Yevgeny Yevtushenko

Caminando sobre el tejado y otros textos

(Traducción al español de Javier Campos)

 

El mar*

El tren Moscú-Sujumi se iba hundiendo en las montañas.
Ya hablábamos del mar. Ya los estudiantes en los asientos vecinos
abandonaban su juego de ajedrez y el juego de naipes.
En el pasillo se amontonaban los que miraban por las ventanillas:
“¡En un instante va a aparecer el mar!”.

Algunos viajeros apoyándose en los hombros de sus camaradas
recordaban su encuentro con el mar.
Para mí, en los museos, en las habitaciones,
el mar estaba suspendido en un marco  y cubierto por un vidrio.

Antes nunca lo había visto vi sino pintado.
Jamás lo conocí sino a través de los libros.
Toqué de nuevo la mano de mi vecino y obstinadamente le seguí preguntando:
“Dime por favor,  ¿está muy cerca?  ¿Cómo es?”.
“Paciencia muchacho, tú mismo vas a verlo en un instante!

De pronto en un vaivén que hizo el tren entró a un inmenso espacio
e inmediatamente no hubo nada más en el mundo.
No quedó nada alrededor de mí: únicamente el mar.

Todo se transformó en silencio salvo su rumor.
Recordé de repente que así me había pasado antes.
Sí, el mismo sentimiento pero ahora era mucho más intenso
cuando yo ni siquiera había saboreado el amor
que únicamente conocía a través de los libros.

Reprochándole al amor su indiferencia
acosé  a mis amigos con preguntas: “Díganme,
¿Está muy cerca? ¿Y cómo es?” “¡Ten paciencia!,
¡Ya  lo conocerás por ti mismo”.

Así me pasó con el mar  al igual que con el amor:
cuando  él entró en mi vida entonces desapareció todo,
solamente él existió en el mundo y desde ese momento
ya no pude oír nada más que sus únicas  palabras.

(1952)

 

 

Mi primera mujer

En el amargo paraíso para las viudas,
en un pueblo de Siberia después de la Guerra,
nosotros, adolescentes, bailábamos con mujeres campesinas
que olían a pasto fresco y a fresas silvestres.

Y una de ellas, verde grosella, cuidadora de panal de abejas,
que olía a miel, a caballos y a pinos,  me silbó y me dijo:
“¿A ver si eres hombre, precioso?  Atrévete…
Pon tu mano bajo mi blusa… ¿Verdad que está caliente?
Es mi estufa privada”

Un oso desaliñado hacía sonar su cadena en el patio.
Entré a la vieja y destartalada cabaña.
La mujer dijo: “Si me comparo contigo yo soy muy vieja.
¿Qué edad tienes? ¿Unos 16 más o menos?

Tragué aire bastante asustado,
de mis labios salió algo así como una explosión
de plumas de una almohada:
“Sí, ya hace un tiempo atrás… en enero…”
y escuchando mi ingenua mentira,
el reflejo de una espumante bebida de miel
se reía en burbujas doradas en la rustica mesa
que estaba encima de una carreta de lona para los caballos.

Mis dientes rechinaban contentos
en la punta afilada del cucharón de fierro,
lleno de agua helada con pedazos de hielo
mientras yo te esperaba
recostado en  una piel de oveja
que cubría una barata frazada de algodón.

Tú me dijiste: “Da vuelta la cabeza”,
pero yo sólo fingí hacerlo.
Perdí el aliento volando a un paraíso celestial
lleno de trompetas y gordos querubines.

Tú trataste de darme miedo con un pesado palo de amasar:
“¡Cierra tus desvergonzados ojos!” y te lanzaste sobre mi
como un ángel tierno de los bosques silvestres de Siberia,
sobre tu desamparada camisa color caqui,
tu sostén negro de duelo,
sobre unas botas de soldado.

Me desnudaste con unas manos hambrientas de amor,
yo estaba ruborizado y lleno de vergüenza,
pero me ayudaste a no quedar mal
y entré en ti como en la eternidad.
Tú te habías olvidado cómo abrazar a un hombre.
Tu esposo, un soldado, lo habían matado hace cinco años.
Mientras me abrazabas cerraste los ojos,
quizás tratando de acordarte de él.

