Demetrio José Fábrega

Libro de La mal sentada

 

 

 

 

LIBRO DE LA MAL SENTADA

 

 

I

 

Con un pañuelo encima no, que nada

niegue el golpe de luces prometido,

que nada esconda lo que de escondido

hizo al bosque bramar, gemir la espada.

 

Con una cinta no, la flor ahogada,

que mi decoro rueda desabrido,

y un capitán muy pálido, rendido

busca la flota que le fue burlada.

 

Pólvora y yesca y pájaros de hondura

hieran de cuajo al centinela breve

de la casa que exhibes y me alejas.

 

Yo por los campos voy de tierra dura

mordiendo mudo tu puñal de nieve

con que me dejas ver que no te dejas.

 

 

II

 

Señora por amor de Dios,
aved algún duelo de mí.
Alfonso el Sabio.

 

Dejado de tu mano, a la deriva

rabio, en tu puerta imploro, amargo muero,

y el tragaluz, el borde, el lisonjero

doblez de espuma odiada por esquiva.

 

Dejado de tu luz que se reaviva

para arrasar las cárceles que quiero,

y la mañana de tu piel que espero

abrió sus tiendas donde yo no iba.

 

Ramo de llama en flor y flor amena

bajo los guardias mirtos declarados:

Tú con desnudo pie, las blandas iras.

 

Un bandazo no más a mi carena

y cuántos oros para siempre anclados

porque escogí tu mar que me retiras.

 

 

III

 

aun mi corazón que tienes,
alas te da contra mí.
Quevedo.

 

Alas, las leves alas del vestido,

te da, quemando para mi deshora,

contra mí, la blancura abrumadora

de un ángel necio en tu jardín, dormido.

 

A tu movido modo sometido

muerto mira el color por tu demora,

y aquella gravedad desarmadora

de arder el viento y dármelo escondido.

 

Pulsa el pastor vencido por los lagos

de lo que tienes casi al desceñirse

junto del suelo y casi con mi pecho,

 

y de las aguas hondas con halagos

un lamentar azul sube a vestirse

con el marfil airado de tu lecho.

 

 

IV

 

Turbia la soledad, y alcor de nieve,

la fiera quilla estalla en tu recato,

que tu desdoro fuera mi arrebato

y el que no fuera más lo que me mueve.

 

Todo el temblor del mar azar se lleve__

tu decisión normal yo no la acato__

huésped que despertara a tu rebato

tengo llorando tu descuido breve.

 

Ya no tendré más hijo que la pena

de estar mirando sin mi señorío

la hierba que amo, el viento que me hostiga,

 

y no querré más bien que tu serena

daga de amores por el pecho mío,

verdugo dulce, oh dulce mi enemiga.

 

 

V

 

Llévatelo partido y sin consuelo,

salido de tu pie, desconsolado,

como niño en tu cielo, desgajado,

siempre partido y nunca sobre el cielo.

 

Llévatelo sin nuncio ni recelo,

adherido a tu flor y en mal estado,

deshijado por ti, desamorado,

nunca bajo tu piel, sobre tu pelo.

 

No tenga tu sentir pues no tuviste

viro que hincara celos en tu ropa,

ropa que tapie el sol, las islas, valles,

 

porque en la mesa oscura que serviste

siempre estaré, colgado de tu copa,

para morder tu voz en donde te halles.

 

 

VI

 

Tempora noctis eunt; excute porte seram.
Ovidio.

 

Quebrado el raro pie, torpe, tardío,

y el playerío en llamas por tu roce;

cayó la tierra pálida de goce

y el timonel quebrado al lado mío.

 

Yo te lo digo por si algún navío

el arrebol me da que te remoce,

o si tu carabela que conoce

Chinas y Tauros cruza mi desvío.

 

Hábil, tranquila y por verdor, tu frente

una guirnalda urdió que ya se roba

mi corona y salud de alto marino,

 

y ya no sé qué hacer, que ciertamente

no tenga aún la llave de tu alcoba,

y el día tenga ahogado en mi camino.

 

 

VII

 

Vestida de brocado o desvestida,

tu carne aguda me pusiera malo,

dura mata de amor, duro regalo,

sombra capaz, península o herida.

 

Coronada por nada o conducida

por crines de ámbar en tu coche ralo;

hasta los dientes tu calor me calo

para coger el fruto que convida.

 

De toda prisa y vario níveo broche

asegurado está mi desvarío:

Tus caravanas vi con tu joyero.

 

Si ungida y ebria lo abres en la noche

lejos, lejana, pronto será mío.

cuando me llegue de Indias mi dinero.

 

 

VIII

 

Verte y no verte, mala marinera,

tu falda mina mi lucero sano,

verte y no verte por no ver mi mano

derramando la sed de tu ribera.

 

Verte y no verte fustigar austera

tibios gamos de amor en mi verano,

verte y no verte levantar en vano

la mies al aire cuando el horno espera.

 

Para tener tu primavera loca

dándole y dando a mi cerviz herida

jardines de ascuas, piélagos de fuego,

 

quisiera nunca ver y ver tu boca,

verte y no verte junto a mí, tendida,

para no verte más, y verte luego.

 

 

IX

 

meae deliciae, mei lepores,
iube ad te veniam meridiatum.
Catulo.

 

Sobre la vara el tamarindo muere,

bajo la vara azul de tu cintura

unicarnada, fiel, blanca, madura,

con una rama de humo que te quiere.

 

Dime el collado, el signo, en dónde espere__

pañuelo no me des para amargura__

para que nadie sepa cómo apura

lo poco que te vi de lo que hiere.

 

Costanero en la flor de tu calado

vuela en tu muslo un rayo que me impide

donde la noche pasta sin amores.

 

Tamarindo mortal amortajado,

clavado y fresco y prófugo te pide

si ya vio tu jardín, gustar las flores.

 

 

X

 

ya, señora, ten por bien
de me dar el gualardón.
Marqués de Astorga

 

Por tu color mortal vengo vencido,

heme que vengo por tu piel cegado,

la frente traigo de laurel cansado

y el prado de vivir por tí caído.

 

Me fui por cosas de oro prometido

rasgando mundos con mi potro armado,

y el resplandor que había en tu costado,

pobre dejó mi estado perseguido.

 

Ya no me rompe el tiempo y me condena

porque te fui a buscar y ciego anduve,

porque sentí tus galas en mi cuello.

 

Si ya sólo morir y en tierra ajena

podré, siquiera por lo mal que estuve

que sea después, después, después de aquello.

 

Demetrio José Fábrega Nació en Aguadulce, provincia de Coclé, el 14 de septiembre de 1932. Realizó estudios universitarios en los Estados Unidos de América y ... LEER MÁS DEL AUTOR