Marosa di Giorgio. Los leones rondaban la casa, Había tres gatos, Anoche llegaron los murciélagos

Continuamos esta nueva sección con tres textos de la enorme poeta uruguaya.

 

 

 

Marosa di Giorgio

 

 

Los leones rondaban la casa

Los leones rondaban la casa.
Los leones siempre rondaron.
Siempre se dijo que los leones rondaron siempre.
Parecían salir de los paraísos y el rosal.
Los leones eran sucios y dorados.
Ellos eran muy bellos.
Los ojos como perlas. Y un broche brillante en el pecho
entre aquel pelo áureo.
Los leones entraron a la casa.
Corrimos a esconder los floreros de sal, de azúcar, el cometa
Halley, las queridísimas sábanas nevadas, la colección de
estampillas. Y a traer los sudarios.
Los leones eran al mismo tiempo, presentes e invisibles, al
mismo tiempo, visibles e invisibles.
Se oía el rumor de la leche que robaban, el clamor de la miel
y la carne que cortaban.
Llevaron hacia afuera a la abuela oscura, la que tenía una
guía de rositas alrededor del corazón.
Y la comieron fríamente. Como en un simulacro.
Y -como si hubiese sido un simulacro!- ella tornó a la
casa y dijo: -Los leones rondaron siempre. Están delante
de los paraísos y el rosal. Dijo: -Los leones están acá.

 

 

Había tres gatos…

Había tres gatos que no eran silvestres ni caseros.
Vivían en la bodega.
La bodega estaba lejos de la casa.

Yo iba hasta allá cuando las amas andaban cortando ajíes, que son de tul verde con el coágulo rojo dentro.
La amatista… brilla la pata de turquesa de que penden.

De esos gatos se dijo que comían mariposas y algo más absurdo se dijo… que comían moras.
Pero yo nunca lo comprobé.

Estos gatos eran llamados los indios.
Al verme, cada uno trepaba a un árbol y me miraba.
Así yo era observada desde tres lugares diversos.

Un día, uno de los gatos tuvo para mí intenciones sexuales y yo hui a través de los ajíes de encaje
y él volaba y caía a mis pies y volvía a volar y a caer a mis pies.

Me siguió en la larga caminata demostrando a cada instante su poder supremo e inútil…

 

 

Anoche llegaron murciélagos

Anoche llegaron murciélagos.

Si no los llamo, ellos, igual vienen.

Venían con las alas negras y el racimo.

Cayeron adentro de mi vestido blanco. De todas las rosas y camelias que he reunido en estos años.
Y en la canasta de claveles y de fresias. La Virgen María dio un grito y atravesó todas las salas;
con el pelo hasta el suelo y las dalias.

Las perlas, almendras y pastillas, las frutas de cristal y almíbar, que vivían en fruteras
y cajas de porcelana, quedaron negras, y volvieron a ser claras, pero como muertas.

Yo me erguí. Goteaban sangre mi pañuelo blanco y mi garganta.