Tu frente estaba marcada con picaduras de abejas.
Cuando finalmente supiste que yo sólo tenía 15 años,
te arrodillaste ante una descolorida imagen de Cristo
y rompiste a llorar: “No hay perdón para mí”.

Sin duda que Cristo te perdonó,
porque tú, que casi me amaste,
llevando aún tu anillo oxidado
que tenía un rústico pedazo de cristal,
dejaste para siempre  tus rasguños sobre mi piel.

Con toda la sinceridad de tu cuerpo desolado por mucho tiempo,
con todo el dolor dentro de tus pechos intocados
que creías casi muertos,
lo único que tú deseabas creer
es que yo nunca dejaría de amarte en todas mis mujeres.

 (2005)

 

 

Caminando sobre el tejado

¿Cómo pude sobrevivir durante el tiempo de Stalin?
Es que una vez muy contento salí disparado
de una ventana del noveno piso
donde con mucho orgullo caminé sobre el tejado
guiado por no sé quién
y llevando en mi mano un vaso de vodka.

Caminaba sobre el techo sonriendo,
me miraban desde abajo asustadas mujeres viejas,
alguna gente rara y gatos envidiosos.
Yo era absolutamente desconocido
y afortunadamente todavía no era un icono.

Dos camaradas borrachos,
manteniéndose sobrios, celosos,
miraban desde la ventana
cómo yo  -sorpresivamente- podía
caminar contra todas las reglas
aunque ignorándolas todas
no
pudiera
caerme.
En aquel 1950, bajo el oscuro bigote de Stalin,
nosotros, una generación a la que le lavaron el cerebro
desde el kindergarten,
teníamos la obsesión de subirnos a los tejados,
la obsesión de escalar cualquier cosa que fuera elevada,
pero nunca la obsesión de escalar las alturas del poder.

Jugábamos  a hacer  el amor en los áticos
aprendimos a besar por un rublo
admirábamos en La Plaza Roja
las alegres muchedumbres con flores y carteles
mirándolas desde nuestros tejados;
mi tejado era  mucho más alto que aquel majestuoso mausoleo
donde Stalin, sin ser visto en ese momento,
protegido por los grandes hombros de su guardia personal,
meaba en un balde de lata
(todo eso era perfectamente visible desde nuestro tejado)
¡Qué perspectiva! ¡Qué afortunados!

Aquel tejado estaba muy cerca
de los tejados de Roma y de Paris
y después de algunos años irrumpimos por La Cortina de Hierro.
Nosotros, los hijos de los Tejados de Metal.

En ese extraño comunismo
de vida militarmente organizada
caminábamos sonriendo sin miedo.
¿Pero qué pasa si hoy día, vendiendo conciencias
por una vida mucho más confortable,
caemos en un capitalismo militar?
¿Qué pasa si quedamos atascados en una sórdida farsa?
Quebraré mi ventana -y aún a través de los barrotes-
saltaré fuera de mi propio retrato
¡rompiendo en pedazos el marco y el vidrio!
Ni siquiera en la muerte confiaré en  ningún  “ismo”,
yo, otra vez joven y siempre libre,
arriesgando la vida, sonriente y fuerte,
volveré a caminar por el tejado,
o de lo contrario, no soy un poeta.

(2004)

 

 

 Vieja fotografía

                     N.T.

Hace mucho tiempo en Moscú, en una vieja casa de madera,
tú, siempre en silencio,
entrabas de prisa, corriendo feliz
pero luego salías de allí huyendo bastante triste.

Sucedía bajo la lluvia, bajo las nevadas;
era tu frenética llave a lo desconocido.
Siempre comenzabas con una arriesgada salida
y terminabas huyendo de tu casa.

Tus labios me besaban pero no decían palabras.
Me ofreciste tu cuerpo pero escondiste tu alma.
Me apretabas hasta darme dolor.
Y tus ojos no querían mirar los míos.

