Canción de los pisos
(Traducción al español de Dante Medina)
Hambre roja
Estabas loca.
¡Hace tanto tiempo!
Te moriste, un dedo frente a la boca,
En un movimiento noble,
Para cortar de tajo la efusión;
En el sol frío de un verde reparto.
Eras tan bella que nadie se dio cuenta de tu muerte.
Más tarde, de noche, te pusiste en camino conmigo.
Desnudez sin desconfianza,
Senos podridos por tu corazón.
A sus anchas en este mundo ocurrente,
Un hombre que te había estrechado en sus brazos,
Vino a la mesa.
Sé bien, tú no eres.
París sin salida
Calle de Sèvres
Una puerta de garage antes de la tienda Le Tournis,
Mediodía, y el verano
Sobre el asfalto suspende todos los impulsos.
Una joven mujer,
La línea de sombra de su falda desnuda
Es cómplice de su cuerpo encantador,
Persigue un sueño despierto,
Sentada en la piedra misma del umbral.
Yo la llamo
Lectora de las doce adormideras blancas,
Meridiana,
Aunque todavía tenga los ojos muy abiertos
Y los dedos simétricos
Mientras hojea su libro ausente,
Permanece, la pierdo.
Sin tardanza, en la siguiente calle
Sílaba de eco, amante precipitada.
Canción de los pisos
Es de día con la reina.
Es de noche junto al rey.
Ya canta la reina.
Apenas duerme el rey.
Las sombras que lo encadenan,
Una a una, las ve él.
La mirada de la reina
En ellas no se detiene.
El destino que las lleva,
Y que hace temblar al rey,
No turba un punto a la reina.
Allá abajo brilla el mar,
Y, al ritmo de sus venas,
Aquella que fue a quemar,
Ola de mismas arenas.
Oh las jornadas serenas,
¡ustedes no son del rey!
El recuerdo de un roble
Sobre su frente de preocupación
Pone clara mancha noble.
Fue en otra vida
Donde despertó la reina
Contra el corazón del rey.
Ah, cierra tu palacio
O sube por sus pisos
Tímido soberano.
Comprenderás por qué
Sobre una roca salvaje
La reina apoya su seno.
Entenderás por qué
Y te consolarás.
Los inventores
Llegaron, los habitantes del bosque de la otra ladera,
los desconocidos para nosotros, los rebeldes a
nuestras costumbres.
Llegaron y eran muchos.
Su grupo apareció en la línea que divide los cedros
Del campo de la vieja cosecha ahora irrigado y verde.
La larga caminata los había agitado.
Sus gorras ajustadas sobre sus ojos y sus pies bruñidos
se posaban en el baldío.
Nos vieron y se detuvieron.
Aparentemente no esperaban encontrarnos ahí,
Sobre tierras fáciles y surcos bien cerrados,
Completamente despreocupados de una audiencia.
Levantamos la frente y los animamos.
El más elocuente se acercó, después otro igualmente
desarraigado y lento.
Venimos, dijeron, a prevenirlos de la llegada
inminente del huracán, su implacable adversario.
Tal como ustedes, nosotros tampoco lo conocemos
Más que por las relaciones y las confidencias de los ancestros.
¿Pero por qué estamos incomprensiblemente felices
frente a ustedes y repentinamente como niños?
Les dijimos gracias y los despedimos.
Pero antes bebieron, y sus manos temblaban, y sus
ojos reían en las comisuras.
Hombres de árboles y de golpes, capaces de hacer
frente a cualquier terror, pero inaptos a conducir
el agua, a alinear las construcciones, a cubrirlas
de colores agradables,
Ignoran el jardín del invierno y la economía de la alegría.
Cierto, pudimos haberlos convencido y conquistado,
Pues la angustia del huracán es emotiva.
Sí, el huracán iba a venir pronto;
¿Pero valía la pena que hablásemos de él y que
molestásemos el porvenir?
Ahí en donde estamos nosotros, no hay ningún temor urgente.
De 1943
Has gozado bastante de nuestras almas,
¡Oh viejo sueño de la putrefacción!
Desde entonces,
Luna tras día,
Viento tras noche,
Ligeros o fuertes,
Te esperaremos.