Ana Cristina Cesar

Instrucciones de a bordo

 

 

(Traducciones al español de Teresa Arijón y Bárbara Belloc)

 

 

 

Marfil

La muchacha bajó los escalones con la bata
monogramada en el pecho: L. M. sobre el corazón.
Vamos a iniciar otra Correspondencia,
propone. ¿Ya amaste verdaderamente a alguien?
Los límites del romance realista. Los caminos del
conocer. La imitación de la rosa. Las apariencias
desengañan. Estoy desengañada. No te reconozco,
a tí que eres tan tranquila, en esa historia. Telefonea
mañana otra vez, sin falta. No puedo
interrumpir el trabajo ahora. Gente que habla por
todos lados. Palabra que ya no se mueve en el
barril de pólvora plantado sobre la torre de
marfil.

 

 

Instrucciones de a bordo

para ti, A.C., temerosa, rosa, azul celeste

Piratería en pleno aire.
El cuchillo en las costillas de la aeromoza.
Granizado que se derrumba por las comisuras de los
labios y cucuruchos que sorbí atrás
de la puerta.
Ser la grieta*
el garbo,
la eterna liu-chiang de las postales rojas.
Latir los túneles luna azul celestial azul.
Degollar, atemorizar, ajustar
el cinturón, el sentido, la mancha
morada en la pierna: calores lunares,
copas de champagne, habanos húmedos de
licores chinos en las alturas.
Metálico sopor en el vientre
de la ballena.
Desde la cabina el profeta feo,
servido en bandeja.
Tres misses zapatito fino alto esmalte nave
de los insensatos supervuelos
rasantes a la luz de la luna
despetaladamente
desnuda
pedalear sin cosquillas sin súcubos
incomparable asiento reclinable.

*Juego de palabras con “greta”, nombre de pila de la célebre actriz, que
en portugués también significa “grieta”

 

*

Me quedo quieta.
No escribo más. Estoy dibujando en una casa
que no me pertenece.
No pienso en la partida. Mis garabatos son hoy
y se acabaron.
“Como todo el mundo, comencé a fotografiar a las
personas a mi alrededor, en las sillas de la terraza.”
Perdí un tren. No logro contar la historia
completa. Mandaste preguntar detalles (yo
todavía creo que la pregunta era de esas aburridas
de final de la noche, era yo que estaba lejos) pero no
hablo, y no porque mi boca esté dura. Ni la
ironía ni el fuego cruzado.
Tengo miedo de perder este silencio.
¿Salimos? ¿Vamos a caminar por el jardín? ¿Por qué
me trajiste aquí, dentro de esta habitación?
Cuando te mueras los cuadernitos irán a parar todos
a la vitrina de la exposición póstuma. Reliquias.
Él me dice con aire de niño mimado que el
arte es aquello que ayuda a escapar de la inercia.
Otra vez los ojos.
Los de él producen cierta indiferencia cuando
me cuenta qué es el arte. Estoy diciéndote eso hace
ocho días. Aprendo a enfocar en pleno parque.
Imagino la omnipotencia de los fotógrafos
que escudriñan tras la lente, invisibles como
Dios. Yo no sé enfocar allí en el jardín, sobre la
línea de tu rostro, aunque sea por
displicencia estudiada, la mujer difícil que no se
abandona hacia atrás, hacia atrás, palabras
que escapan, sin nada que vuelva y retoque y
complete.
Explico todavía más: hablar no me saca de la pauta;
voy a dedicarme a dibujar; para salir de la pauta.