Yo no sabía nada de tu otra vida.
Amante de día no tenía idea de tus noches.
Tus uñas trataban de hacer pedazos el papel de la pared
rasgando el significado de tu silencio.

Poco después te sumergiste en nuestra ciénaga
en los intestinos de un bus o en el útero de una estación de trenes.
Dejándome solo, luchaba con las yemas de mis dedos
tratando de entender tu código Braille en la pared.

Después de tu huida, quedó en mi cuarto por mucho tiempo
tu aroma de frescas y recién cortadas lilas silvestres.
Pero una vez, ese aroma se desvaneció para siempre.
Envejecimos, cada uno por su lado, casi por medio siglo.

Y por casualidad fui cruelmente castigado
cuando tu marcador de libros cayó de un tomo de poesía de Alexander Blok.
Era la fotografía de tu rostro joven hace cincuenta años
era tu regalo de despedida.

Lo sentí mucho pero abrí ese libro muy tarde
y encontré algo escrito en un lado del marcador:
“No te sorprendas. Te amo. Para siempre.”
Y de tu rostro tu alma apareció por primera vez
pero otra vez  tus ojos evitaban mirar los míos.

Y oí tu voz con miedo desde la tumba:
“No te des por vencido. Lograrás muchas cosas.
Yo soy infeliz amado mío,
pero todos mis deseos se harán realidad.”

Dios mío, este libro guardaba tu rostro joven
incluso tu voz estaba cerca de mí
fui un pecador, un muchacho desatento
¿y aún ahora sigo siendo el mismo?

¿Por qué todavía  camino con ímpetu
por otras regiones del mundo, océanos, ríos, costas?
Es porque el aroma de una lila silvestre de nuestro pasado
aún permanece conmigo, y continua eternamente fresca.

(2004)

 

 

En el país llamado Más o Menos  (1)

Vivo en el país llamado Más o Menos,
donde,
muy extrañamente,
no hay ningún partido oficial llamado “Masomenosista”…
donde ellos
leen a nuestros escritores clásicos… más o menos.

Donde a veces,
hasta los distinguidos ciudadanos
se enamoran (más  o menos),
pero a veces,
después de algunos meses
ya no hay  besos,
los unen  sólo los pesos.
Entonces  no son ajenos,
más o menos.

¿Es verdad, señor, que todos  beben en su  país Más o Menos?
Hay algunas personas que no beben  nada…
Más  o menos…”
Difícil de creer, señor,
Ni siquiera algo así como…
una gota. Más o menos.”

¿Qué tipo de gente es aquella, la de su amado pueblo
del país llamado Más o Menos?
Son más o menos agradables…
Más o menos honestos…
Unas veces menos, otras veces más…

¿Está Usted, señor, orgulloso de su gran país,
llamado Más o Menos?
Hmmm…
Más o menos…
Por lo general, somos generosos más o menos..
suficientemente amistosos… menos o más…

Por supuesto, todos estamos por la paz…
un tanto más, un tanto menos..
Por supuesto, tenemos algunas pequeñitas,
pero más o menos
desagradables guerras.

En cada esquina,
en cada cocina de cada casa
cuando las esposas y los esposos están algo
así como peleando discretamente,
tenemos nuestra propia Chechenia doméstica,
y un Irak privado,
ondeando un trapo húmedo de cocina
como una bandera nacional,
cuando  las  sandalias  y las planchas
a veces vuelan por encima de las cabezas
como ovnis…
sin embargo, apreciamos nuestros valores de familia..
Más o menos…

En nuestras cortes de justicia  tenemos
más o menos  incorruptibles jueces,
en nuestros centros de investigación
hay pensadores, más o menos insobornables.

Una  más o menos  bella mujer me susurró:
“Estoy más o menos enamorada de Ud.
Más o menos para siempre…”

Me gustaría pararme frente a Dios,
así como soy,
no algo así como más o menos.

No estar  más o menos feliz
En esta más o menos vida…
En esta más o menos  libertad.

