Juan Carlos Olivas

Notas al pie de página

 

 

 

DIALÉCTICA DEL CUBO RUBIK

 

Naces, como el cubo Rubik, perfecto.

Los colores pertenecen a una sola cara.

Desde el principio hallaste la respuesta

al enigma de tu vida.

 

Más te valdría dejarte ahí,

quieto sobre una repisa de la biblioteca,

como un objeto sagrado al cual acudir

cuando se quiera contestar algo,

comprender el vacío, la otredad,

las ansias por quemarse con lo desconocido.

 

No prestas demasiada atención

y en un abrir y cerrar de ojos

tocas algún lado de ti mismo,

imaginando las múltiples combinaciones

de un color a otro, las posibilidades

de volver a ese estado original,

a aquel momento en el que eras

una cosa uniforme y plana,

una inmaculada forma

que nunca creyó pertenecerle al caos.

 

Entonces dejas de jugar,

sabes que a lo sumo ordenarás uno

o un par de tus lados primigenios

pero tendrás otros lados cuyos colores

jamás volverán a unificarse.

 

Así transcurre todo

hasta que un día dejas de intentarlo,

ya no te hace gracia el sueño de la perfección

y abandonas el cubo Rubik adentro de tu pecho

para que vaya empolvándose ahí,

como cualquier objeto sin importancia alguna,

como la fría deidad de la derrota.

 

 

 

EDAD DEL TEMBLOR

 

Dios mío,

si eres real

haz de esta página una puerta

y dame tus manos para nombrar las cosas.

 

Hazme saber

que aún por este cuerpo,

cercano a la ceniza,

puede caber tu voz

como una fruta al fin,

perturbadora quizás

pero embriagante,

y que puedo hacer de ti

lo que yo quiera:

bendecirte, matarte,

contemplar el largo sol

que te nace del sexo

o alabarte en un idioma

no creado todavía.

 

Quiero saber si existes

debajo de la almohada o el camastro,

en los montazales, en la quietud de un árbol,

en la hora que se espera

adentro de una cárcel

para tocar pieles lejanas,

sudores imposibles.

 

Mira lo que tu tiempo ha hecho con mi cuerpo;

y, aun así, gocé,

pusiste sal en cada carne que comía;

no te importó que fuese infiel conmigo mismo

y que con otros escupiera

sobre el vino y el pan,

que les tirara poemas a los cerdos,

o que con mis manos agarrara la arcilla nuevamente

y construyera un ángel negro

para los días de lluvia.

 

Nada de esto te importó;

como tampoco hacerte el muerto

el día de mi juicio,

cuando invocaba tu nombre

en los eriales de mis propias batallas.

 

Ahora solo quiero

caminar desnudo por esta habitación

y llamarte una última vez.

 

Yo no soy más que un arañazo en tu pensamiento, mi Señor.

Ten piedad de estos huesos que humillaste,

y has que las cosas se manifiesten lánguidas,

puras en su propia humedad,

como en un sueño se disipan

las letras de tu nombre.

 

 

 

MEDITACIÓN DEL CUERVO

 

A veces me persigue un cuervo.

Como a Poe, en su vuelo me dice nunca más,

toma mi carne por comida y consecuencia

y justo cuando pienso que se fue

lo miro enfrente,

graznando desde el fondo de un violín,

oteando con sus ojos este fuego.

 

Hay un cuervo en cada paso de mi vida.

Estuvieron ahí la vez que estuve enfermo,

se colaban en la sed de la morfina,

descansaban en los hombros de las monjas.

Estuvieron ahí cuando creí perderme

y la gente en la ciudad vestía con sus plumas,

brillaban contra el sol y me dejaban ciego.

 

Vi cuervos arrogantes en la tumba de mi madre

y en lugar de piedras,

sólo pude lanzarles

unas míseras palabras

que devoraron sin dejarlas caer.

 

Hubo cuervos cuando fui

hasta lo alto de una azotea

y pensé en las posibilidades del vacío.

También cuando fui feliz,

cuando reía hasta partirme el cráneo,

cuando dije amarlo todo

y lo escribí sobre la piedra.

Había un cuervo que rondaba en soledad

y sus garras me robaban la voz.

 

Ahora sé que no se irá

aunque finja dormir en estas horas altas,

en las que escucho sus latidos

más adentro del sueño.

 

Este cuervo ha envejecido junto a mí

y ya es tiempo de enterrarlo en la nieve;

abrirme con una tijera el corazón

y sacarlo de esta celda en la que ha estado preso,

donde día tras día compartimos agua y pan.

 

Juntos cantaremos nunca más;

y así la vida cumplirá sus promesas,

y así lo que ahora duele

no habrá dolido en vano.

 

 

 

UNA VOZ EN LAS AFUERAS

 

A veces quisiera tener una casa para huir de ella.

El hijo pródigo que llevo dentro así lo pide.

Que en el recuerdo no quede piedra sobre piedra

ni la extraña bendición de la tranquilidad.

Que todos nuestros pasos conduzcan a la errancia,

a la fábrica de corazones nómadas

que irá fraguando el tiempo.

Sólo el que se pierde conoce el valor del camino.