 

*

Opto por la mirada estetizante, con epígrafe de
mujer moderna desconocida. (“No logro
explicar mi ternura, mi
ternura ¿entiendes?”) No soy ratón de biblioteca,
no entiendo casi nada de aquel museo de la plaza, no
tengo ímpetu de producción, no nací para
gitana, y también tengo el así llamado ojo con
pecados. ¿Aquí tampoco? Recito WW para tí:
“Amor, esto no es un libro, soy yo, soy yo a quien
tú sostienes y soy yo quien te sostiene (¿es de noche?
¿estuvimos juntos y solos?), caigo de las páginas
a tus brazos, tus dedos me entorpecen, tu
aliento, tu pulso, me sumerjo de pies a cabeza,
delicia, y basta —
Basta de nostalgia*,
secreto, impromptu, basta de
presente deslizándose, basta de pasado en videotape imposiblemente veloz, repeat, repeat. Toma
ese beso sólo para tí y no me olvides más.
Trabajé todo el día y ahora me retiro, ahora
dejo en reposo mis cartas y traducciones de muchos
orígenes, me espera una esfera más real que la
soñada, más directa, dardos y rayos a mi
alrededor ¡Adiós!
Recuerda mis palabras una por una. Yo podré
volver. Te amo, y parto, yo incorpóreo,
triunfante, muerto”.

*“Basta de nostalgia”, “Chega de saudade”, es una referencia a la
canción homónima de João Gilberto.

 

 

La otra noche en el bordillo

The other night I had a dream that I was sitting on
the sidewalk on Moody Street, Pawtucketville,
Lowell, Mass., with a pencil and paper in my hand
saying to myself “Describe the wrinkly tar of the
sidewalk, also the iron pickets of Textile Institute, on
the doorway where Lousy and you and G. J.’s always
sitting and don’t stop to think of words when you do
stop, just stop to think of the picture better — and let
your mind off yourself in this work.
Jack Kerouac, Dr. Sax

 

