnosa despertó, superiora,
madre, dueña de los soldados, dueña de la pensión.
Cuando Jack se subía a la espalda de ella no se dormía
más en el caserío, en el tren, en el hospital. Me quedé
escuchando, intenté jugar a despertarme sola, llamé
a Ángela cortante, a tijeretazos, toreadas,
tronadas de verano, puñal de plata. De hecho
recibí visitas discretas de la nueva enfermera de
guardia, enfermera de enfermeras que
contraían la peste que curaban. Todavía toda
oídos sólo de insomnios poblados. Jack en el coro
fruncía la cara y sólo yo me daba cuenta en la platea; pero
no cambio, no hablo, no me muevo. Había sudor, no
había aplausos.

Ana Cristina Cesar Nació en Río de Janeiro, Brasil, el 2 de junio de 1952, y murió en esa misma ciudad el 29 de octubre de 1983. Fue licenciada en Letras po ... LEER MÁS DEL AUTOR