Sólo quien se fue de su casa

luchará con dolor por merecerla.

 

 

 

GARZAS

 

Las garzas huyen en dirección al sol al caer la tarde.

Pretenden retenerlo para siempre.

Vuelan en multitudes simultáneas

pues las sombras pronto

cubrirán estas praderas.

Persisten.

No preguntan.

Sólo vuelan y son breves.

Y aunque en su quieto tránsito

todo parece inútil

no me burlo de su ingenuidad.

Si yo fuera una garza

también volaría hacia la luz.

 

 

 

NOTAS AL PIE DE PÁGINA

 

Me siento a la mesa de trabajo.

Releo ciertos libros, me preparó un té

y trato de bosquejar algunas líneas

para finalizar mi más reciente poemario.

 

Los temas siguen siendo los mismos

de hace más de veinte siglos:

el amor, la muerte y el paso del tiempo;

lo mucho que cuesta hacer poesía

o el compromiso de ésta en el mundo exterior.

 

Mi editor dice que va bien,

que con suerte hasta podría ganar

un premio literario.

A como está la situación eso sería genial.

La casa necesita una mano de pintura

o quizás con eso podría comprarme

una motocicleta.

 

Sorbo un trago de té,

y guiándome por las líneas

de un poeta poco conocido en un país también desconocido

empiezo los primeros versos de lo que será

el último poema de mi libro.

 

La fuente de la pluma se desliza con fuerza.

Se me cae de la mano una metáfora.

Trato de mantener el ritmo

como un esquiador que desciende

en la levedad de la nieve.

 

Todo fluye hasta acabar el texto

y quedo roto en una esquina del estudio

como la sangre que brilla

en el traje de purísima y oro del torero.

 

Estoy a punto de llamar a mi editor

y escucho gritos, golpes, madrazos,

el ruido de una turba.

Justo frente a mi casa

el barrio está linchando

a cuatro tipos que asaltaron

a un taxista informal.

 

No pasa de los dieciocho años el mayor de ellos.

A uno lo dejaron totalmente desnudo,

su espalda es igual a la de un Cristo.

Otro tiene los ojos hinchados

y con su boca llena de sangre pide que lo perdonen.

 

La turba no da tregua.

Los otros dos se han guarecido en una casa

donde la policía trata de que salgan

pero el miedo a la gente común les sobrepasa.

 

Todos miran ahí afuera

y heme aquí, en medio de la calle,

con mi manuscrito y mi taza de té.

 

La poesía también sabe tomar la justicia por sus propias manos.

 

La gente se dispersa, cada quien, a su casa,

y vuelvo a mi mesa de trabajo.

Dejo el teléfono en su lugar

y pienso nuevamente en el poema,

en el amorlamuerteyelpasodeltiempo

y en lo mucho que diariamente mentimos los poetas,

esos buitres del papel.

 

Decido entonces comenzar una vez más,

y esta vez el mundo es real,

como el frío en mi taza de té,

como el miedo que se cuela

en las rendijas de mi casa,

como este temblor en las manos

al tratar de escribir sobre la vida.

 

 

 

EN DEFENSA DEL ZAPATO

 

Barman,

zapatos para todo el mundo

¡Yo pago!

César Young Núñez

 

Cuando se gasten mis zapatos,

cuando mis dedos se asomen por sus orificios

y las plantas de mis pies se sientan

más cerca de la tierra debido a lo débil de las suelas,

no los regalaré ni los echaré a la basura.

 

Seguiré usándolos como el primer día

hasta que se tornen grises o yo me torne gris,

y lo único reluciente, casi nuevo, sea el camino.

 

Juro que no enviudarán jamás estos zapatos;

que no envidiaré el brillo de los mocasines

en las tiendas de los centros comerciales.

 

Perfectos serán para mi paso

como dos perros fieles disecados,

curtidos por el sol y por la lluvia,

compañeros del barro y de los azulejos

donde un pequeño Dios tatuó sus huellas.

 

¿Acaso Dios no usó también zapatos?

No me lo imagino haciendo sus milagros,

caminando entre los corales de la playa,

en uno de sus templos,

u orinando junto a mí en el baño del bar

con los pies descalzos.

Ciertamente tuvo que haber tenido zapatos

y estaban más gastados y sucios que los míos.

 

Dicen que para humillarnos

la muerte nos obliga

a entrar descalzos en su reino.

Sin embargo, los hombres más recios que he conocido

murieron con las botas puestas:

Thoreau, Mandela, mi abuelo Mario

que no sabía escribir, pero hablaba en poesía,

pidió que lo enterraran con zapatos.

 

A veces tengo la seguridad

de que si salgo a la calle en medio de la noche

me lo encontraré caminando y me dirá:

El día que te sientas cansado

            y decidas hacer una casa

                          hazla en forma de zapato.

 

 

-Poemas de El año de la necesidad (Ediciones Diputación de Salamanca; 2018. Nueva York Poetry Press; 2019) Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador 2018.

Juan Carlos Olivas (Turrialba, Costa Rica, 1986). Estudió Enseñanza del Inglés en la Universidad de Costa Rica (UCR). Se desempeña como docente. Ha publica ... LEER MÁS DEL AUTOR