Nilton Santiago / La poesía desobedece

Discurso de recepción del Premio Internacional de Poesía Vicente Huidobro

 

Ser el primer ganador de un premio que nace con una vocación trasnacional es un honor enorme pero también una gran responsabilidad. Más aún en un continente (hasta ahora) huérfano de premios de esta categoría y lleno de políticos que nos han enseñado a ahondar más en nuestras diferencias que en lo que nos une. Los premios significan un bello reconocimiento, desde luego, pero me gustaría creer que, además de “al poeta”, que suele borrarse para ver, se reconoce a la poesía misma como una manera de “ver” y “estar” en el mundo. Y de reconocernos.

Cuando un peruano, un chileno o un ecuatoriano salen de su país, creen que seguirán siendo peruanos, chilenos y ecuatorianos infinita-e-inmaculadamente, y ciertamente lo serán. Pero es sólo desde lejos, desde la distancia, cuando uno descubre que las nacionalidades son sólo absurdas etiquetas de uso personal. Una pegatina en el pasaporte. Afuera, uno es –simple y llanamente– un extranjero. Un latinoamericano. Al principio uno se enfada cuando no reconocen su nacionalidad, cuando confunden tu acento peruano con el boliviano, cuando desprestigian al ceviche llamándolo plato nacional brasileño (es broma), pero poco después te das cuenta de la revelación: si para ellos todos nos parecemos, si para ellos nuestros acentos diversos se confunden, ¿por qué nosotros insistimos en buscar y crear diferencias?

He empezado diciendo que la poesía desobedece, y efectivamente, desobedece. Cuestiona. Tira a la papelera los pasaportes y cruza las fronteras sin cruzar las aduanas. Es verdad que el mundo de hoy en el que vivimos parece más bien un centro comercial, un mundo pragmático donde sólo tiene valor aquello que se puede comercializar. Pero hay cosas que no las puede explicar ni el pragmatismo ni el comercio: la emoción. Ahí llega la poesía y nos revela aquello que quiere escondernos las rutinas: la belleza de lo que no tiene precio, aquello que pasa desapercibido porque no se puede consumir.

Un poema le pone una zancadilla al olvido, ciertamente, pero también le da voz al silenciado, a la madre del desaparecido, al obrero que acaba de gastar su última moneda en una barra de pan; al pájaro que vuelve a su árbol de toda la vida y descubre que alguien lo ha talado para montar una sucursal bancaria. Esto no te lo puede revelar google. Para los poderes económicos la poesía no sirve para nada y ahí radica su trascendencia: no se pone de rodillas ante el mercado; por el contrario, la poesía nos enseña a desobedecer, a cuestionarnos, a ver. A rebelarnos para ser más humanos y más libres. 

Hagámonos un favor, seamos más cómplices de la imaginación para poder ver más realidad. Y si tiene que haber un país, que sea nuestra lengua.

Gracias pues a la Fundación por crear este premio, por hacer que crucemos estos puentes llevando en nuestras alforjas la palabra de “nuestro” universal Vicente Huidobro y, cómo no, gracias a los miembros del jurado por considerar a este de libro –lleno de preguntas y de etcéteras– como merecedor al premio de poesía que me honra hoy recibir.

 

Santiago de Chile, 16 de diciembre de 2019