La otra noche soñé que estaba sentada en el
bordillo con papel, lápiz y silbidos vacíos
diciéndome: “Tú no eres Jack Kerouac a pesar de las
apariciones que insisten en pasar por los bordes de la
cama exactamente como en aquellos tiempos”. Yo era
niña y ya escribía memorias, envejecida. El
tiempo se escribía al revés. De noche no dormía
mientras mis ojos veían las luces de los
automóviles veloces en el cielorraso. Cuando me ponía
boca abajo venía el diablo y me perforaba la espalda con
un puñal de plata. Las manos se interrumpían a la
medianoche cuando llegaba el ángel más oscuro
que el silencio. Ya no había sueño y Jack y yo
jugábamos a la pasión escondida.
La cosa iba más allá de los mostradores. Yo era
reina de las víboras. Jack con entrecejo fruncido
y aire desentendido. Nadie debía saber nada,
ni siquiera nosotros. Yo era la monja de nariz parada y
boquita roja. Jack enfermo y yo lo cuidaba
en el hospital. Dame la mano, Ángela, tómame la
mano, él hablaba angustiado como si
estuviera delirando. Yo aferraba su mano
porque era la hermana Paula pero Ángela no me
llamaba. Él me retorcía los dedos y sudaba en las
sábanas. Yo sentía un calor terrible, inquieta en la
silla blanca de hierro cubierta por los hálitos
negros. El cuello almidonado picaba. Con la
otra mano yo me tocaba los pechos que no
eran grandes como la angustia de Jack.
A altas horas allá iba yo a atender la lucecita roja
del cuarto que titilaba. A la mañana Jack partía
para siempre y yo tenía calores a la madrugada
siguiente sin lucecita. En la confesión me volvía Jack
sufriendo en la enfermería y llamaba a Ângela con los
ojos cerrados. El confesor era calvo y no
decía nada, soportaba mis dedos retorcidos
entre las rejas. A solas imitaba el gesto de Jack
sacando libros de la estantería con gravedad. Cuando
volvía en mí me estaba sosteniendo la cabeza para
no caerme de sueño, él hacía lo mismo después de hablar
mucho. Andaba con las piernas medio abiertas y golpeaba la
puerta. El hábito quedaba preso en el vano; yo no salía
del lugar.
En esa época comenzaron los bombardeos.
Tuvimos que escondernos todos dentro de un
tren apagado en medio del bosque. Había más
gente que espacio y todos acostados en el suelo medio
enrollados e intentaban descansar los pechos
fatigados, los corazones exhaustos, las miradas
cargadas etc. Jack vigilaba los cielos del insomnio
por una hendija del techo. Un hombre gordo
roncaba a mis pies. Al lado de él una mujer
carnosa se revolvía. No me acosté tensa de miedo de
hacer caridad con los puercos. Jack barbudo y
peludo movía la cabeza de un lado a
otro. Cuando las explosiones recomenzaban Jack
se tiraba al suelo y rodaba por encima de sus
protegidos hasta mi rinconcito acuclillado.
La reina de las víboras era cruel con ojos
llameantes. Capturaba a Jack en el bosque y
lo torturaba con látigos, embebía las heridas con
agua y sal. No personalmente, sino comandando
soldados cabezones, toneles de obediencia. En el
momento crucial tenía que aguantar los olores de
Jack pegados a mi brazo. Le daba la espalda y
fingía que no sentía la presión del peligro. Jack
también me daba la espalda y las explosiones
sacudían las paredes del tren. Nadie podía
moverse sólo juntarse más y más hasta que estallaran
los huesos, gemidos imperceptibles.
Jack me tomó desprevenida durante el descanso
vespertino. Se me subió a la espalda y metió
la boca en los pliegues mugrientos del cuello. No me moví
y dejé que los dientes se hincaran preso el cuerpo
todo. Las manos de Jack parece que entendieron y
vinieron por arriba a mis pechos. Las
piernas de Jack entendieron y mudas hicieron un vuelo
rasante por las mías. Mis dientes apresaron:
no me moví por la tijera. Jack entendió y no
pasó de mariposa. Rastrero se apartó y era
como si hubiéramos dormido toda la noche sin
reparos.
Finalmente la mujer carnosa despertó, superiora,
madre, dueña de los soldados, dueña de la pensión.
Cuando Jack se subía a la espalda de ella no se dormía
más en el caserío, en el tren, en el hospital. Me quedé
escuchando, intenté jugar a despertarme sola, llamé
a Ángela cortante, a tijeretazos, toreadas,
tronadas de verano, puñal de plata. De hecho
recibí visitas discretas de la nueva enfermera de
guardia, enfermera de enfermeras que
contraían la peste que curaban. Todavía toda
oídos sólo de insomnios poblados. Jack en el coro
fruncía la cara y sólo yo me daba cuenta en la platea; pero
no cambio, no hablo, no me muevo. Había sudor, no
había aplausos.

 

 

Medianoche. 16 de junio

No vuelvo a las letras, que duelen como una
catástrofe. No escribo más. No milito más.
Estoy en medio de la escena, entre quien adoro y
quien me adora. Desde aquí del medio siento la cara
abrasada, mano fría, ardor en la garganta. La
jauría de Londres caza mi maldad pueril,
cándida seducción que da y toma y luego exige
respeto, madame jabalí. No soporto los perfumes.
Hurgo con la nariz el traje de él. Aire de Mia
Farrow, traslúcida. El horror de los perfumes, de los
celos y del zapato*
que era gemela perfecta de los
negros celos brillando en la garganta. Las novias que
preparé, amadas, blancas. Hijas del horror de la
noche, estallando de tan nuevas, tontas de bouquets. Tan
tristes cuando extermina, dulce, insomne, mi
amor.