 (2004)

 

 

Los libros prestados

Los libros también leen a quienes leen libros.
Los libros ven en nuestros ojos nuestros escondidos gritos y gemidos.
Los libros oyen todo lo que tememos y nos decimos.
Los libros aspiran lo que nosotros respiramos.

Nosotros fuimos unidos por los libros.
Anna Karenina fue nuestra Celestina suicida
cuando ella resucitó de los congelados rieles
y nos lanzó  en nuestros brazos.

El silencioso retorno de los libros prestados
por quienes se aman los unos a los otros
no parece como un mutuo favor,
es como romper páginas en pedacitos:
es una separación irreversible.

Nosotros solamente podíamos devolvernos los libros,
pero no nuestros instantes secretos,
los cuales  ocultábamos muy profundamente
para no ser detectados por ojos indignos.

Tomaste mis libros del baúl de tu carro
y lo dejaste abierto esperando de mis manos los libros tuyos,
apretándolos en tus pechos:
Pasternak, García Márquez, y el Diario de Anna Frank.

Mis brazos querían abrazarte mucho
pero ellos estaban cargados de libros,
como si estuviera protegido por Dostoyevsky, Faulkner
y proverbios rusos.

Yo puse todos tus libros devuelta en tu baúl
tratando de no mirarte a los ojos
y tú,  como alguien arrastrándose en cámara lenta bajo unas ruinas,
comenzaste a devolverme los libros uno por uno.

Yo te rogué durante dos largos años
que encontraras y amaras a alguien,
y cuando ocurrió, yo respiré tranquilo,
pero mis dientes  rechinaban con desesperación en las noches.

Yo nunca te pregunté con envidioso desdén el nombre de mi rival:
“¿Quién es?”    “¿Qué edad tiene?”
Yo no supe si llorar o reír
cuando tú me respondiste :  “18 años”.

En ese momento de separación,
tú, como la belleza de una virgen incorruptible,
me pediste, sin palabras, sólo con una mirada
que me acercara y te abrazara otra vez.
Pero yo contesté únicamente bajando la vista.

Tú me miraste como si estuvieras enamorada de nuevo.
Si yo te hubiera mirado a los ojos, todo podría  haberse repetido.
¿Qué me lo impidió?  ¿Cobardía? ¿Coraje?
¿O algo que aún no tiene nombre?
Las releídas, cansadas páginas de los libros,
ya estaban temblando en tus manos.
Tus aros tintineaban.
Tú estabas aturdida protegiendo tu alma con los libros,
apretados  a tu corazón.

(1999)

 

____

*Escrito por Yevtushenko a los 19 años.  La traducción original al español  de una versión en portugués fue de Pablo Neruda y publicado en Chile en 1968 en el diario El Siglo. Javier Campos en septiembre de 2009 re-trabajó todo el poema sobre la traducción de Neruda, incluida la nueva organización estrófica del poema con la sugerencia y aprobación de Yevtushenko.

1.En los últimos años, el idioma ruso fue invadido por una muy pegajosa y ambivalente expresión: “kak bi”,que en español se parece al expresión “Más o menos”.  Esta expresión  a mucha gente le sirve  para más o menos esconder su más o menos conciencia. 

 

 

-Las traducciones tienen derechos reservados de Javier Campos y se prohíbe su reproducción sin la autorización de la revista Altazor. Si se reproduce, el poema debe indicar el nombre del traductor y la fuente.

 

-Esta foto se la dio al traductor Yevgeny Yevtushenko ( 1933 – 2017) con derecho de usarla para la portada de un libro (edición en Perú y edición en España de traducciones de poemas hechas por Javier Campos ). Era de su colección privada. Fue tomada en 1968 por un fotógrafo del NYT, cuando Yevtushenko estaba en un pueblo de la jungla colombiana llamado Leticia. Tenía allí 35 años . A su lado está una mujer colombiana llamada Dora Franco, que aún vive y es una fotógrafa muy conocida.

 

y yevtushenko

Yevgeny Yevtushenko (Rusia, 1933- Estados Unidos, 2017). Fue uno de los poetas más conocidos internacionalmente. Varias veces nominado al Premio Nobel de Liter ... LEER MÁS DEL AUTOR