Hacia el tú invocable
– Hacia el tú invocable (Premio Ricardo Miró 2020)
Según fallo del jurado conformado por Lil Picado (Costa Rica), Vasco Franco (Panamá) y Karla Olvera (México): “Por tratarse de un libro de escritura contemplativa, bucólica y de fina sensibilidad, capaz de gran plasticidad, así como el justo equilibrio entre sensibilidad e intelecto.”
Leyenda de su muerte
Li Bai rema en su barca y mira entorno,
mira la noche y la floresta,
mira la luna sobre el río
y ante la noche inmemorial, mira el paisaje
que ha adquirido el aspecto de un biombo muy fino.
Li Bai desde su barca reflexiona;
toda su vida ha caminado a tientas
guardando su reflejo, y muchas veces
temió quebrar la noche en este río.
Es dulce la embriaguez que se desprende
al golpe de los remos, pero ahora
parece que se quiebra un equilibrio,
parece que palpamos el biombo,
el mundo desde un loto nos despide.
Ondea la maleza con sigilo,
brillan después con fuerza las estrellas,
pasa también la grulla por la orilla.
Li Bai desde su barca suspirando
dibuja una oquedad de tronco milenario
en un espasmo de la brisa, y se disuelve.
Rasgamos el biombo de la noche
y un aire inmemorial nos adormece.
Nos adormece y no sabemos
dónde termina el hombre,
dónde empieza la bruma,
con qué tinta indeleble
escribieron Li Bai, la luna, el viento.
Retrato en el páramo
Una vez ha llegado aquí como se llega
el aire a derrumbar sobre las piedras
conoce el caminante la llanura,
su grávido rigor de luz y tierra,
y la flor de los cactus.
Alguna vez fue bullicioso y fértil,
hoy sólo un triste páramo y desidia;
pasó al galope aquel caballo y sólo
sintióse el polvo levantado.
Pasó al galope y nadie más lo vio,
nada se oyó en la plaza a mediodía.
Quién dirá de lo humano en estos lares,
su ser emocionado, quién si la flor
es en verdad un párpado ilusorio
si aquí toda presencia es lejanía
cuando no imagen tránsfuga;
cada cielo remeda otra llanura y cada sombra
al mismo caminante en otra esquina.
Sus calles son el tiempo y son el hambre,
cuando vibra en la tarde el polvo y eso es todo.
Alguna vez fue bullicioso y fértil,
alguna vez, sólo un instante
por una distracción de las distancias
el desierto pensó, se imaginaba
el caballo, la flor, la sombra, el caminante.
Élan
En las ciudades que se despiertan, en los hoteles,
en los vagones que presurosos se nos alejan,
en anaqueles con libros viejos, en los teatros,
en los talleres, en avenidas, en nuestros sueños
nos encontramos.
Como las flores que se desmayan en la nostalgia,
como las sombras en los garajes, como los vientos,
como se acercan a los dormidos los oleajes,
como franela, como desnudos, como fantasmas
nos abrazamos.
Desde anchurosos prados y arroyos, desde las puertas
que no se cierran, desde tus miedos como las islas,
desde los cruces de carreteras de madrugada,
desde el recuerdo de nuestros bosques, desde el incendio
despacio hablamos.
Por galerías donde la tarde borra tu sombra,
por el he sido, por las luctuosas noches heladas
por los silencios casi elocuentes de los desiertos
por azulejos, por todavía, por las estrellas
siempre tan solos, soplo de vida, siempre tan solos.
Vermeer
Ciertamente ha calado la luz en las estancias,
concentrada como la veis
tiende a esparcirse
con pasos sigilosos, de mañana
muy temprano, sencilla, casi casta.
Sucede como tantas otras cosas
de forma inesperada
o previsiblemente, en el enmarque
de situaciones cotidianas.
Una muchacha que se entrega
plácidamente al sueño
o que cómplice, es galanteada
por dos risueños caballeros.
Todo proclive, diáfano
callado en las alfombras persas.
Aquí hablamos de ciencia, de pintura
también bebemos vino. Esto es Holanda,
llega en la brisa el ruido de los puertos,
es el murmullo del comercio, y las gaviotas
llegan con las campanas de la iglesia.
“Pero cierra, por Dios, cierra ya la ventana”
dijiste en el extremo donde
un ramo de la sombra sustraía
este cuarto transido por corrientes,
“tuve miedo, noviembre es gélido en el valle y yo,
yo voy muy descotada.”
Llena el laúd la sala, alguien suspira
de nuevo cuando lee la carta aquella.
Mientras yo busco en mapamundi
oh niña de ojos claros
la procedencia de tus perlas, en los cristales
de colores se va muriendo el día
y un terso cortinaje envuelve
nuestra llama en la vida.
No lo encuentro, no sé.
Es como si todos los rostros
se hundieran por la calle estrecha.
Jamás me desharé de esta extrañeza,
es como si no existiera nadie, o como
si siempre hubierais sido
en las amplias estancias
oh niña de ojos claros
tan sólo claridad de perla.
Momento
Vaso de agua cristalina donde
se acuesta el sol en las terrazas,
árbol que al cielo, melodioso, lento
te ofreces sin reservas,
rostros por quien el mundo siente con sorpresa
olor a nuevo,
sombra de nube y playa no pisada,
como vosotros yo voy aprendiendo, muy despacio, el desapego
de alguien que juega,
pues el que juega se abandona y sueña,
reencuentra el mundo y lo reordena.
Por él se escuchará de nuevo el mar
rompiendo dentro de las tumbas,
veremos, sí, las islas rutilantes
como un reguero de luciérnagas.
Hará volar pelícanos por el blanco del ojo,
y como agua, árbol de cielo o rostro nuevo
se encontrarán por fin los pecios,
los arrecifes de corales,
las conchas y tesoros olvidados
del alma cuando baje la marea.