 

*

Imaginé un truco barato que casi
resulta. Tengo corresponsales en cuatro capitales
del mundo. Piensan en mí intensamente
e intercambiamos postales y novedades. Cuando no
llegan cartas planeo arrancar el calendario de la
pared, en la sesión de dolor. Creo viborillas que son
crías de rabia — rabietas que suben en
grupo por la mesa y cubren el calendario de la pared
sin parar de moverse. Fui yo la que inventó esos
planes y trucos en el tren. ‘¿El tren
que atraviesa el caos?’ — mira tú. Llega una
carta desde la capital de Brasil que dice: ‘¡Todo! Todo
menos la verdad’. ‘Los personajes usan
disfraces, capas, rostros enmascarados; todos
mienten y quieren ser burlados. Quieren
desesperadamente’. Al contrario, era un tren
que atravesaba el countryside de la civilización. Era
un tren atrasado, parador, que se metía en
túneles y a esas horas yo planeaba más lejos
todavía, planeaba levantar una cortina de humo
y abandonar a mis corresponsales uno por uno.
Porque hago viajes movidos por el odio. Más
resumidamente en busca de bliss.
Por eso tomo los trenes quince minutos
antes de la partida. Sweetheart, cleptomaniac
sweetheart. You know what lies are for. Dulce
corazón cleptómano.
Poniendo de soslayo en la maleta sobras de comida,
gatos y bebés enfermos.
Aliento de gato. Gato viejo parado hace horas
frente a la puerta del frente.
Y qué. El corazón en la maleta. Pon el corazón
en la maleta. Ponlo en la maleta.

 

 

Travelling

Tarde a la noche recoloco toda la casa en su lugar.
Guardo todos los papeles que sobraron.
Confirmo para mí la solidez de los candados.
Nunca volví a decirte una palabra.
Desde lo alto de la sierra de Petrópolis,
con un sombrero en punta y una regadera,
Elizabeth*
reconfirmaba, “Perder
es más fácil de lo que se piensa”.
Rompo todos los papeles que sobraron.
“Sus ojos pecan, pero su cuerpo
no”, decía el traductor preciso, simultáneo,
y eran sus manos las que temblaban. “Es peligroso”,
reía Carolina perita en papel Kodak.
La cámara viajaba en rasante.
La voz en off en las montañas, inextinguible
fuego domado de la pasión, la voz
del espejo de mis ojos,
negándose a todos los viajes,
y la voz raspante de la velocidad,
de todas las tres bebí un poco
sin darme cuenta
como quien busca un hilo.
Nunca volví a decirte
una palabra, repito, puntualizo,
por la noche tarde,
mientras desaliño
sin lujo
sed
agujazos
los pareceres que oí en un día interminable
sin parecerme ya a la luz ofuscada de ese
mismo día interminable.

*La poeta Elizabeth Bishop.

 

 

Samba canción

Tantos poemas que perdí.
Tantos que escuché, gratis,
por teléfono — ahí tienes,
hice de todo para gustarte,
fui mujer vulgar,
medio bruja, medio fiera,
risita modernista
arañada en la garganta,
malandra, marica,
bollera, vándala,
tal vez maquiavélica,
y un día me empaqué,
me valí de mesuras
(era una estrategia),
comercié, avara,
aunque un poco burra,
porque inteligente después me
sonrojaría, o al contrario, cara
pálida que desconoce
el propio color rosado,
y tantas hice, tal vez
queriendo la gloria, la otra
escena a la luz de los spots,
tal vez apenas tu cariño,
pero tantas, tantas hice…

 

 

Noche carioca

Diálogo de sordos, no: amistoso en el frío.
Obstáculo a contramano. Suspiros a
contraflujo. Te presento a la mujer más discreta
del mundo: la que no tiene ningún secreto.

 

 

 

-Ana Cristina Cesar
Medianoche, mediodía / 53 poemas
Traducciones al español de Teresa Arijón y Bárbara Belloc
Amargord Ediciones
España, 2012

 

libro Ana Cristina Cesar

Ana Cristina Cesar Nació en Río de Janeiro, Brasil, el 2 de junio de 1952, y murió en esa misma ciudad el 29 de octubre de 1983. Fue licenciada en Letras po ... LEER MÁS DEL AUTOR