Luis Manuel Pérez Boitel

La naturaleza del estío

 

 

CAMPOS ELÍSEOS

De todo esto yo soy el único que parte.
C.V.

nunca te dije que nuestro refugio único era aquel
poema de César Vallejo. inventamos una casa y sucumbimos
en la faena. doble fue la partida. la regente vino
entre las columnatas con sus cántaros y el verano.
nada supe de la música y en verdad no existía ningún signo, porque éramos
como la palabra del poeta que también sitió miedo, que se ocultó de la hojarasca, pero
amó hasta el fin.
por la colina advierto los campos Elíseos, el torrencial.
septiembre pudo ser interminable para los dos y para César Vallejo que ahora
mismo está en la otra esquina mirando el féretro del poeta y el camino o milagro
que deja la gente, aun cuando de todo esto yo soy el único que parte.

(De Memorial de invierno, 2006)

 

 

LA NATURALEZA DEL ESTÍO

I

Bajo los estertores, con el estío de estos corredores, en el mismo hospital que despedí a mi padre, hay un extraño en la misma cama, como si la escena se repitiera. Deambula la familia y nadie se atreve a decir lo inevitable, esa mixtura que hacen los días. Lo trascendente es mirarle a los ojos al enfermo, con rara vestidura él ya imagina su paso por el trasmundo, el códice de los que están saliendo del círculo. Contra todo pronóstico, quiere decir algo, mastica unas palabras sin remedio, ensaya una sonrisa, una simple sonrisa para evadir la mala racha; y el que está más próximo añade: − parece que ya está mejor!  Aunque sea esta una sonrisa para el que deambula, la parentela que deambula, para el que espera el turno. De un momento a otro abre los ojos el que está en la cama número veinte y cuatro, en la misma cama que despedí a mi padre, y así queda el cuerpo para no decir más, para no decir.

 

II

Bajo una  luz descifro  lo que nos va quedando. Territorio que nada podrá equiparar el vacío, lo mínimo, especie de arte minimalista para los que están sobre la cuerda. De un punto a otro solo hay dos puntos y un gran temor al salto, estoy en un hospital, en la cama de un hospital, en el centro de la cama misma que hace el centro donde la familia observa, a mi lado la familia, la familia como lado, como sustancia, brizna, imán de los días, días estos que pasan. Misterio de la media luz, una luz goteante, un lugar donde todos miran el reloj, sin conocer que contra la noche es el juego.  El juego del que se suministra una sobredosis de seconal sódico, y es casi un cadáver exquisito, un cadáver para el día próximo, un muerto más entre tantos muertos.

 

III

El juego es contra la noche, en este hospital veo la familia como nunca, y yo que he sido el hereje, el buscapleitos, la mala cabeza, solo pido un minuto mientras el seconal sódico transite el cuerpo, el rostro del poema.  El de la izquierda de mi cama mira horrorizado el próximo turno, su turno, la línea frágil que hace el cuerpo, el seconal sódico, para el que tiene la mirada fija, invisible para el tiempo mismo. Invisible para el que no quiere el turno y le dan un puntapié para que sea el muerto real.  El juego es contra la noche, lo inerte, una especie de sobredosis, la alianza que Octavio Paz definió: la palabra en la punta de la lengua.   Y la lengua se tuerce con el seconal sódico, y es promiscua, se deleita para que el cadáver exquisito tenga cierto sabor a gloria.  El juego es contra la noche para que el muerto no sea un muerto común y corriente.

 

IV

Una sobredosis doblará mis arterias y siento el reino de lo intangible, de ciertas realezas.  Bien sabía Perfe Gimferrer: duró más que nosotros aquella rosa muerta.  Duró más que nosotros las campanas del pueblo, y la callejuela donde mi padre vendía estampas de santos. Duró más, es cierto. La rosa muerta es una libación de pasado, un rostro que sentencia la belleza de aquella otra rosa muerta ya, de rosa misma en el lugar que estaba la belleza que pudo ser más evidente pues: duró más que nosotros aquella rosa muerta.

 

V

Dibujaría la penitencia, pero no lo haré. El beodo anuncia en estas páginas los viejos paisajes, la estigia. Mutilar lo exuberante, la vestal. Un sendero de cardos y ocujes, es el oficio que reconozco. Dibujaría entonces un mar y unos adolescentes desnudos ir por la pradera, pero no lo haré.  El beodo husmea en la lluvia, en estas criaturas agónicas como toda criatura, inasible y fugaz. Dibujaría esa pequeñez familiar, ese reconocer a las criaturas distantes, pero no lo haré, pues contra la noche es el juego y no otra cosa. Es demasiado difícil el oficio de encontrar la criatura amigable, perfecta, como decir por ejemplo éste es el norte y allá es el sur verdadero, es demasiado divino, un don posible, en esa gama de luces advertir al poeta entre otras criaturas ocultas, que se despiden constantemente. Con tiranía, el celo del animal que se esconde en su propio círculo, pudiera incluso reconocer tales paisajes, entre el vacío y la redondez de la piedra que cae, pero no lo haré. Cuesta mucho el vacío y nada significaría rehusar al vacío ahora que hay mares y países para todos. Tendría que mentir en algo, pero no lo haré. Es duro reconocerse en los ojos del animalejo que empieza a morir frente a ti, poco a poco, mientras te empieza a matar, te consume. Asir el tiempo. Pájaros estos negros.

(De Artefactos para dibujar una nereida, 2013)

Luis Manuel Pérez Boitel (Cuba, 1969). Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba.  Ha publicado los siguientes libros: Unidos por el agua (Poes ... LEER MÁS DEL AUTOR